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El hombre que repobló su aldea gracias a naranjos y bananeros

Kalilu Jammeh, emigrante retornado de España, se propuso evitar las migraciones a Europa y devolver la vida a su aldea gambiana, que llevaba 40 años vacía, con una escuela, un depósito de agua y decenas de árboles frutales

Kalilu Jammeh enseña los primeros plátanos de los bananeros de Jirong, con los que espera crear oportunidades para los jóvenes de su país.
Kalilu Jammeh enseña los primeros plátanos de los bananeros de Jirong, con los que espera crear oportunidades para los jóvenes de su país.

Hubo un tiempo en el que Jirong tuvo vida, prosperidad y personas que trabajaban sus tierras. Ingleses y franceses utilizaban su proximidad al río Gambia para plantar cacahuetes y otros alimentos y transportarlos a su desembocadura en el Atlántico. Este pueblo, situado en una zona rural del país, que comparte nombre con el río que lo cruza de punta a punta, disfrutaba de cierta riqueza y movimiento. La salida de los europeos, primero, y la independencia gambiana después, en 1965, dio al traste con todo ello. Jirong se quedó huérfana. Sin niños, sin infraestructuras y sin futuro, el bosque y la maleza se comieron todo lo que una vez fue habitado y el silencio se apoderó de este pequeño territorio, a unos 15 kilómetros de Farafenni, en la división Norte de Gambia, durante algo más de 40 años.

“El tiempo que yo viví en Jirong, cuando era pequeño, fue el más feliz de mi vida. Por eso decidí que podía recuperarlo todo. Quería una forma de ayudar a los jóvenes de esta región a quedarse aquí, en su país. Los árboles, bananeros o naranjos, solo son formas de crear oportunidades”, afirma Kalilu Jammeh, que sobrepasa por poco la cincuentena. En realidad, Jammeh sabe de lo que habla. La pobreza y la falta de oportunidades lo empujaron, un par de años después del golpe de estado de 1994 que acabó con la democracia en Gambia durante casi 25 años, a recorrer más de 17.000 kilómetros por tierra, mar y aire hasta llegar a Lanzarote en patera. Una travesía en la que la muerte y la barbarie fueron sus inseparables compañeras de viaje.

Gambia es el país más pequeño del continente africano, sin contar las islas Estado. Sus habitantes, que no llegan a los dos millones, afrontan no pocos problemas. La nación ocupa el puesto 174 en el Índice de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), tan solo superado por una quincena que están en guerra o con problemas semejantes de hambre y pobreza extrema. La tasa de alfabetización sobrepasa por poco el 40%, más del 60% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y el 30% padece desnutrición. La vía democrática tras los años de dictadura ha abierto la puerta a nuevos desafíos, aunque el ciudadano de a pie sigue volcado en sus problemas diarios: el precio de la gasolina no deja de crecer (el litro cuesta ya unos 55 dalasi, un euro, en un país en el que la renta per cápita es de algo menos de 500 euros) y comprar arroz, el principal alimento, también resulta cada vez más caro.

Más del 60% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y el 30% padece desnutrición

Frente a este panorama muchos jóvenes optan por embarcarse en una patera en dirección a Canarias o por recorrer Mali, Burkina Faso, Argelia, Libia y Marruecos para alcanzar las costas europeas. En 2016, Gambia fue el quinto país emisor de migrantes a Europa. “Quería hacer algo para evitar que los chavales tuvieran que pasar por eso. Yo creo que, si encontraran oportunidades, no querrían irse. No querrían utilizar el backway [nombre que recibe la principal ruta migratoria africana]”, repite Kalilu, sentado en un taburete de madera en su pueblo, en Jirong, mientras cae la noche. Una decena de niños corretea por los alrededores, otras tantas mujeres preparan los utensilios para hacer la cena y un grupo de hombres apura las últimas horas de luz en la construcción de lo que, parece, será una nueva aula de una pequeña y humilde escuela que ya se encuentra en funcionamiento.

La tierra como solución

“No hay bosques donde la gente vive. Todos los pueblos que empiezan a poblarse, lo hacen en un bosque. Pero cuando las personas lo habitan, deja de serlo, resume Kalilu. Tras 15 años viviendo en Girona, donde llegó desde Lanzarote tras una parada en Málaga, decidió volver a su país, a su aldea. No pareció importarle que ya nadie viviera allí. “Lo primero era tener suficiente agua. Aquí solo llueve tres meses al año… Con otros nueve de sequía ni siquiera los animales tienen suficiente para beber”, explica. Los ayuntamientos de Lloret del Mar, Blanes y Sant Pere de Ribes sufragaron un pozo. Para entonces, Kalilu ya había fundado una asociación, la había transformado en la Fundación Kalilu Jammeh y pensaba en cómo repoblar la zona donde él había crecido y de la que atesoraba los mejores recuerdos de su vida.

