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El duelo que marcó Bretton Woods

El acuerdo que fijó las reglas del juego comerciales, financieras y monetarias tras la Segunda Guerra Mundial se firmó hace 75 años, el 22 de julio de 1944

Harry Dexter White charla con John Maynard Keynes (derecha) en 1946.
Harry Dexter White charla con John Maynard Keynes (derecha) en 1946.

Julio de 1944. La Segunda Guerra Mundial parece decidida. Los Aliados se disponen a aprobar el orden que regirá el mundo durante al menos unas décadas. Representantes de 44 naciones, entre las que no están las perdedoras de la contienda, se reúnen en el balneario de Bretton Woods, en Nuevo Hampshire (EE UU), para fijar las reglas del juego comerciales, financieras y monetarias de la paz y crear las instituciones que las harán posibles. La España franquista no fue invitada y quedó nuevamente al margen de las reglas internacionales. Para los políticos y economistas presentes en la convención era evidente que existía una incompatibilidad frontal entre el proyecto económico autárquico del general Franco y el sistema económico que debería salir de allí. La peseta quedó desterrada de Bretton Woods. En ese lugar se encerrarán más de tres semanas; no se levantarán de la mesa hasta que hayan logrado su objetivo. Buen método de negociación.

No parten de cero. Algunos de sus más reputados negociadores, por ejemplo los del Reino Unido y EE UU, llevan bastantes meses intercambiándose papeles. Existen muchas susceptibilidades sobre el papel hegemónico del anfitrión, el gran vencedor de la contienda. La mayor parte de los países figuraban como deudores, mientras que los americanos, que jugaban en casa, eran acreedores. No se podían tener puntos de vista más diferentes. El gran Winston Churchill había comentado que “siempre se puede contar con que EE UU acaba haciendo lo correcto, una vez que se han agotado las demás posibilidades”. Para equilibrar en lo posible el enorme poder norteamericano, el Reino Unido puso a disposición de los demás la mejor baza de la que disponía: su negociador sería John Maynard Keynes, el mejor economista del mundo, el más influyente, el más afamado, el que había contribuido con su obra magna, la Teoría general del empleo, el interés y el dinero, publicada en el año 1936 (cuando comenzaba la Guerra Civil en España), a dotar de un sustento intelectual al New Deal, la política económica con la que el presidente estadounidense del partido demócrata Franklin Delano Roosevelt había derrotado a la Gran Depresión, la convulsión más grande —junto a las dos guerras mundiales— que había sufrido el capitalismo contemporáneo.

Los negociadores de Bretton Woods, cada uno con sus peculiaridades, se propusieron sentar las bases económicas que posibilitasen una paz global tras las dos grandes guerras; unas bases que concediesen a los Gobiernos mayor poder sobre los mercados. Hasta esos acuerdos no existían precedentes históricos de un sistema monetario regulado por normas explícitas a nivel mundial; el nuevo sistema —que duró hasta principios de la década de los años setenta, cuando el presidente republicano Richard Nixon, con grandes problemas para la financiación de la guerra de Vietnam, lo hizo estallar en mil pedazos— pretendía avanzar hacia la reapertura de la economía internacional dejando atrás las áreas monetarias (el área de la libra esterlina, el área del oro y el área del dólar) y el comercio basado en acuerdos bilaterales y políticas nacionalistas que dificultaban el libre flujo de mercancías entre los países.

Keynes pretendió, sin éxito, que el mundo crease un órgano internacional de compensación con moneda propia

Allí se decidió la creación del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, y se analizó el antecedente de la Organización Mundial del Comercio, que solo se pondría en funcionamiento medio siglo después. También se acordó que el dólar sería la moneda de referencia internacional. Las dos grandes instituciones del nuevo orden económico tendrían su sede social en Washington. Todo ello indicaba que, pese al predicamento de Keynes, sus tesis no salieron ganando, sino que los contenidos de Bretton Woods reflejaron mucho más las ideas de EE UU que del Reino Unido. Ello no tenía nada que ver con la capacidad intelectual de las delegaciones o con la superioridad técnica de unas frente a las otras, sino con aspectos relacionados directamente con el ejercicio del poder: EE UU era la superpotencia vencedora de la Segunda Guerra Mundial y quien poseía la mayor parte de las armas políticas: producía, por ejemplo, la mitad del carbón mundial, dos terceras partes del petróleo, más de la mitad de la electricidad, y acumulaba inmensas cantidades de armas, barcos, aviones, ferrocarriles, maquinaria de equipo, etcétera. Por ello, la famosa capacidad persuasiva de Keynes quedaba limitada objetivamente por la fortaleza política de los americanos y por la debilidad de su país, en una coyuntura en la que el poder y la reputación habían cruzado el Atlántico. Keynes pretendió, sin éxito, que el mundo crease un órgano internacional de compensación que sería capaz de emitir una moneda propia (el bancor) vinculada a las divisas fuertes y que sería canjeable por moneda local; a través de ese organismo, los países excedentarios financiarían a los deficitarios, lo que haría crecer la demanda mundial y evitaría la deflación. La economía no sería un juego de suma cero. Pero la idea no convenía a los intereses de Estados Unidos, que no quería gastar su superávit en compensar a países deudores.

