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La losa de Tiananmen

Las lecciones extraídas de aquella tragedia han hecho ver a las autoridades la importancia de actualizar la base de su institucionalidad con un relato que debe preservar un poder ejercido sin concesiones

Cientos de miles de personas llenan la Plaza de Tiananmen frente al Monumento a los Héroes del Pueblo y al mausoleo de Mao, el 17 de mayo de 1989.
Cientos de miles de personas llenan la Plaza de Tiananmen frente al Monumento a los Héroes del Pueblo y al mausoleo de Mao, el 17 de mayo de 1989. REUTERS

El trágico desenlace de la crisis de Tiananmen en junio de 1989 tuvo importantes y duraderas consecuencias que lejos de disiparse, con la perspectiva de las tres décadas ya transcurridas, se han visto afianzadas. En realidad, aquel suceso operó como un punto de inflexión que si bien no hipotecó unas reformas económicas que incluso fueron aceleradas, impuso un severo bloqueo a cualquier propósito de evolución política indeseada, un empeño que se prolonga hasta hoy.

Para permanecer en la "locomotora de la historia", Deng Xiaoping y el Partido Comunista decidieron entonces cortar de raíz cualquier forma de experimentación política de signo liberal. En la práctica, esto significó que las “peculiaridades chinas” dejaron de ser un mero recurso retórico ideado para simplemente adjetivar un “socialismo” al que se daba poco crédito. Fueron derivando en la construcción de una línea argumental más sostenida y capaz de nutrir la opción de una vía propia al desarrollo llamada a establecer las bases de una nueva legitimidad, diferenciada tanto del hecho revolucionario como de una gestión avalada por la simple mejora general del nivel de vida. Esa controvertida genialidad política, amparada en una originalidad cultural e histórica incontestable, vive ahora un momento de total apogeo.

Esa controvertida genialidad política vive ahora un momento de total apogeo

No se trata, como llegó a pensarse, de una adjetivación cosmética útil para justificar o edulcorar la acelerada progresión de una realidad capitalista, incluso salvaje en algunos casos, en un país formalmente definido como socialista; o como argumento para evitar el cuestionamiento de la permanencia en el poder por parte de un PCCh que se había transmutado respecto a su ideario y objetivos iniciales, implementando simplemente otra cosa para no perder el control.

El deseo agudo e impaciente de progreso, modernización y reforma, en palabras del escritor chino Lin Yutang, llegó, por fin, a identificarse con la recuperación de la cultura tradicional, o al menos con aquellos aspectos más instrumentalmente idóneos. Dicha síntesis había sido rechazada, de forma abrupta por cierto, en décadas anteriores. Esa nueva lectura, en una sociedad progresivamente vacía de ideas morales en virtud de la erosión del pensamiento inspirador que nutrió tanto el triunfo revolucionario como el maoísmo, puso fin al desarraigo respecto a unas tradiciones que antes se calificaban de feudales y autocráticas, influencias de antaño que presuntamente actuaban como una losa coartando las posibilidades de evolución. Ahora, sin embargo, se diría que cualquier marxista chino puede —y hasta debe— ser confuciano en algún sentido.

En ese conflicto de destinos, el PCCh ha impuesto el instinto nacional sobre cualquier otro, habiendo encontrado en las “peculiaridades chinas” una manera no solo de enriquecer su pensamiento político sino también de excusar su mandato. Esa evolución, que parte de lo sucedido en 1989, culmina en la actualidad con la reivindicación del derecho a explorar y conformar una vía política sustancialmente diferenciada del patrón marcado por Occidente y se ha instituido como la espina dorsal que soporta el firme rechazo a cualquier compromiso con los hipotéticos “valores universales”.

El énfasis en la singularidad cultural sugiere que el desarrollo más aconsejable para China no es forzosamente aquel que le homologa con los modelos extranjeros; es más, la adopción de un estándar de gobernanza presuntamente aplicable por igual y sin matices a todas las culturas es tan solo una quimera o, peor aún, un conveniente sistema que aúna un conjunto de criterios especialmente idóneos para promover los intereses occidentales en todo el mundo.

Cuando en 1989 en Tiananmen se optó por la represión de la movilización estudiantil y cívica, las autoridades chinas concluyeron que el éxito de su modernización resultaría de la capacidad para perseverar en el empeño de una vía específica alejada de unos cánones occidentales que solo podrían conducir al caos.

En ese conflicto de destinos, el PCCh ha impuesto el instinto nacional sobre cualquier otro

Puede que el consenso a propósito de que China no debe imitar los modelos liberales goce de relativa buena salud entre las elites gobernantes pero en el ámbito internacional, el recuerdo de Tiananmen actúa como una losa que reduce a escombrera cualquier intento de presentar su modelo como una opción aceptable. Por más que acreditemos en los juegos de palabras relacionados con el Estado de derecho o innovaciones similares, la terca realidad nos advierte de un constante afán por refinar las tácticas de siempre ahora enfundadas en la excepcionalidad o resucitando viejos contrastes entre los derechos políticos y los socioeconómicos.

Esa apuesta por una vía política original e independiente exige al PCCh mantener bajo control a las fuerzas antipartido de la sociedad civil que contestan su hegemonía y a ello se aplica sin reservas extremando su perfil intolerante.

Las lecciones extraídas de aquella tragedia se han traducido en políticas tácticas que han servido para desactivar descontentos pero, sobre todo, han hecho ver a las autoridades la importancia de actualizar la base de su institucionalidad con un relato que debe preservar a toda costa un poder ejercido sin concesiones y con un nivel de ocupación social que solo puede crecer sin cesar. No obstante, el balance final quedará a expensas de su capacidad para afirmarse como el gran intérprete y a la vez modernizador de la China de siempre.

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China. 

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