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La abuela de Freitas se pasaba horas observando la calle desde la ventana de El Muelle.

Santiago de Compostela, el ingrediente esencial de la cocina de Lucía Freitas

Para Lucía Freitas, la verdadera catedral de Santiago de Compostela no está en la plaza del Obradoiro. En el templo particular de la chef con estrella Michelin se rinde culto a un pecado, la gula. “Soy lo que soy gracias a esta plaza”, confiesa a las puertas del mercado de Abastos. Aquí escoge personalmente cada higo y huele cada cebolla que sirve en sus dos restaurantes, A Tafona y Lume. Freitas salta de un puesto a otro, pregunta y prueba las verduras en crudo. “Cóbralas bien, que una no está aquí por amor al arte”, le reprende a una de las paisanas. El ritual se repite desde hace una década, cuando decidió volver a su Santiago natal aquejada de “morriña”.

“Las paisanas de la plaza de Abastos son mi familia”, asegura la chef.
“Las paisanas de la plaza de Abastos son mi familia”, asegura la chef.

Llueve en Santiago. La capital gallega encabeza los rankings de ciudades con más precipitaciones de España, y esa condición se hace muy evidente en sus parques de musgo, piedra húmeda y césped impecable. El del Bonaval posee, además, el aire inquietante de haber sido un antiguo cementerio. Las hileras de nichos vacíos y alguna piedra a modo de lápida dan buena cuenta de ello. “Antes se decía que te podías encontrar huesos humanos”, cuenta a modo de anécdota.

El Moha es uno de los bares a los que la chef acude para tomar un café o una cerveza, siempre acompañados de un pincho de tortilla.
El Moha es uno de los bares a los que la chef acude para tomar un café o una cerveza, siempre acompañados de un pincho de tortilla.

Hace tiempo que la agenda de la chef echa humo. Entre sus dos negocios en Santiago, los congresos de cocina, los proyectos internacionales y sus apariciones en la televisión gallega, le queda poco tiempo para un respiro. Cuando lo tiene, se deja ver por el Moha, un bar sin pretensiones y popular en la Rúa Nova, donde se sirve como tapa “una de las mejores” tortillas de la ciudad, poco cuajada y de intenso color amarillo.

A sus 37 años, Freitas forma parte de la nueva hornada de restauradores y artesanos de Santiago. De su quinta son algunos de los dueños de los locales de moda que rodean el mercado y de lugares como El Muelle. Los hijos de los propietarios originales han convertido el bar fundado en 1931 en un espacio que atrae por igual a mochileros, jubilados y jóvenes de estética hipster. Un lugar con alma que posee, además, un gran valor sentimental para la chef. “En esta mesa se ponía mi abuela. En vez de tomarse un café, les daba un euro para poder quedarse mirando por la ventana”, recuerda, mientras bebe de una taza de cerámica de Sargadelos.

En el parque de la Alameda, Freitas recuerda haber jugado, merendado y montado en bicicleta de pequeña.
En el parque de la Alameda, Freitas recuerda haber jugado, merendado y montado en bicicleta de pequeña.

La estatua de Las Marías es casi parada obligatoria para todo turista que visita Compostela, pero Freitas pasa de largo. Su vínculo sentimental con el parque de la Alameda no se explica a través de lugares concretos, sino de vivencias cotidianas. Las de las tardes aprendiendo a montar en bicicleta, patinando o los días de novillos jugando al chinchón. “Antes te traían a la Alameda a merendar, no te llevaban al centro comercial”.

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