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OPINIÓN i

¿Por qué los episodios machistas siguen produciéndose en el fútbol sin que nadie levante una ceja?

El gesto de Simeone ante la Juventus es el último ejemplo de que, mientras la industria del entretenimiento ha hecho examen de conciencia, el deporte rey parece impermeable a los avances feministas

Diego Simeone, Cristiano Ronaldo, Santiago Solari y Vitolo.
Diego Simeone, Cristiano Ronaldo, Santiago Solari y Vitolo. Getty Images

Esto es un director que, para celebrar una victoria de su compañía, se pone ante la empresa rival a la que acaba de ganar en una negociación, se agarra los testículos y los muestra orgullosos. Como si otorgase a su escroto, y no a su cabeza, ese éxito laboral.

¿Impensable? Sí y no. No veremos haciendo eso a Jeff Bezos, pero lo acaba de hacer otro jefe de equipo: Diego Simeone, entrenador del Atlético de Madrid, frente a la Juventus, en el partido que ganó (2-0) el equipo rojiblanco en el Wanda Metropolitano el pasado miércoles 21.

Esto es un director que, para celebrar una victoria de su compañía, se pone ante la empresa rival a la que acaba de ganar en una negociación, se agarra los testículos y los muestra orgullosos. Como si otorgase a su escroto, y no a su cabeza, ese éxito laboral

¿Cómo hemos llegado a un momento en el que un tipo de 48 años vestido con un traje de marca se agarra sus genitales frente a miles de personas y todos aplaudimos? La UEFA es de los que no han aplaudido. Le han abierto un expediente por el gesto. Según AS no hay una sanción fijada para estos casos. El Comité de Ética lo debatirá. Según Simeone, que ya pidió disculpas, este gesto no estaba dirigido a los hinchas de la Juventus, sino que (según AS, de nuevo) “subraya el carácter de sus jugadores”.

La periodista Mamen Hidalgo recopiló en un hilo de Twitter compartido más de mil veces un montón de episodios machistas que habían tenido lugar en el fútbol en 2018.

En el mismo año en que otras industrias como el cine o la música limpiaban sus alfombras y hacían examen de conciencia, el fútbol ha dejado episodios como los siguientes. Cuando el Barça viajó a Estados Unidos, el equipo masculino fue en business y el femenino en turista. Ada Hegerberg, la primera mujer ganadora de un Balón de Oro, tuvo que oír como el DJ francés Martin Solveig le preguntaba si le gustaba bailar twerking. Enrique Cerezo, presidente del Atlético de Madrid, dijo ante los micrófonos: “No hablo de dinero, y menos con mujeres”. Muntari, del Deportivo, dijo en una rueda de prensa: “No te voy a contestar mal porque eres una mujer”. Y para cerrar, más testículos: las primeras declaraciones de Solari como entrenador del Real Madrid consistieron en decir que la idea del equipo era jugar “con dos cojones”.

Captura del instante en el que Simeone hace un gesto obsceno ante el público del Wanda Metropolitano en un partido Atlético de Madrid - Juventus de Turín.
Captura del instante en el que Simeone hace un gesto obsceno ante el público del Wanda Metropolitano en un partido Atlético de Madrid - Juventus de Turín.

El mundo deportivo es un arma de doble filo cuando hablamos de valores. El juez Brett Kavanaugh (designado por Trump para formar parte del Tribunal Supremo) se defendió de acusaciones de intento de violación ante el Comité Judicial del Senado haciendo referencia a todos los deportes que había practicado. Según algunos presentes, en su declaración usó más de cincuenta veces la palabra "deporte". Todo para mostrarse como un hombre íntegro, usando la máxima de que el deporte transmite valores rectos y que un deportista jamás podría caer en una falta así.

Es obvio que los deportes implantan en el que lo practica cierta idea de respeto, trabajo en equipo y sacrificio. Pero luego está la competitividad, tan aplaudida entre hombres y tan criticada entre mujeres. Víctor Machín Vitolo, jugador del Atlético de Madrid, lo resumió muy bien en unas declaraciones que molestaron mucho: “No somos mujeres como para ir metiendo cizaña”. Simeone, para referirse a la competitividad de sus jugadores, no necesitó ni hablar.

