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La lenta petrificación

La actual situación política obliga a buscar otras estrategias

Una velada con música de Schubert (al piano) en casa de su amigo Josef Spaun.
Una velada con música de Schubert (al piano) en casa de su amigo Josef Spaun.

La situación política se ha enrocado. Basta ver a los líderes de los distintos partidos para constatar que andan medio aplanados por el peso de sus propias convicciones, ideas, estrategias. No hay manera de moverse. La atmósfera está enrarecida, es como si tuvieran que dar brazadas en el fango para conseguir desplazarse un minúsculo trecho, hundidos como están en el barro hasta la coronilla. Italo Calvino escribió al inicio de la primera de las conferencias de sus Seis propuestas para el próximo milenio: “En ciertos momentos me parecía que el mundo se iba volviendo de piedra: una lenta petrificación, más o menos avanzada según las personas y los lugares, pero de la que no se salvaba ningún aspecto de la vida”. Así estamos. Todo resulta pesado, cansino, tedioso.

Hace justo 200 años, en el verano de 1819, Franz Schubert se fue de vacaciones. Salió con su amigote, el barítono Johann Michael Vogl, y se dirigieron a Steyr, a unos 125 kilómetros de Viena. Conectaron con la gente del lugar: Vogl cantaba alguno de los magníficos lieder compuestos por Schubert, mientras él lo acompañaba al piano. Un industrial de la zona, que adoraba la música, un tal Sylvester Paumgartner, hizo muy buenas migas con ellos, y con frecuencia fueron sus huéspedes durante aquella temporada. Fue en su casa donde Schubert estrenó su Quinteto en La mayor para piano, violín, viola, violonchelo y contrabajo. A Paumgartner le gustaba mucho una de sus canciones, la titulada Die Forelle, la trucha, y el compositor introdujo variaciones de este tema en uno de los movimientos de su nueva pieza. Total, aquel quinteto se quedó también con el mismo nombre.

Frente a un mundo que le resultaba tan pesado, la respuesta de Calvino fue la levedad, y esa levedad fue la primera de sus propuestas para este milenio en el que habitamos hace ya unos cuantos años. Para ilustrarla, el escritor italiano habló de Perseo, “el dios que se apoya en lo más leve que existe: los vientos y las nubes”. El quinteto La trucha, como es lógico, tiene que ver sobre todo con el agua, pero está también atravesado por la levedad del principio al final. Todo fluye, las notas del piano y de las cuerdas se deslizan como si estuvieran volando, o como si flotaran, como si jugaran, como si conocieran la manera de sortear la más mínima dificultad. No escapan de nada, simplemente se enfrentan a la pesadez del mundo con otras armas y por otros caminos.

Es difícil hablar de La trucha. “Toda interpretación verbal de una pieza musical es esencialmente gratuita”, apuntó Juan Benet en su ensayo Op. Phost, dedicado al compositor vienés. Pero poco después, para justificar acaso esas mismas páginas que estaba escribiendo, sostenía que “un oyente (lego como yo) se tiene que atener casi exclusivamente a identificaciones arbitrarias si quiere un día hacerse entender consigo mismo”.

Así que es verano y por ahí se escucha aquella composición que Schubert escribió hace 200 años. Para entendernos: dan unas ganas inmensas de agarrarse a cualquiera de sus notas y formar parte de ese imaginario ejército “que vuela con sus sandalias aladas”, como Perseo, y que se dirige a pulverizar la pétrea realidad de la política de nuestros días. Porque La trucha, como tantos otros ejemplos de levedad a los que aludía Calvino, tiene “esa especial modulación lírica y existencial que permite contemplar el propio drama como desde fuera y disolverlo en ironía y melancolía”. Quizá no haya otra manera para romper tanto bloqueo.

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