Lo segundo fue buscar gente. “Me fui a la ciudad a por jóvenes, la mayoría de mi familia y desempleados, y les dije: 'Yo no tengo dinero, pero creo que si nos volvemos a Jirong podremos vivir bien. Será mejor para vuestros hijos que viajar a Europa a buscarse el futuro. Así muere mucha gente”. Su idea era construir un colegio para niños huérfanos o de familias empobrecidas y plantar decenas de bananeros, naranjos y árboles frutales que sirvieran de sustento a todas las familias que se asentaran allí. La agricultura goza de una importancia suprema en Gambia. Según la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), este sector tiene un papel crucial en la reducción de la pobreza en el país: el 30% del PIB proviene de esta actividad, alrededor del 44% de la fuerza de trabajo está empleada en tareas agrícolas y los pequeños agricultores suministran a la nación el 90% de los alimentos producidos.

En los últimos diez años, Jirong ha pasado de estar deshabitado a albergar a unas 60 personas. Bananeros, naranjos y casas como la de la imagen han posibilitado la repoblación. ampliar foto
En los últimos diez años, Jirong ha pasado de estar deshabitado a albergar a unas 60 personas. Bananeros, naranjos y casas como la de la imagen han posibilitado la repoblación.

Sory Baide, de 23 años, fue uno de estos jóvenes que cambiaron el desempleo por las labores de la tierra en Jirong. Sory es senegalés, el país vecino de Gambia que lo rodea por todos sus extremos excepto por la salida al océano Atlántico. Hoy dice que los problemas en su región, que colinda con la nación que lo acoge son prácticamente los mismos que los de Gambia. Mientras habla, señala orgulloso con la barbilla los primeros plátanos de un bananero cercano. “Aquí me dedico a cuidar estos árboles para que den muchos frutos. Los plantamos hace un par de años y espero que dentro de poco podamos vender las primeras frutas”, afirma. Solo a unos metros, Ibrahima Dem, de 43 años, vigila la plantación de naranjos. Encima de la tierra que rodea cada árbol ha colocado un puñado de paja húmeda. “Es para mantenerlos fríos, que aquí hace mucho calor. Mi trabajo es cuidar los naranjos e intento hacerlo lo mejor posible. El año pasado ya sacamos siete cajas llenas de naranjas y en cada una cabían unos 50 kilos. Este, queremos superarlo”, afirma.

“Tenemos ya 300 bananeros y unos 250 naranjos, pero deseamos que sean muchos más. El terreno era de mis antepasados, así que podemos utilizarlo, porque pasan de generación en generación y ahora son míos. En cinco años queremos llegar a 3.000 bananeros y a 2.000 naranjos, pero necesitamos un tanque de agua más grande, de unos 6.000 litros”, explica. Mientras haya trabajo en el campo, sostiene, habrá gente que quiera vivir en él. Y, de momento, en 10 años, ya ha conseguido atraer a alrededor de 60 personas que viven ya en Jirong de manera permanente, y a otras muchas familias de poblaciones colindantes que se acercan al pueblo a llevar a sus hijos a la escuela.

Sin hospitales ni carreteras

“Lo difícil fue vivir los primeros años. Pero ahora los árboles empiezan a dar sus frutos y podremos empezar pronto a ganar dinero con ellos”, dice Kalilu con cierto orgullo no disimulado. Entonces optó por poner huchas en Girona y por escribir un libro, El Viaje de Kalilu, donde cuenta todas las penurias que pasó al dejar su país con la idea de un futuro próspero y amable en Europa. “Me dijeron que era un camino fácil, pero me engañaron. He pasado por cárceles, he visto cómo la gente fallecía por el hambre y también cómo rajaban a una mujer en el desierto para sacarle el dinero que se había comido para esconderlo. Desde que salí de Gambia hasta que llegué a Lanzarote pasaron un año y siete meses. Vi a gente morir todas las semanas. Esa no es una buena solución para nadie”, sentencia.

Los pequeños agricultores suministran a Gambia el 90% de los alimentos que produce

Pero pese a la escuela, que recibe a 150 chavales a diario, los árboles frutales, la veintena de viviendas construidas y las más de 50 personas que ya viven en Jirong, el pueblo todavía debe afrontar otros desafíos. “El hospital más cercano está a más de 10 kilómetros y tenemos que ir andando”, afirma Kalilu. Lo cierto es que la Sanidad sigue siendo uno de los asuntos pendientes del país. Gambia cuenta con un médico por cada 1.000 habitantes y, si bien es cierto que la Salud ha sido identificada como área prioritaria para el nuevo Gobierno, Naciones Unidas destaca que el acceso a sistemas sanitarios de garantías sigue siendo una de las mayores privaciones que tiene la población.

“Tampoco podemos remozar los caminos porque lo tiene que pagar el Ayuntamiento, no nosotros, y piden que te impliques en la política. Es muy importante para poder llegar a la carretera asfaltada, pero yo no quiero hacer eso. No quiero tener nada que ver con los políticos. Quiero hacer cosas para mi pueblo como lo haría cualquier ciudadano normal”, finaliza Kalilu antes de que el sol se vaya por completo y la oscuridad se apodere de los bananeros, de los naranjos y de la veintena de viviendas que han llenado Jirong de risas y vida.

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