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El desvanecimiento del 15-M

La forma en la que se ha banalizado una nueva convocatoria electoral muestra lo poco que importa a nuestros líderes trasladar su propia inoperancia política a la sociedad

El desvanecimiento del 15-M

No nos representan, segunda parte” es uno de los mensajes que circula estos días por los grupos de WhatsApp, y al leerlo resulta imposible no preguntarse de qué ha servido el 15-M. Todos recordamos el ciclo de hiperpolitización que, hace ahora casi 10 años, abrió nuestra #SpanishRevolution y precipitó una serie de cambios que transformaron el paisaje político. Teníamos otro rey, un bipartidismo imperfecto y dos dirigentes, Rajoy y Rubalcaba, que superaban los 50 años. Hoy el monarca es otro y en el Parlamento hay cinco partidos con portavoces rondando los 40. Pero el 15-M reaccionó sobre todo contra un problema más profundo: el ensimismamiento de la clase dirigente, encerrada en la burbuja de unos aparatos de partido que, convertidos en meras máquinas electorales, se habían alejado de la sociedad que decían representar. Lo llamamos “crisis de representación”, un fenómeno que unía a esa sensación de lejanía y distancia la exigencia de una regeneración política y moral ante una corrupción sistémica responsable del deterioro institucional.

El balance de aquella movilización es un tanto desolador. Hoy solo hablamos de regeneración moral cuando los medios mencionan la apertura de investigaciones judiciales: haciendo depender el problema de la corrupción únicamente de los jueces, se hurta a la ciudadanía un plan político regenerador. El fichaje de Ayuso, por ejemplo, retrata a un Casado incapaz de transmitir a sus votantes que este no es el PP de la corrupción. Por su parte, Rivera, además de apuntalar la corrupción que decía venir a erradicar, muestra una ignorancia supina de lo que es un partido liberal de centro, como demuestra su inexplicable negativa a cualquier contacto con el PSOE, o a atender las convocatorias del presidente en funciones.

Pero el fiasco de los líderes de la derecha no hace menos inexplicable los pecados de la izquierda. Ni siquiera el Brexit parece haber servido a Sánchez para entender el peligro de dejar el destino de un país en manos de tecnólogos obsesionados con el cálculo de estrategias electorales o de comunicación. Y qué decir de Iglesias, reducido al burdo interés de partido en la penosa distribución de los despojos del poder. La forma en la que se ha banalizado una nueva convocatoria electoral muestra lo poco que importa a nuestros líderes trasladar su propia inoperancia política a la sociedad, y es solo la guinda final de un colosal fracaso generacional. Tampoco sirve mirar lo que ocurre a través del juego de la culpa, porque además de la inane satisfacción moral de señalar responsables, la culpa implica exoneración. Y no ha lugar: la responsabilidad de este fracaso la tienen todos.

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