Seres Urbanos
Coordinado por Fernando Casado

Las plazas duras y el budismo

Sobre la declaración de una plaza de hormigón en Barcelona como patrimonio a proteger

Plaça dels Països Catalans, obra de Helio Piñon y Albert Villaplana (1984), frente a la estación de Sants de Barcelona.
Plaça dels Països Catalans, obra de Helio Piñon y Albert Villaplana (1984), frente a la estación de Sants de Barcelona.Canaan (Wikimedia Comons)
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Hace unos meses, el Ayuntamiento de Barcelona seleccionaba diversos de sus espacios públicos arquitecturizados como bienes patrimoniales que merecían protección especial. Eran todos ellos ejemplos del tipo de urbanismo con los que, en los años 80, la capital catalana ganó su reputación universal por sus proyectos de diseño urbano rompedores y creativos. En la lista se incorporaron trabajos como los parques de Nou Barris, Diagonal Mar o la Creueta del Coll. Pero el primer elemento a resaltar fue la plaza dels Països Catalans, de los arquitectos Albert Viaplana y Helio Piñón, premio FAD de 1984. Esa intervención fue una de las pioneras de lo que a partir de ese momento se empezó a llamar plazas duras, superficies de granito, cemento u hormigón en las que la presencia de vegetación y mobiliario urbano es escasa o nula.

Sería interesante pensar sobre cómo, al margen de otras consideraciones no por fuerza elogiosas, no cabría reconocer un ascendente oriental en este tipo de iniciativas urbanísticas generadoras de solares –en el sentido de espacios sin sombra–, acaso ejemplo de un juego de influencias o paralelismos entre budismo zen y arquitectura y diseño actuales, como uno más de los aspectos de la cultura moderna occidental que recibieron esa misma influencia, de Shopenhauer a Chillida, pasando por Heidegger, la física cuántica, el movimiento jipi, las artes marciales y los bonsáis. Umberto Eco se ocupó de subrayar esa presencia del budismo japonés en nuestras sociedades urbanas e industrializadas.

Cuando divos como Rem Koolhaas hablan del nuevo urbanismo como “la puesta en escena de la incertidumbre” o se refiere a sus proyectos en términos de “congestión sin materia”, está empleando conceptos que el budismo mahāyāna reconocería enseguida. Aún más obvio ese lazo cuando lo protagonizan arquitectos orientales como Tadao Ando, Arata Isozaki o Toyo Ito, que han conseguido trasladar a las ciudades occidentales el aire efímero y el culto a la vacuidad –la forma es el vacío; el vacío es la forma– que caracteriza el tratamiento del espacio del zen.

Una de las ilustraciones más espectaculares de estos toques budistas en la geografía urbana en Occidente la tenemos precisamente en esas plazas duras que se han prodigado por todo el mundo y que convierten en lugar la lógica del zazen, ese estado contemplativo que deja pasar los pensamientos sin atraparlos, que, en este caso, invita a pasar a los viandantes sin darles la oportunidad ni la posibilidad de detenerse, puesto que apenas se prevé el punto en qué hacerlo. Se trata de entornos diseñados que evocan la noción de ma como espacio en blanco o espacio negativo y que irrumpieron hace cuarenta años como una forma novedosa de pensar ordenadamente el territorio urbano. Fue en buena medida desde Barcelona, cuando la política de liberar espacios emprendida por Oriol Bohigas en los 80 concedió oportunidades a creadores que, como Piñón y Viaplana, estaban dispuestos a especular con la forma urbana de manera rupturista. El resultado fue su proyecto para el parque del Escorxador y, por supuesto, la plaça dels Països Catalans, frente a la estación de Sants, cuya designación como espacio a proteger cabe esperar que lo proteja de verdad de su proceso de deterioro.

La idea de Piñón y Viaplana fue la de generar un espacio autónomo, deliberadamente no contextualizado, dominado por elementos que hacían de sus desolaciones creativas al mismo tiempo una ruta y un lugar. El tipo de inteligencia que se pretendía concitar en el usuario podría resumirse en cualidades como itinerancia, fluctuación, perturbación de los sentidos, inestabilidad, oscilación. En ellas, superficies casi puras, sin rincones ni esquinas, el peatón se convertía en danzante, sin derecho al alto, sin opción a desparecer ni a esconderse. Al menos eso era así en teoría, al margen del rechazo que merecieran productos finales inhóspitos e insociables.

Se quiso encontrar precedentes: el land art, Picabia, Man Ray, el dadá, Chirico, Kandinsky, el minismalismo… Pero ya hacía varios siglos que el zen había inspirado esa misma arquitectura espacial de la nada que creíamos haber visto nacer por primera vez ante nuestros ojos. Contémplese, si no, los patios desiertos, hechos de grandes extensiones de grava, arena blanca y musgo, salpicadas de algunas rocas, del monasterio de Daitokuki o del de Ryoan-ji, en Kioto; la orografía ilusoria, fría, leve -surcos hechos con un rastrillo, pequeños montículos de piedras diminutas-; el paisaje simple y seco de los jardines sin verde de Ryogen-in. Nuestros arquitectos de vanguardia acababan de inventar un tratamiento del espacio que los monjes japoneses llevaban cultivando desde hacía 800 años.

He ahí una muestra, entre tantas otras que podrían hallarse, de cómo lo que se nos está presentando como un “descubrimiento” de ese saber ignorante que es el budismo era, en realidad, un reencuentro.

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