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Pontevedra: la ciudad en la que los niños se zamparon los coches

La localidad gallega es la que tiene más espacio para peatones de toda España y promueve que los pequeños estén en la calle

Vecinos de Pontevedra dan maíz a las palomas con el templo de la Peregrina al fondo.
Vecinos de Pontevedra dan maíz a las palomas con el templo de la Peregrina al fondo.

HAY VARIOS DÍAS de primavera en los que Pontevedra cambia de nombre por Ponteguapa. Así se llama el programa de reparto de petunias, margaritas y compost para vestir de temporada los balcones de la ciudad más peatonalizada de España, en una guerra contra el tráfico y los pitidos que lleva 20 años en pie y no para. Aquí no siempre hace sol, pero la gente hace vida en las calles, que parecen luminosas aunque truene. “Aquí la casa solo hace falta para dormir”, resume la francesa Estelle Grillon mientras se acaba un kebab sentada en un banco con su hija Zélie, de ocho años. Profesora de yoga, madre de cuatro niños, Grillon fundó su familia en Marsella, vivió en Tailandia y México, volvió a Francia y ahora se ha asentado en la ciudad gallega. “Aquí nos vamos a quedar”.

“Aquí la casa solo hace falta para dormir”, se complace una vecina

El secreto de Pontevedra está en los coches, o más bien en su extinción. “Es como si hubieran separado las casas”, describe abriendo mucho los brazos la vecina Concepción Souto mientras su esposo, José Cadilla, asegura que le encanta pasear y no mueve el coche del garaje. La ciudad ha sido reconquistada por los zapatos de sus 83.000 habitantes. Y lo que en los noventa era una ennegrecida capital de provincia transitada por 80.000 vehículos diarios ha reducido a 7.000 por jornada el tráfico en el centro. Con un alcalde del Bloque Nacionalista Galego desde 1999, Miguel Anxo Fernández Lores, Pontevedra se ha convertido en un ejemplo de urbanismo. The Guardian la definió como un “paraíso” en septiembre.

— Es como si el tiempo se hubiera ­detenido en este corazón urbano que es monumento histórico artístico desde 1951. Los niños no están en casa amarrados a una tableta; juegan al escondite o persiguen palomas, mientras un anciano en camilla y otros dos en silla de ruedas dormitan al sol. “Vamos a unos recados, no os mováis de los columpios”, avisa un matrimonio a sus hijos antes de dejarlos solos en un parque.

Plaza de la Peregrina.
Plaza de la Peregrina.

— El Ayuntamiento ganó para los peatones más de 1,3 millones de metros cuadrados, pero la cifra no cesa de crecer y a veces tiene que mandar a un funcionario a recontar cuántas son ya las calles sin tráfico. Con los coches también se han ido los malos humos y se han logrado los niveles medioambientales recomendados por la OMS. Y según Stop Accidentes, con el tráfico reducido a un 25% se han alcanzado los cero accidentes mortales por atropello. El último atropello mortal ocurrió hace una década, cuando una furgoneta no respetó un paso de cebra.

— “Aquí vale la pena tener niños”, proclamó cuando visitó la ciudad el psicopedagogo Francesco Tonucci, que invita a que los pequeños aprendan a ser autónomos usando las calles como escenario de sus juegos y aventuras. Thomas Rodríguez, de siete años, nació en Madrid y desde septiembre vive aquí. Juega con su patinete amarillo a tirarse una y otra vez por una cuesta empinada que muere en la palabra “vila”. Las cuatro grandes letras metálicas que juega a sortear Thomas señalizan el límite del núcleo histórico donde el destierro del tráfico es total. Otra de las entradas al casco antiguo está cortada por la palabra “Boa”. “Boa vila” es la coletilla que acompaña como un mantra desde la Edad Media el nombre de esta ciudad construida a orillas de la desembocadura del río Lérez. La culpa la tiene el cronista francés Jean Froissart, que en el siglo XIV la definió como “bonne ville”.

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