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Un templo para uno de los genios olvidados de la humanidad

Dos historiadores proponen contruir un museo sobre Leonardo Torres Quevedo en el frontón Beti-Jai de Madrid, donde en 1905 probó sus revolucionarias máquinas

fronton beti-jai
El historiador Francisco A. González, en la cancha del frontón Beti-Jai, en Madrid.

“La automática y la computación son una invención española. Y se inventaron aquí”. El historiador de la ciencia Francisco A. González pasea una soleada mañana de verano por la cancha del frontón Beti-Jai, una de las joyas arquitectónicas más desconocidas de España, escondida en el número 7 de la calle del Marqués de Riscal, en el corazón de Madrid. Cuando se inauguró, en 1894, el edificio fue bautizado por la prensa como “el teatro real de la pelota vasca”. Su espectacular graderío con barandillas de forja podía acoger a 4.000 personas.

El Beti-Jai impresiona. Y su historia, más. Abrió sus puertas el 29 de mayo de 1894, cuando el éxito del deporte vasco era tal que se decía que en Madrid había más pelotaris que toreros. Pero aquella fiebre desapareció pronto. Apenas cinco años después, los partidos amañados por el corrupto negocio de las apuestas espantaron al público madrileño. El majestuoso edificio ha navegado desde entonces a la deriva. Acogió mítines republicanos, reuniones del gremio de alcoholeros, una empresa de extintores, una fábrica de jeringuillas y, en las décadas de 1960 y 1970, se convirtió en un taller de chapa y pintura de Citroën. Totalmente abandonado, el antaño teatro real de la pelota vasca llegó al siglo XXI en ruinas y habitado por personas sin hogar.

Inflado de la envuelta de un dirigible construida en el frontón Beti-Jai, en 1906.
Inflado de la envuelta de un dirigible construida en el frontón Beti-Jai, en 1906.

“La única actividad realmente relevante que ha tenido el Beti-Jai, por la que debería entrar en la historia, es por haber acogido entre 1904 y 1906 el Centro de Ensayos de Aeronáutica de Leonardo Torres Quevedo”, zanja González, de la Universidad Complutense de Madrid. “Aquí se inventó el mando a distancia y nació el concepto dron”, prosigue el historiador.

Leonardo Torres Quevedo.
Leonardo Torres Quevedo.

Torres Quevedo, un ingeniero nacido en 1852 en la aldea cántabra de Santa Cruz de Iguña, es uno de los genios más olvidados de la humanidad. En el Beti-Jai fabricó el telekino, una máquina de control remoto para teledirigir vehículos terrestres, embarcaciones y globos aéreos. Y en la inmensa cancha del frontón también desarrolló su propio dirigible, un ingenioso modelo con un “sistema autorrígido” que protagonizó la Primera Guerra Mundial en los ejércitos de Francia, Reino Unido, Rusia, EE UU y Japón. “Torres Quevedo es puro siglo XXI. Se adelantó 100 años al presente. Concibió la inteligencia artificial a finales del siglo XIX”, expone González.

El 27 de septiembre de 2017, con Manuela Carmena de alcaldesa, el pleno del Ayuntamiento de Madrid aprobó un plan especial para remodelar el Beti-Jai, expropiado dos años antes. El proyecto ganador de un concurso de ideas pretendía recuperar el juego de pelota como principal actividad del edificio, pero el Tribunal Superior de Justicia de Madrid anuló el plan el pasado diciembre por falta de informes preceptivos. El cambio de alcalde ha devuelto el Beti-Jai al limbo. “A partir de septiembre se analizará la situación en la que está para ver el uso que, finalmente, se le puede dar”, explica un portavoz de Cultura del Ayuntamiento de José Luis Martínez-Almeida.

Entrada del frontón Beti-Jai en 1977, cuando era un taller de chapa y pintura de Citröen.
Entrada del frontón Beti-Jai en 1977, cuando era un taller de chapa y pintura de Citröen.

Para González, es el momento de poner sobre la mesa otra propuesta: un Museo Torres Quevedo en el Beti-Jai. El historiador y su colega Montserrat Cubría han publicado una investigación en la revista Los cántabros para demostrar que “el principal uso que tuvo el Beti-Jai no fue un juego minoritario y local como el de la pelota, sino la innovación científico-tecnológica de relevancia internacional”. El reconocimiento de Torres Quevedo “sería equiparable al de Edison, Tesla y otros grandes inventores, pero el nuestro no parece ser un país que se caracterice por admirar, reconocer y valorar a los que destacan y dedican su vida a cambiar para mejor el mundo”, opinan los autores, que imaginan un museo interactivo con drones en vuelo. La histórica cancha, defienden, podría utilizarse “puntual y exclusivamente para la celebración de grandes finales de torneos, Super Bowls de pelota vasca”.

Torres Quevedo, al cumplir 75 años en 1928, donó sus revolucionarias máquinas a la Escuela de Ingenieros de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid. Allí, en una pequeña sala de un sótano, se almacenan hoy maravillas como El Ajedrecista, considerado el primer juego de ordenador de la historia. El autómata, desarrollado entre 1912 y 1920, jugaba contra un humano el final de una partida de ajedrez, mediante sistemas electromecánicos. El dispositivo siempre ganaba y un gramófono en sus entrañas gritaba: “¡Jaque mate!”.

El telekino, una máquina para teledirigir vehículos, en el frontón Beti-Jai, en 1905.
El telekino, una máquina para teledirigir vehículos, en el frontón Beti-Jai, en 1905.

En el almacén, visitable con cita previa, también se custodia el telekino, un aparato que enviaba órdenes con ondas electromagnéticas mediante un pulsador de telégrafo y la máquina receptora las convertía en movimiento a través de un código numérico. Las primeras pruebas del telekino, instalado en un vehículo terrestre de tres ruedas, tuvieron lugar en el frontón Beti-Jai en marzo de 1905.

“Leonardo Torres Quevedo es un genio absoluto, del que deberíamos estar muy orgullosos. Desgraciadamente los españoles no le damos la importancia que merece su figura y su legado. Si hubiese nacido en cualquier otro lugar, ahora mismo sería conocido y respetado en todo el mundo”, afirma Francisco Javier Martín Carrasco, director de la escuela de ingenieros. “Este mismo verano hemos iniciado las obras en una zona muy relevante de la escuela para hacer una exposición permanente para darle la divulgación e importancia que merece”, apunta. Respecto a ceder piezas a un hipotético Museo Torres Quevedo en el Beti-Jai, Martín Carrasco abre las puertas. “Siempre estamos encantados de colaborar en cualquier iniciativa que sirva para resaltar su figura”, asegura.

Para los historiadores González y Cubría, no hay otra opción: “Si hay un uso que, junto a lo excepcional de ser el único superviviente de una época y una tipología, hace del Beti-Jai de Madrid una joya, es haber acogido la actividad del genial ingeniero, matemático, inventor y precursor de la inteligencia artificial Leonardo Torres Quevedo”.

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