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EP Verdad BLOGS Coordinado por PATRICIA R. BLANCO

La ‘jajaganda’ o cómo desinformar con el insulto: el ‘caso Greta Thunberg’

El recurso a la burla busca socavar la credibilidad de la persona contra la que se despliega

Una pancarta con una imagen de Greta Thunberg en una marcha contra el cambio climático en Roma, el pasado marzo. En vídeo, la activista se irá de Madrid antes de que termine la COP25. Vídeo: Atlas

La difusión de falsos argumentos para negar la evidencia de la emergencia climática ya no es efectiva. Los irrebatibles datos que confirman que el ser humano es el responsable del calentamiento global, corroborados por el consenso científico, han acorralado a los negacionistas del cambio climático. Pero tienen otra arma. Ante la falta de datos con los que apoyar sus mentiras, han empezado a recurrir a la burla para ridiculizar a quienes defienden que hay que afrontar las transformaciones para contrarrestar los efectos demoledores del aumento de las temperaturas. Vox, por ejemplo, intenta promover el hashtag #CameloClimatico. Pero es la activista sueca Greta Thumberg, que llegará previsiblemente a Madrid este viernes con motivo de la Cumbre del Clima, la principal diana de esta narrativa de desinformación que la OTAN ha denominado “hahaganda”, una palabra que surge de la unión de la onomatopeya de la risa más las últimas sílabas de la palabra propaganda.

El término “hahaganda” —que en español podría traducirse como jajaganda— fue acuñado por primera vez en 2017 en un estudio que analizaba cómo los medios de comunicación rusos desinforman mediante el humor o la burla. Su objetivo final no es convencer al público sino socavar la credibilidad de la persona o institución contra la que se despliega.

El caso de Greta Thumberg es un paradigma del empleo de la jajaganda. No todos los que se mofan de la adolescente son negacionistas del cambio climático: el presentador Frank Cuesta, por ejemplo, ha sido duramente criticado por publicar un vídeo en el que se burla de Thunberg, a la que presenta como el “bicho raro Gretus amargatus”. Pero muchos de quienes se sienten señalados por el mensaje que transmite la joven, que es preciso cambiar de forma drástica el modo de vida y de consumo para salvar el planeta, le han dedicado calificativos como “mentalmente inestable”, “niña petulante” o “mascota internacional del cambio climático”. Es decir, no critican su discurso, que es científicamente irrebatible, sino que recurren al insulto para minar su credibilidad. Y todas las ofensas giran en torno a tres ejes: es menor de edad, es mujer y padece el síndrome de Asperger.

Las alusiones a la edad de Thunberg, que el próximo 3 de enero cumple 17 años, son recurrentes entre sus críticos, que intentan infantilizar su figura al referirse a ella como una niña. Lo hizo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuando tras la intervención de la adolescente en la cumbre del clima de la ONU celebrada el pasado septiembre en Nueva York afirmó en un tuit: “Parece una niña muy feliz que desea un futuro muy brillante”.

Pero la burla de Trump es especialmente cruel. En el vídeo que tuiteó el mandatario se puede ver parte de la intervención de la joven en la que, con un tono de evidente enfado, critica la parálisis de los líderes mundiales ante la emergencia climática. Su forma de expresarse es, sin embargo, habitual entre quienes padecen asperger. También el diputado de Vox Bertrand Ndongo se burló de su síndrome en un tuit en el que sugería que Greta Thunberg tenía “el demonio dentro”.

Aunque esta frase, pronunciada por el tertuliano conservador Michael Knowles en un programa de la Fox, es probablemente la que mejor ilustra cómo los detractores de la joven sueca se sirven de la jajaganda para atacarla por su edad y su síndrome: “El movimiento de histeria climática no trata de ciencia. Si fuera así, sería dirigida por científicos, en lugar de políticos y una niña sueca con enfermedades mentales que está siendo explotada por sus padres y por la izquierda internacional”.

Thunberg también ha sido agraviada por su condición de mujer. El periodista brasileño Gustavo Negreiros la tildó de “histérica” y afirmó que lo que necesitaba era sexo. Fue despedido de la emisora de radio para la que trabajaba. En términos aún más feroces se expresó el italiano Tommaso Casalini, segundo entrenador del equipo Unione Sportiva Grosseto 1912, que afirmó en sus redes sociales que Thunberg ya tenía edad para “prostituirse”. También fue despedido.

Pero los insultos terminan calando. Porque aunque sean zafios y desacrediten a quien los profiere contribuyen a normalizar las mofas contra la joven adolescente sueca. Las burlas de personas anónimas en las redes sociales —o en los corrillos del trabajo— a costa de Thunberg son una prueba de que la jajaganda, como narrativa de desinformación, puede resultar muy eficaz.

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