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La muerte de Idrissa y el poder sanador del documental

Xavier Artigas y Xapo Ortega, de la productora Metromuster, vuelven a poner en jaque a la justicia con su nuevo documental Idrissa, crónica de una muerte cualquiera

Fotograma del documental 'Idrissa, crónica de una muerte cualquiera'.

La primera escena que abre la película molesta. Mucho. Es la declaración de intenciones de los directores Xavier Artigas y Xapo Ortega. La interpelación es evidente y dejan sobre la mesa fotogramas para que el espectador sea quien construya el relato: de un lado se observan adolescentes africanos jugando a la pelota en la arena de la playa; en el otro, separados por unas concertinas y a más altura –algo que le impide ver el partido de fútbol– un señor blanco que toma el sol junto a una piscina mientras se deleita con la puesta de sol. Dos mundos. Ambos forman parte de la misma realidad, aunque las reglas del juego para cada uno de los escenarios son diametralmente diferentes. Algo que un cartel publicitario trata de dulcificar bajo el texto: “Una vida excepcional, un entorno privilegiado”.

Este es el contexto del documental Idrissa, crónica de una muerte cualquiera (2018) donde se narra el periplo para tratar de encontrar y repatriar el cuerpo desaparecido del joven guineano Idrissa Diallo que, con tan solo 21 años, moría en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de la Zona Franca de Barcelona la Noche de Reyes del año 2012. Tras el trágico suceso en condiciones todavía no esclarecidas, se creaba la plataforma Tanquem els CIE (Cerremos los CIE). Por entonces, en la Ciudad Condal gobernaba el alcalde Xavier Trías, el caso fue archivado inmediatamente, su muerte nunca fue investigada en profundidad, la familia no fue informada de forma oficial y la ubicación de sus restos no se conocieron hasta que una iniciativa ciudadana decidió investigarlo.

Por eso, la suerte de este documental. Ortega lo explica así: “Hemos pretendido girar la cámara y ver quiénes somos nosotros. Qué responsabilidad tenemos en el caso de Idrissa y en el de tantos otros que mueren de forma anónima por nuestras políticas migratorias”.

El soplo

A finales de 2016, se consiguió localizar el cuerpo de Idrissa en el nicho 516 del cementerio de Montjuïc. No había ninguna placa identificativa, pero el proceso de sanación que incluía la repatriación a Tindila, su pequeño pueblo en Guinea Conakry, comenzaba. Los gastos ascendían a unos 10.000€ y para conseguirlos, y frente a la inactividad de la Administración, el equipo del documental decidió iniciar una campaña de recogida de fondos. Sí, en efecto, la productora Metromuster no solo se había propuesto narrar la historia, sino que quería contribuir a cambiarla. “El llevar el cuerpo de regreso a Guinea hace que esta persona cualquiera –léase Idrissa– vuelva a tener identidad para dejar de ser una persona anónima. El hecho de que estemos dejando morir a toda esta gente en el Mediterráneo nos hace responsables totales tanto por las relaciones poscoloniales Norte-Sur, como por la violencia que ejercemos en las fronteras”, subraya Ortega.

La paradoja es la siguiente: cuando Idrissa llega a España, el Estado hace todo lo posible por repatriarlo, pero tras su muerte en dependencias del propio Gobierno, esta inercia se vuelve centrípeta y torpedea todos los procesos que contribuirían a la reparación emocional y económica de su familia. ¿Son entonces los CIE –como denuncia Metromuster–, parte de la violencia estructural del sistema? Frente a esta pregunta, y tras los 94 minutos de cinta, la respuesta es meridiana para el espectador que ha observado cómo el equipo de realización ha ido dejando paso a los verdaderos protagonistas: su pueblo, sus amigos y sus familiares.

Nicho en el que se encuentra el cuerpo de Idrissa Diallo.

Idrissa no murió en el Mediterráneo ni atravesando la valla de Melilla como tantos otros, murió en Barcelona. Pero el problema es que esta muerte, como tantas otras, están normalizadas. Ortega lo matiza: “Se ha creado la idea de que los CIE son necesarios porque en ellos van a parar aquellas personas que han cometido algún delito, cuando es falso ya que no tener los papeles en regla es una falta administrativa, no un delito. Una falta que puede ser igual a la de aparcar el coche en una zona azul sin pagar el ticket. Hemos normalizado que los extranjeros no son ciudadanos y podemos privarles de la mayoría de derechos. Las fronteras se representan como lugares de conflictos, pero, sin embargo, sabemos que la entrada de inmigrantes por las fronteras no supone más de un 2% de las entradas irregulares”.

La notificación

El 16 de marzo de 2018, la respuesta desde el juzgado de instrucción  5 de Barcelona llegaba para proceder a la apertura del nicho. Una noticia que llegaba a penas días después de la retirada de la estatua del empresario y esclavista Antonio López quien “hizo fortuna en las Américas, en el siglo XIX, con el tráfico de esclavos y esclavas que traía desde las costas africanas hasta Cuba”, como defiende el consistorio presidido por Ada Colau. La presentadora ecuatoguineana afincada en Barcelona, Tamara Ndong, subrayaba el 4 de marzo lo siguiente: “No queremos una plaza dedicada alguien que se hizo rico traficando con personas. Vamos a despedir al marqués con una gran fiesta”. Y así fue.

Sin embargo, el pasado lunes, desde la plataforma Tanquem els CIE junto a Metromuster, lanzaban un comunicado en el que manifestaban su malestar ya que habían presentado un aval de más de 15.000 firmas en las que se apoyaba el cambio de nombre de la plaza Antonio López por el de Idrissa Diallo y todavía no se había podido proceder a la consulta. “Valoramos la retirada de la estatua de Antonio López el pasado mes de marzo como una decisión valiente y necesaria, pero inacabada (se ha quitado la estatua, pero se mantiene el pedestal que contiene mensajes de glorificación del personaje). Ahora debemos completar la reparación del agravio que ha supuesto, para la ciudadanía de esta ciudad, la presencia del esclavista durante más de un siglo, y no olvidar nunca quién fue y qué representa para nuestra sociedad”.

Un cine emancipador

El 15M no acabó en las plazas, sino que se emancipó también del espacio-tiempo dando como resultado nuevas simbiosis que seguían teniendo por naturaleza alterar el status quo. Una de las alternativas pasaba entonces por voltear los análisis políticos para plasmar sin cortapisas cómo funcionaba el sistema. Y el poder de la imagen podía facilitar esta vía. Era mayo de 2011 y los directores Xavier Artigas y Xapo Ortega se conocían durante las protestas de Barcelona para coincidir en la necesidad de explorar nuevos formatos audiovisuales que trasformaran la realidad o, directamente, la hackearan.

Este fue el resultado de Ciutat Morta (2014), su primer largometraje como tándem que, además de registrar una fotografía reflexiva y poética, tiraban de rigor periodístico para evidenciar las grietas del sistema. Este trabajo minucioso de investigación que acabó provocando un gran revuelo social y mediático sin precedentes en Barcelona y en toda Cataluña, ganó más de 12 premios en festivales internacionales, incluyendo la Biznaga de Plata a la mejor película documental en el Festival de Málaga (2014).

Pero ahora el reto trasciende nuevamente los formalismos. Con Idrissa, crónica de una muerte cualquiera (2018), el dúo Artigas-Ortega ha caminado con firmeza sobre el binomio cine-acción ya que efectivamente se cuenta un relato a modo de reportaje televisivo con la salvedad de huir del llamado cine de denuncia para dar paso al cine de reparación. En definitiva, han subrayado que el cine puede ser una herramienta de emancipación.

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