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Crímenes de un tirano impulsivo

La desaparición de Jamal Khashoggi es el último episodio turbulento en la corta pero cargada trayectoria conflictiva de Mohamed Bin Salmán

Jamal Khashoggi en una imagen de archivo.

Mientras Trump se relamía con los éxitos cosechados en una sola semana —copo conservador del Tribunal Supremo, acuerdo comercial con México y Canadá e inmejorables cifras del paro—, su íntimo aliado estratégico en Oriente Próximo, el régimen saudí, cometía un horrendo crimen y algo peor que un crimen, un error de consecuencias incalculables en sus relaciones con el mundo civilizado.

El 2 de octubre, en Estambul, un comando de agentes secretos desplazados desde Riad detenía en el consulado de Riad a Jamal Khashoggi, un prestigioso periodista saudí que acudió a recoger la documentación para su inminente boda con una ciudadana turca. Desde entonces hasta ahora nada más se ha sabido del periodista —que entró en las instalaciones consulares y nunca las abandonó de su propio pie—, salvo las conjeturas e indicios recogidos por la policía turca, todos ellos coincidentes en que había sido asesinado y su cuerpo troceado y trasladado.

Khashoggi pertenece a una familia de notables saudíes conocida mundialmente. Ha sido comentarista político, director de periódicos y cadenas de televisión y alguien muy cercano al poder hasta que Mohamed bin Salman (conocido como MBS) se convirtió en príncipe heredero, en junio de 2017. Este fue el año en que se exilió en Estados Unidos y empezó a publicar sus artículos en The Washington Post, dedicados especialmente a criticar al nuevo hombre fuerte saudí, aunque siempre desde una posición moderada y en favor de la apertura y la democratización del país.

Su desaparición es el último episodio turbulento en la corta pero cargada trayectoria conflictiva de MBS, de 33 años, el celoso, autoritario e impulsivo hijo del rey Salmán, que concentra en sus manos todo el poder del régimen. La peculiar apertura política que está protagonizando combina medidas liberalizadoras, como permitir la conducción de coches a las mujeres o abrir de nuevo las salas de cine cerradas durante los últimos 40 años, con un endurecimiento de la represión y del control sobre la sociedad y la opinión pública.

MBS es responsable de la creciente intervención saudí en la guerra de Yemen; de la expropiación de bienes a más de 300 príncipes y altos cargos millonarios detenidos e interrogados en el hotel Rizt-Carlton de Riad; del bloqueo y ruptura de relaciones con el emirato vecino de Qatar; del secuestro durante casi tres semanas del primer ministro libanés Saad Hariri; y de la ruptura de relaciones con Canadá, por un simple tuit contra la represión a un bloguero saudí, uno entre muchos otros activistas que sufren cárcel e incluso pueden ser ejecutados por su oposición al régimen.

El caso Khashoggi desequilibra la ecuación trumpista en Oriente Próximo, en la que Irán era el mal mayor a combatir mediante la centralidad saudí en la política de alianzas. A la vista del crimen de Estambul, sea asesinato o sea secuestro, Trump no podrá repetir las muestras de apoyo y de afecto con que ha venido prodigándose hasta ahora hacia este émulo criminal de Stalin que ha surgido en el Reino del Desierto.

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