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¿Cómo pude olvidar tu nombre?

Llevo días intentando acordarme del nombre de esa profesora de Historia del Arte que tuve en COU y que hizo tanto por mí

Clase de Historia en Inglaterra.
Clase de Historia en Inglaterra.

Estoy en la antesala del estudio de la cadena SER, a punto de entrar en antena en el Hoy por Hoy con Àngels Barceló. Vamos a dedicar parte del programa a comentar la empatía que padres y madres sienten hacia los profesores de sus hijos. Según una encuesta, no es demasiada. He pasado el fin de semana intercambiando opiniones con profes que conozco de institutos de varias zonas de España. Todos coinciden en que es un tema difícil: a los ataques de la derecha española a la educación pública y sus profesores hay que añadir otros factores sociológicos, que van desde los tópicos negativos sobre los funcionarios a la proliferación de familias desestructuradas por la precariedad o a la sobreprotección de los adolescentes por parte de algunos padres. El panorama ha cambiado mucho en los últimos años y sé que en algún momento del programa hablaremos del pasado, de los profesores que nos han marcado. Llevo días intentando acordarme del nombre de esa profesora de Historia del Arte que tuve en COU y que hizo tanto por mí.

Recuerdo perfectamente su aspecto físico: era muy delgada, alta, de pelo negro seguramente teñido, cortado en melena al ras de la oreja. Tal vez entonces tenía la edad que tengo yo ahora. Sus ojos eran oscuros y su mirada cálida, la boca grande y los dientes un poco separados. Era algo desgarbada, tenía un aire despistado y bondadoso, normalmente vestía vaqueros, pero recuerdo que a menudo se daba un toque coqueto: un pañuelo anudado al cuello, unos pendientes largos. Recuerdo la emoción que sentía cuando la veía entrar en clase cargada con el carrito de las diapositivas porque eso suponía que ese día apagaría las luces, proyectaría imágenes, nos explicaría con su voz grave y algo nasal por qué a esas pequeñas estatuillas prehistóricas les marcaban tan descaradamente la vagina, por qué el gótico se elevaba al cielo o por qué Las señoritas de Avignon me miraban al mismo tiempo de perfil y de frente. Recuerdo perfectamente que sus clases eran las únicas que esperaba con ilusión, las únicas en las que tomaba buenos apuntes, que me animaban a buscar después más información en las enciclopedias y en los libros de arte de la biblioteca.

Y recuerdo que fue la única profesora que pensó que yo era una joven inteligente y sensible y que podía estudiar una carrera universitaria. Ella fue quien me dijo, por primera vez, que yo sabía mirar, interpretar y escribir. Y que debía estudiar una carrera en la que pudiera desarrollar esas habilidades. Antes de conocerla, lo único que había escuchado de profesoras, si acaso, era que “no iba a ser nada en la vida” (palabras de monja cuando llamaron a mi madre para invitarla a que me sacara de su colegio porque ahí no me querían más). Es cierto que mi historial de estudiante hablaba negativamente de mí, pero esa profesora de la que no consigo recordar el nombre despertó en mí dos cosas sin las cuales tal vez nunca hubiera seguido estudiando: el interés por el conocimiento y mi autoestima intelectual.

Necesito recordar su nombre, así que escribo a la administración del instituto. Estoy a punto de entrar en antena y justo recibo la respuesta: “Tras revisar las actas de esos años, puedo decirte que la profesora que te dio clase de Historia del Arte en COU, en el curso 1991-1992, fue Benedicta Fernández Terreros (Bene), que, lamentablemente, falleció hace unos años, meses después de haberse jubilado”.

Bene, ¿cómo pude olvidar tu nombre?

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