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El muelle de la Sal era un lugar de charlas y paseos para Veneno cuando era universitario.

Sevilla, el mapa sonoro de Kiko Veneno

Algunas noches, a Kiko Veneno (Figueres, 1952) aún le visitan en sueños sus primeros recuerdos de Sevilla, llenos de adoquines brillantes y desgastados y de taxis de color rojo y amarillo. “Un sitio mágico”, al que se mudó cuando tenía nueve años. Han pasado más de 50 y la capital andaluza ha cambiado, “víctima de la turistificación”, apunta el músico. Pero advierte: no es tan fácil acabar con el alma.

En las Tres Mil Viviendas, Veneno encontró “la inspiración y un sistema de trabajo flamenco”.
En las Tres Mil Viviendas, Veneno encontró “la inspiración y un sistema de trabajo flamenco”.

Veneno exige comenzar a contar este recorrido por la Sevilla “típica, aceptada por todos”: el muelle de la Sal. “Estudiantes, franquistas, antifranquistas…, todos pasábamos por aquí”, relata. A poco más de seis kilómetros, en el barrio de las Tres Mil Viviendas, se revela la Sevilla “hecha de contrastes” a la que alude el artista nada más encontrarnos. En esta zona “olvidada por las Administraciones” se fraguó una parte muy importante de su historia musical y personal. “Hay sitios marginales donde también aparecen códigos estéticos, de conducta, de camaradería, de convivencia y de exigencia artística. En medio de la marginación, sí, pero códigos exigentes”. Lo descubrió aquí, adonde aterrizó de la mano de Raimundo Amador.

Convivencia es también la palabra que utiliza para hablar de su Triana, la de la plazuela de Santa Ana. “Es un sitio emblemático para toda mi generación. Yo todavía he visto cantar aquí a los flamencos antiguos”, afirma, mientras dos turistas buscan una dirección a sus espaldas.

La de Camarón fue una de las visitas que recibió Veneno en la casa de la calle de Alejandro Collantes.
La de Camarón fue una de las visitas que recibió Veneno en la casa de la calle de Alejandro Collantes.

José María López Sanfeliu —su verdadero nombre— acaba de lanzar el disco Sombrero roto, pero acumula a sus espaldas más de 40 años de una carrera musical que despegó en un lugar humilde y anónimo: el número 40 de la calle de Alejandro Collantes. En este piso del Nervión bajo se fraguó en los setenta la historia de Veneno, el grupo que formó con Rafael y Raimundo Amador. “Por aquí pasó medio Polígono Sur y media Sevilla. Hasta los gitanillos que se escapaban con las novias”. Después se mudó a Conil y volvió a Sevilla, a la plaza del Pumarejo, en la Macarena, de donde se marchó cuando llegó la heroína. “Seguí viniendo muchos años a ver el paso de La Hiniesta”. La música de Semana Santa, confiesa, es una de las cosas que más le enamoran de una ciudad. Ya lo dice él mismo. “Sevilla tiene un sonido muy especial”.

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