La paradoja es que las grandes discusiones de Keynes tuvieron como interlocutor a un aparentemente oscuro funcionario del Tesoro de EE UU llamado Harry Dexter White, que previamente se había declarado keynesiano y que ni siquiera reportaba directamente a su presidente. Pero White no se achantó en ningún momento ante la facilidad verbal de Keynes, sino que le plantó cara. Aunque el plan White venció al plan Keynes en Bretton Woods, entre ambos se desarrolló una relación de gran complicidad a la hora de convencer de las respectivas posiciones a sus superiores; las continuas batallas dialécticas entre Keynes y White han quedado reflejadas en las actas como una de las grandes polémicas del final de la Segunda Guerra Mundial.

Los jefes de delegación que representaron a cada uno de los 44 países participantes en los acuerdos de Bretton Woods.  ampliar foto
Los jefes de delegación que representaron a cada uno de los 44 países participantes en los acuerdos de Bretton Woods. 

En su apasionante libro La batalla de Bretton Woods (editorial Deusto), el estadounidense Benn Steil refleja las permanentes tensiones intelectuales y personales entre el elocuente y acomodado vástago del mundo académico de Cambridge y el atrevido y testarudo tecnócrata criado en el barrio obrero de Boston por inmigrantes judeo-lituanos. La desigualdad de clase. A partir de Bretton Woods, Keynes aumentó su fama internacional en el ámbito de la economía. Los medios de comunicación de EE UU no se cansaban nunca del agudo e incisivo inglés, admirado y denostado por igual debido a sus audaces e innovadoras ideas sobre las intervenciones de los Gobiernos en la economía. Según Steil, Keynes atacó la ortodoxia intelectual de las ciencias económicas de forma similar a como Einstein había hecho con las ciencias físicas dos décadas antes. El economista que compartió la vanguardia estética con los creadores y filósofos del Grupo de Bloomsbury (Virginia Woolf, Bertrand Russell, Witt­genstein, Gerald Brenan, Lytton Strachey…), que dictaron la moda durante una época oponiéndose desde el pacifismo a la moral victoriana, poseía una innata facilidad de palabra que le habría convertido en un excelente diplomático si hubiera estado más preocupado por convencer a sus oponentes que por arrinconarlos y humillarlos intelectualmente. “Este hombre es una amenaza para las relaciones internacionales”, afirmó un observador que no era precisamente un estadounidense, sino el consejero del gabinete de guerra británico y futuro premio Nobel de Economía James Meade, que consideraba que Keynes era “Dios”.

A este personaje endiosado se enfrentó con éxito Harry White, que se convirtió en el principal obstáculo para que Keynes pasara de la teoría a la práctica. White era un poco conocido tecnócrata del Departamento del Tesoro, que se enfurecía cuando los medios de comunicación presentes en la convención de Nuevo Hampshire sugerían que tal vez él no tenía muchas más ideas económicas que las que le había proporcionado la lectura de la Teoría General de Keynes. Sin embargo, a pesar de no disponer de cargo oficial de relevancia (trasladaba sus ideas al secretario del Tesoro Henry Morgenthau, un confidente de Roosevelt de limitada inteligencia), White logró con su plan una extraordinaria influencia en la política exterior de su país. Respetado a regañadientes por sus colegas por su audacia y por haber puesto en su sitio en más de una ocasión al intratable Keynes, White se esforzaba por agradar. “No tiene la más mínima noción de cómo comportarse o cómo observar las normas de las relaciones civilizadas”, se quejó Keynes.

