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El entierro de la ex ‘nueva política’

Ciudadanos y Podemos aparecieron para renovar el sistema político; ahora son ellos los llamados a regenerarse

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante el debate de investidura, el pasado 22 de julio.
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante el debate de investidura, el pasado 22 de julio. Getty Images

Ya nadie les llama con esa expresión, quizá porque es como si siempre hubieran estado aquí. O porque se han adaptado tan bien a los vicios políticos ordinarios que son indistinguibles de los partidos tradicionales. Pero recuerden con qué alborozo fueron recibidos cuando parecía que iban a resetear nuestra deficiente y aburrida política. De hecho, consiguieron meter el miedo en el cuerpo a los actores políticos de la Transición y esto obligó a estos últimos a tomarse en serio su regeneración. Fueron esenciales para incorporar a la política a nuevas sensibilidades y para dar una sacudida a un sistema político ensimismado.

La parte mala es que con el tiempo dicha sacudida ha acabado por convertirlo en un sistema esclerotizado, justo lo contrario de lo pretendido. Y no me refiero solo a la ingobernabilidad. Han contribuido también a acentuar el sectarismo partidista, la prevalencia del político de poder y la política como espectáculo. Por decirlo en otras palabras, han sumado inestabilidad e incertidumbre sin conseguir superar la crisis de representación que padecen nuestras democracias. ¿Qué es lo que ha fallado?

Solo podemos ofrecer algunas hipótesis. La primera tiene que ver con lo que a mi juicio es el gran problema de las formaciones políticas actuales, la ausencia de un verdadero liderazgo. La paradoja, tanto de Podemos como de Ciudadanos, es que su éxito inicial se debió en gran medida a las virtudes de sus líderes, pero que estos se han convertido al final en su principal lastre, en el mayor obstáculo para su triunfo. Ciudadanos ha acabado identificándose de tal manera con Rivera y sus obsesiones —el “sorpassismo” y la reducción de su discurso a la cuestión nacional—, que la principal tarea que estaba llamado a realizar, aminorar la polarización y facilitar la gobernabilidad, ha devenido en su contrario. Un partido supuestamente liberal y pragmático acabó desembocando en una formación identitaria rígida y destemplada.

El caso de Podemos ya es más complejo porque nació con mucha más ambición y con un liderazgo plural que tenía en Iglesias el principal punto de referencia mediático. El problema aquí fue que la afirmación del poder del líder sobre sus potenciales competidores predominó sobre el desarrollo programático y la cohesión de sus muchas familias. Lo que en un principio parecía llamado a convertirse en un nuevo e imaginativo experimento político derivó en una variedad más de las muchas fuerzas a la izquierda de la socialdemocracia. Algunas de sus variedades, como En Comú o Más Madrid, avanzaron al menos en el desarrollo del municipalismo, pero su dependencia de los territorios y la ya mentada obsesión por el control del líder hicieron predominar las guerras de poder interno sobre el desarrollo doctrinal. ¿Cuál no hubiera sido su éxito si hubieran pivotado hacia una izquierda verde moderna y hubieran prescindido de tanto localismo desvertebrado?

No sería justo presentarles como los únicos responsables del fracaso de la investidura. Pero si estos que ahora nos ocupan porfían en lo que se han convertido volveremos al bipartidismo. Aparecieron para renovar el sistema político; ahora son ellos los llamados a regenerarse.

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