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REPORTAJE

El Ejido encalla en el mar blanco

La decisión de China de no aceptar materiales de invernadero de difícil reciclado deja descolocadas a las autoridades andaluzas y almerienses

Vista aérea de los invernaderos de El Ejido el pasado 1 de julio.
Vista aérea de los invernaderos de El Ejido el pasado 1 de julio. AFP

En El Ejido (Almería, 85.000 habitantes) hay plásticos hasta en el cementerio. Un gran pedazo suelto ondea en un ciprés como una bandera negra que avisa al visitante de lo que se va a encontrar. Una inmensa cantidad de restos de este material se acumula tras los muros parcialmente calcinados del camposanto, fruto de quemas de basura. Unos metros más allá, solo se ven invernaderos, al igual que en el 56% de las 22.700 hectáreas de El Ejido. Es decir, una extensión equivalente a otros tantos campos de fútbol se halla cubierta por plásticos, el área con más estructuras de este tipo en todo el mundo.

El problema de gestionar el plástico deteriorado procedente de los invernaderos se ha acentuado en los últimos dos años. La causa es que China, para proteger su dañado medio ambiente de las contaminantes plantas recicladoras, dejó de importar y reciclar en enero de 2018 plástico que no se reconvierte con facilidad, como el que abunda en la huerta ejidense.

Antonio Escobar, de 62 años, que cumple tres décadas como jefe de área de Agricultura y Medio Ambiente, explica en su despacho del Ayuntamiento, gobernado por el PP, que algunas empresas andaluzas vendían a China esos materiales tras recogerlos de los agricultores. Para los chinos era rentable porque reciclaban inmensas cantidades. En unos casos, los cultivadores pagan a esas compañías por deshacerse de ese residuo; y cuando se trata de plásticos fáciles de reciclar, reciben alguna cantidad. Pero ahora los restos no reciclables se han convertido en un problema. Algunos agricultores se deshacen de ellos como pueden, no siempre legalmente; incluso terminan en espacios naturales. 

José Fiscal, de 51 años, exconsejero de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía por el PSOE, confesó desconocer este conflicto. El que fue su director general de Calidad Ambiental, Fernando Martínez, de 52 años, resalta que lo provocado por aquel cambio “no lo tenía que gestionar la Junta”. Estas contradicciones entre instituciones muestran las complejidades de gestionar el medio ambiente en Andalucía.

El exconsejero Fiscal insiste en que debe existir una coordinación entre el Gobierno andaluz, responsable de la limpieza de los parajes naturales, y los Ayuntamientos, que han de mantener sus espacios urbanos. Asume también que “faltan infraestructuras y hay un problema compartido de gestión de plásticos”.

Resolver la reconversión de los plásticos ejidenses tras la decisión de China no parece sencillo. Escobar declara que se está proyectando en el municipio una planta, de iniciativa privada, para reciclar esos desechos. Ahora bien, advierte, si cobran demasiado a los productores por el material entregado “puede haber gente que renuncie a colaborar”. Mariano Tapia, de 51 años, portavoz de la Asociación de Gestores de Residuos Agrícolas (AGRA), insiste en reutilizar, reducir y reciclar para aliviar el daño ecológico.

Restos de plástico en la playa de la albufera de Adra (El Ejido) este mes de julio.
Restos de plástico en la playa de la albufera de Adra (El Ejido) este mes de julio.

La mayoría de los agricultores, valora Escobar, está concienciada, pero la inacción de algunos de ellos fomenta el deterioro medioambiental por los grandes volúmenes que se manejan: hasta 12.000 millones de toneladas de plástico instalado en El Ejido. Lo mismo sostiene el holandés Jan van der Blom, de 62 años, biólogo y coordinador de producción de Coexphal, una asociación de cultivadores locales. Van der Blom, que lleva 30 años trabajando en el sector agrícola almeriense, señala que una hectárea de invernaderos necesita dos toneladas de plástico. La instalación y el material cuestan unos 170.000 euros.

Van der Blom explica, dentro de un invernadero, que el plástico de esa cubierta, que dura entre tres y cuatro años, es rígido y fácil de recuperar, así que las compañías de tratamiento no cobran a los agricultores, sino que les pagan unos 10 céntimos de euro por kilo de ese material, unos 100 euros por hectárea.

El problema, según él, son las mallas negras que cubren el terreno, cuya temperatura se eleva hasta los 50 grados para aumentar su rendimiento. Las particularidades de este material exigen que el agricultor pague para reciclarlo unos siete céntimos por kilo. Se trata de un componente fino que se cambia anualmente y se ensucia de tierra, agua y restos orgánicos, lo que encarece el proceso de darle una nueva vida útil.

El jefe de área Antonio Escobar también culpa a “terroristas ambientales” que, destaca, recogen esa basura de difícil reciclado y cobran al agricultor para después abandonarla en ramblas o cañaverales. Escobar asegura tenerlos localizados -“nos toman el pelo olímpicamente”- pero prefiere no dar nombres.

El plástico también ha invadido la cercana albufera de Adra, reserva natural por cuyos caminos cruzan galápagos. Este material ya forma parte de las playas, pues se acumula bajo la arena y en las rocas. Huele a quemado. Entre el mar de agua y el de plástico, separados por unos diez metros, unas ascuas convierten en ceniza restos de todo tipo.

Un ave anida sobre plásticos en la Balsa del Sapo (El Ejido) en la primavera de 2018.
Un ave anida sobre plásticos en la Balsa del Sapo (El Ejido) en la primavera de 2018.

En la Balsa del Sapo, un humedal de El Ejido, José Rivera, de 66 años, presidente del Grupo Ecologista Mediterráneo, sortea árboles y cañas de varios metros de altura mientras destaca que algunas aves ya no anidan allí. Vestido con ropa de camuflaje, lamenta que la limpieza es superficial. En el camino exterior de este parque ornitológico se ven láminas o garrafas de fertilizantes; en la vegetación interior abundan plásticos putrefactos, sacos de abono o bidones. Las aves, algunas en peligro de extinción como la cerceta pardilla y la garcilla cangrejera, se han tenido que adaptar al medio e incluso anidan entre estos restos. Esta impactante imagen no solo sorprende a primera vista, sino que en el fondo de la balsa, afirma el ecologista, se acumulan residuos que tardarán siglos en descomponerse.

Paco Sola, ingeniero técnico agrícola y trabajador del sector, sentencia: “La única forma de que el sistema [de producción agrícola] sea ecológico es que tenga rendimiento económico”.

Pero las soluciones no llegan a El Ejido. El llamado mar de plástico hace honor a su nombre: nadie controla esta marea.

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