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COLUMNA CRÍTICA i

Descuartizados

En nuestros días de liderazgos vociferantes están siendo asesinados más periodistas que nunca

Protestas ante la embajada de Arabia Saudí en Indonesia por el asesinato de Jamal Khashoggi.
Protestas ante la embajada de Arabia Saudí en Indonesia por el asesinato de Jamal Khashoggi. REUTERS

No hay nadie que en las últimas décadas no perciba la diferencia de trato entre dos modelos de dictaduras. Por un lado están las dictaduras atrincheradas en países de economía precaria y sin gran interés geoestratégico. A estas se las pueden aplicar bloqueos y resulta vergonzante negociar con ellas, hacer pactos económicos y propiciar buen trato diplomático. Sin embargo, cuando la dictadura es poderosa en lo económico, fructífera en lo armamentístico y generosa en los mercados financieros, entonces el trato cambia. Nos hemos acostumbrado tanto a ello que está incorporado a los reglamentos de etiqueta diplomática mundial con absoluta naturalidad. Lo que hace 20 años resultaba deleznable, hoy es admisible. Es el precio que hay que pagar por el ascenso de los valores económicos en la pirámide virtuosa. Tener dinero es hoy más importante que tener cualquier otra cosa, no digamos ya dignidad, que no cotiza ni en hora de misa.

Podría resultar desmoralizador analizar este doble rasero. Los inversores en Bolsa son pequeños dioses, y su dinero un manto que todo lo invisibiliza. Así que mejor permitamos que la pragmática económica nos imponga sus normas de conducta; siempre quedará el criterio personal para añadir un poco de sal a nuestra experiencia ciudadana. Sin embargo, el asesinato del periodista disidente Jamal Khashoggi en el Consulado de Arabia Saudí en Estambul ha obligado a una contorsión de la diplomacia internacional que amenaza con llenar las clínicas de los fisioterapeutas de embajadores con desviación de columna y fracturas cervicales. Para la diplomacia norteamericana está resultando un sapo complicado de tragar, puesto que la errática estrategia impuesta por su presidente se parece más a un juego de pinball que a otra cosa. La bolita rebota entre los resortes emocionales y viaja de un lado a otro como si hacer alianzas y deshacerlas fuera cuestión de un par de mensajitos en las redes sociales.

Pero detengámonos en algo que quizá pase inadvertido tras el interés natural por saber exactamente los detalles de un asesinato tan escabroso. Es un hecho que puede ayudar a devolver la autoestima al gremio más despreciado de los últimos años, el de los periodistas. Porque, a falta de conocer todos los detalles, ya podemos concluir que desde uno de los poderes más consolidados del mundo se ordenó descuartizar a un poco conocido periodista. Hasta tal punto le resultaba molesto ese trabajo de cuestionamiento informativo, hasta tal punto puede seguir siendo fundamental el ejercicio de la opinión libre en tiempos de represión. No es raro que los periodistas sean el primer objetivo de los líderes oportunistas, esos que han venido para resolverle al pueblo sus problemas más inmediatos. El empeño de una parte del periodismo por intentar hacerse preguntas incómodas en voz alta está desprestigiado por un interés particular. Ese interés consiste en limitar la tarea del periodista a ser correa de transmisión de las prioridades del poder. Estas prioridades cambian según la agenda. Y el resto, según ellos, es mentira. Pero el periodismo se niega a renunciar a escarbar hasta dar con el hueso enterrado. Por supuesto que atiende a intereses de parte, pero en esa disensión estriba la salud del sistema. El que busque pureza se equivocó de pantalla. Conviene que el luto ocasional ante el asesinato de un periodista no refuerce el desánimo profesional, sino todo lo contrario. En nuestros días de liderazgos vociferantes están siendo asesinados más periodistas que nunca. Por algo será, ¿no les parece?

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