Las mujeres no son una parte significativa de los socios de los clubes (suponen el 22 % en el caso de equipos de primera división) ni de la hinchada de los equipos. Una llamada a la protesta o al boicot no funcionaría, o lo haría de forma discreta

La idea de la competitividad ha dejado el mundo del deporte y, especialmente, el del fútbol, como el último reducto de la masculinidad clásica, esa misma que anuncios como el de Gilette han cuestionado entre miles de críticas. Es probable que el fútbol sea impermeable al #MeToo porque las mujeres no están, no se las espera y no se las necesita. El movimiento #MeToo partió de ellas dentro de la industria cinematográfica. El llamado efecto Weinstein llevó a una organización en bloque que llevó a que muchas mujeres denunciasen los casos de acoso sexual a los que habían sido sometidas. 

Pero hay una diferencia vital entre la industria de Hollywood y el fútbol: el fútbol es un deporte masculino. Sus jugadores son hombres, sus entrenadores son hombres, sus directivos son hombres. No hay, como en otras industrias, un desequilibrio de poder que lleve a que el sexo se convierta en una medida de presión. Las mujeres en el fútbol son, por ahora y aunque el fútbol femenino gane muy lentamente interés, un elemento externo. Una denuncia es un pinchacito en la coraza, no una explosión en pleno núcleo.

El caso más paradigmático es el de la acusación por violación que pesa sobre Cristiano Ronaldo, que el jugador niega y de la que por ahora no hay prueba alguna. La modelo Kathryn Mayorga afirma que habría tenido lugar en 2009 en Las Vegas. En cualquier otra industria al jugador estrella le hubiese puesto en la picota. En Hollywood proliferan los casos en los que, sin pruebas, los acusados se apartan de forma preventiva –y, para muchos, injusta– de una producción por lo que pudiera pasar. Actores como Kevin Spacey y Louis C.K., directores como Brett Ratner, James Toback y Brian Singer, o presentadores como Charlie Rose y Matt Lauer han perdido sus trabajos y, de mayor o menor grado, han sido condenados al ostracismo sin un juicio.

El tuit en el que Cristiano Ronaldo niega las acusaciones de Kathryn Mayorga.

Cristiano Ronaldo sigue siendo un ídolo mundial. La persona más seguida en Instagram y en Facebook. Las acusaciones de Mayorga han sido cubiertas por los medios de comunicación con mucho menos recorrido que otros casos (como el de Woody Allen, que tiene 26 años de antigüedad), ninguna marca ha retirado su patrocinio y ninguna voz de estrellas (Rose McGowan) o periodistas (por ejemplo, Ronan Farrow) que sí han sido muy activas en otros casos del #MeToo han alzado su voz contra el jugador.

Si bien no hay mujeres de la industria, sí las hay fuera. ¿No podría funcionar aquí la presión del público como sí ha funcionado en contra de los casos anteriormente mencionados? Las mujeres tampoco son una parte significativa de los socios de los clubes (suponen el 22 % en el caso de equipos de primera división) ni de la hinchada de los equipos. Una llamada a la protesta o al boicot no funcionaría, o lo haría de forma discreta.

La solución, como pidió aquel anuncio de Gilette, es que fuesen los hombres los que solicitasen estos cambios. No que se juzgue a nadie antes de que lo hagan los tribunales, ojo. Pero sí que los campos de fútbol dejen de ser un territorio comanche para consignas machistas, racistas y homófobas. Para que se deje de utilizar la fuerza masculina de forma tóxica y se use de forma sana. Cuando Antoine Griezmann fue preguntado por ICON sobre por qué no había casos en el fútbol de homosexuales declarados, dijo: "Nos hacemos los duros y los fuertes y tenemos miedo a lo que puedan decir. [...]. Hay mucha gente mala en el fútbol. Y pueden tener miedo [los posibles jugadores que salgan del armario] a ir a los estadios y que les insulten".

La lección más valiosa de sus palabras es que acabar con el machismo en el fútbol ayudaría, precisamente, a los hombres. Al fin y al cabo son ellos los que a menudo se enfrentan a un campo con miles de personas que confunden competitividad con gestos soeces, gritos y prejuicios.

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