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Heroínas de nuestro tiempo

Es inaceptable que ahora, con la coartada del feminismo, solo nos hagamos eco del clan de las ganadoras

Virginia Woolf en junio de 1926.
Virginia Woolf en junio de 1926.

Nos sigue maravillando el mensaje de Virginia. La imperiosa necesidad de tener una habitación propia para poder crear, de contar con dinero para independizarse, la posibilidad de entrar en los círculos que históricamente han estado dominados por los hombres. No hay discusión sobre un anhelo expresado, además, de manera tan deslumbrante. Pero hay espíritus perspicaces que encuentran una segunda lectura tras lo que las demás consideramos incontestable. En 2007, la escritora Alison Light analizó la teoría de Woolf desde un ángulo original y necesario: atendiendo a la vida de sus sirvientas. En Mrs. Woolf and the Servants,Light estudia la situación de las criadas a tiempo completo de la escritora. Virginia Woolf, eligiendo una vida más bohemia que la de sus padres, descartó el numeroso equipo de criados que solía servir en las casas burguesas y optó por quedarse solo con dos muchachas. La cuestión es que la escritora, en esa obra fundacional sobre la independencia creativa de las mujeres, expone sus tesis acerca de la pobreza de las esposas en comparación con la riqueza de sus maridos burgueses, pero en su arco de visión no aparecen esas otras mujeres gracias a las cuales ella podía entregarse a una vida literariamente productiva. ¿Desconsideración? Sería fácil calificarlo así con la perspectiva del presente; creo que más bien se trata de una idea de clase tan arraigada que las necesidades de quienes sirven eran invisibles.

Me viene a la memoria el libro sobre Woolf porque en los últimos tiempos es frecuente leer reportajes celebratorios de los avances de la igualdad en los que solo aparecen mujeres poderosas, competitivas, líderes, atesoradoras de grandes fortunas. Una oda permanente a las números 1: las que ganan más dinero en los conciertos, las que tienen más seguidores en Instagram, las que dirigen bancos, las tiburonas de las empresas privadas. Y como se trata de mujeres y de ese poder del hemos sido excluidas (y seguimos estando) no hay pudor en presumir descaradamente de lo que se gana o de lo que se manda. El mensaje que se deduce de ese empeño en relacionar por sistema feminismo con competitividad y logros económicos parece un conchabamiento descarado con la tendencia económica ultraliberal que es el signo de estos tiempos. Hay otras mujeres, otras, que son la mayoría. Hay mujeres que desean igualdad para que las traten decentemente en sus oficios de limpiadoras, de cuidadoras, de celadoras, de camareras. Hay mujeres que no desean mandar sino realizar un trabajo y ser remuneradas con justicia. Hay mujeres que necesitan dinero para pagar el alquiler o para permitirse el lujo de ser madres. Hay mujeres necesarias para nuestro bienestar, las que cuidan a nuestros ancianos, las que lavan a los enfermos, las que limpian la calle, las que nos hacen de canguros; hay maestras que enseñan en la escuela nociones de igualdad, hay mujeres con vocación de servicio público, y hay artistas, también, que no desean estar en listas de más vendidos sino poder entregarse con desahogo a su campo creativo.

Que Virginia Woolf se olvidara de sus sirvientas a la hora de exponer aquello que necesita una mujer para escribir novelas es comprensible, dado su época y su origen de clase, pero es inaceptable que ahora, con la coartada del feminismo, solo nos hagamos eco del clan de las ganadoras, sin atender a esas otras mujeres, las anónimas heroínas de nuestro tiempo.

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