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#CienciaenelParlamento o cómo Twitter puede ayudar a mejorar la democracia

La revista 'Nature' se hace eco de un movimiento científico de base en España que consigue entrar en la Cámara

Políticos y científicos reunidos en el hemiciclo tras el primer día de la iniciativa Ciencia en el Parlamento
Políticos y científicos reunidos en el hemiciclo tras el primer día de la iniciativa Ciencia en el Parlamento

“La ciencia en España es una batalla perdida”: iniciaba así otra de esas conversaciones de Twitter que sirven para poco más que desfogarse. Entre justificadas críticas y lógicos escepticismos, surge la idea de importar a España reuniones entre científicos y políticos.  “Es necesario buscar la forma de que haya más interacción entre políticos/as y científicos/as”. Desde Australia, un científico emigrado explica cómo allí se reúnen anualmente científicos y políticos durante dos días para ayudarse. Se suman a la conversación emigrados en Reino Unido citando su experiencia en programas de intercambio entre ciencia y política. Suena a ciencia-ficción: en Westminster te puedes encontrar a científicos que durante días son la sombra de un diputado para conocer sus actividades y problemas. También, el diputado visita el laboratorio y vive en primera persona el día a día de la ciencia. Incluso yendo más allá, en el propio Westminster, y en muchos otros parlamentos, tienen en plantilla a personas con formación científica cuya labor es estar al corriente de cualquier novedad del mundo científico y transmitirla a los legisladores para que la consideren en su toma de decisiones. “No veo la razón por la que no sea posible hacerlo en España”: algunas risas, un par de memes y lo lógico era esperar que la conversación terminara como empezó, otra idea al aire.

Esta conversación cumple ahora un año: tuvo lugar el 31 de diciembre de 2017. Probablemente por aquello de los propósitos de año nuevo, el 1 de enero de 2018 ya circulaba el hashtag #CienciaenelParlamento, una cuenta de Twitter (@Cienciamento) y una sencilla página web con poco más que un manifiesto pidiendo reuniones anuales entre científicos y políticos.

Tal vez la clave fuese poner la ciencia a disposición de la política, o que nuestras estructuras científicas y agentes sociales están ya lo suficientemente maduras, o tal vez la casualidad. Sea como fuere, el manifiesto se viralizó: en poco más de una semana lo habían leído y comentado miles de personas, el 30 de enero pudimos presentar la iniciativa a la presidenta del Congreso Ana Pastor y el 7 de febrero ya estábamos presentándole la propuesta a la mesa del Congreso. Todos los grupos parlamentarios se sumaron y con ello arrancó la preparación de las primeras jornadas #CienciaenelParlamento del pasado noviembre: casi 100 diputados y más de 200 científicos reunidos durante dos días en el Congreso hablando de antibióticos, inteligencia artificial, cambio climático o conciliación familiar, entre otros 12 temas elegidos tras una convocatoria pública.

Estas primeras jornadas sirvieron para mostrar la utilidad del asesoramiento científico. Fue posible sólo gracias al apoyo decidido de la comunidad científica de manera individual e institucional, el entusiasmo con que la iniciativa fue recibida por todos los grupos parlamentarios del Congreso, la colaboración de la Fundación COTEC y la FECYT y el trabajo voluntario de unos 40 científicos prepararon las temáticas, contactaron con cientos de expertos y trasladaron el conocimiento científico en información útil para los políticos. Esta experiencia piloto parece haber dado sus frutos: hasta la revista Nature se ha hecho eco del movimiento #CienciaenelParlamento y los grupos se han puesto de acuerdo para dotar al parlamento de una oficina de asesoramiento científico.

Ahora viene lo verdaderamente difícil: conseguir que construyamos una herramienta útil. Es necesario implantar un modelo flexible, dinámico y ágil, que fomente la interacción y la confianza entre el conocimiento y la gestión pública.

Entre los diversos modelos existentes en los parlamentos europeos, una oficina en dos niveles se presenta como una interesante opción. En un primer nivel, un comité mixto, compuesto por representantes políticos de todos los grupos parlamentarios y por profesionales de la ciencia en activo que representen las distintas áreas de conocimiento, supervisa el funcionamiento de la oficina, elige los temas que preparar y abre puertas en el mundo político y científico al personal de la oficina.

En un segundo nivel, un equipo de personas con formación científica se dedica profesionalmente al asesoramiento científico, encargándose de revisar la bibliografía, entrevistar a cuantos expertos sea necesario y preparar los informes que presentan la evidencia científica, haciéndola llegar a la clase política y toda la sociedad.

El número de temas a preparar anualmente depende de los recursos invertidos en la oficina. Tras 30 años de funcionamiento, la oficina del Reino Unido cuenta con 14 personas a tiempo completo y preparan alrededor de 20 temáticas anualmente. La oficina española empezará de forma modesta y debería crecer en función de su eficacia y utilidad.

Existan o no presupuestos para 2019, el consenso de los grupos parlamentarios en este punto hace prever que la oficina será una realidad. Incluso si los fondos se retrasasen, el apoyo a #CienciaenelParlamento de decenas de instituciones académicas hace vislumbrar que lo que nació como una carta a los reyes magos por Twitter permitirá enriquecer nuestro sistema democrático.

Andreu Climent es investigador en el Servicio de Cardiología del Hospital General Universitario Gregorio Marañón y adjunto a la Dirección del Centro de Investigación Biomédica en Red en Enfermedades Cardiovasculares (CIBERCV). Escribe el presente artículo en representación del colectivo de científicos que está llevando adelante #CienciaenelParlamento.

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