Nervioso e inseguro, White a veces se estresaba de modo enfermizo en las conversaciones con el pensador inglés

Nervioso e inseguro, White fue en aquellas negociaciones plenamente consciente de su precaria situación en Washington. Cuentan que a veces se estresaba de modo enfermizo en las conversaciones con el aristócrata inglés. “Intentaremos”, le llegó a espetar durante una sesión particularmente tensa, “elaborar algo que su alteza pueda comprender”. Y, sin embargo, ese aparente complejo de inferioridad no se reflejó en el resultado de Bretton Woods, donde firmó como arquitecto jefe de sus contenidos, y extrajo toda la ventaja posible del enorme cambio que se había producido durante la Segunda Guerra Mundial en las circunstancias geopolíticas entre el Reino Unido y EE UU.

Ambos personajes, Keynes y White, terminaron conociéndose bien y, pese a sus discrepancias, confraternizaron. Su punto de partida fue el mismo: evitar los errores cometidos tras la Primera Guerra Mundial (reflejados por Keynes en Las consecuencias económicas de la paz, libro que se convirtió en un best seller) y durante la Gran Depresión, y establecer un orden monetario con tipos de cambio fijos y monedas convertibles. Fuera de ello, lo demás fueron discrepancias que hubieron de solventarse con el tiempo.

El fantasma de la Unión Soviética

¿Por qué, dado su papel central en Bretton Woods, Harry Dexter White no ha pasado a la historia en un vagón de primera clase? ¿Por qué no llegó a ser el primer director gerente del Fondo ­Monetario Internacional, como le propuso el presidente de Estados Unidos?

Agosto de 1945. Elizabeth Bentley entró en una de las oficinas del FBI en New Haven, Connecticut. ­Bentley era una mujer de 37 años, de 1,75 metros, 65 kilos, de grandes pechos y pies, rubicunda y con mal gusto para la ropa. Les relató una historia de funcionarios que formaban parte del espionaje soviético; según su propia declaración, Bentley se había unido al Partido Comunista de EE UU en 1935, un año después de regresar de sus estudios en Italia, en donde el ascenso del fascismo la había horrorizado. Según Bentley, se estaba creando una red de personas afines al partido en puestos gubernamentales. Entre ellos estaba Harry ­Dexter White.

Un poco antes, en noviembre de 1944, apenas terminada la convención de Bretton Woods, J. Edgar Hoover, director del FBI, escribía a su representante en la Casa Blanca para comunicarle que “una fuente altamente confidencial” sugería que un cierto número de empleados del Gobierno estaban proporcionando información a personas externas, que a su vez estaban transmitiendo esta información a “agentes y espías del Gobierno soviético”. Entre los empleados se menciona a Harry Dexter White.

Fueron las sospechas de su simpatía a la Unión Soviética las que turbaron la carrera pública de White, que murió poco después. Había escrito: “Rusia es el primer ejemplo práctico de economía socialista, ¡y funciona!”. Sostenía que gran parte de la animadversión de EE UU contra la URSS no era más que hipocresía política nacida de la incapacidad ideológica para reconocer el éxito de la economía socialista.

¿Cómo pudo White congeniar con Keynes, que abominaba la URSS y el marxismo? Una de las paradojas más sobresalientes de la vida de este último es la de que sus ideas hayan sido utilizadas como bandera de la izquierda socialdemócrata, siendo él un liberal bastante alejado de esa izquierda, sin simpatía alguna por el comunismo, y que despreciaba la obra de Marx. Keynes acentuó sus fobias después del viaje que hizo a la ­URSS en 1925 en compañía de su esposa, la bailarina rusa Lidia Lopokova. No podía soportar el marxismo como análisis ni el comunismo como método. Sus ataques son continuos a las pretensiones científicas del marxismo como materialismo histórico (hismat) y como materialismo dialéctico (diamat), y a los horrores (entonces todavía no conocidos del todo) del sistema soviético, en sus artículos contenidos en los Ensayos de persuasión.

En cuanto a la obra cumbre de Marx, escribe: “Mis sentimientos hacia El capital son los mismos que hacia el Corán (…). ¿Cómo pudieron cualquiera de estos dos libros llevar el fuego y la espada a medio mundo? Me supera. Claramente hay algún defecto en mi comprensión (…). Pero sea cual sea el valor sociológico de El capital, estoy seguro de que su valor económico contemporáneo (aparte de sus ocasionales pero poco edificantes flashes de conocimiento) es nulo”.

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