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Oliver Sacks y los ojos de Dalton

El neurólogo se propuso investigar la dificultad visual que sufren la mayoría de los habitantes de Pingelap y cómo el daltonismo va a condicionar la vida cotidiana en la isla

Oliver Sacks
Oliver Sacks. Corbis

A principios de los años noventa, el neurólogo Oliver Sacks viajó hasta Pingelap, un pequeño atolón del Pacífico Sur donde la mayoría de sus habitantes sufre incapacidad para distinguir los colores. Acompañado por el oftalmólogo Bob Wasserman y por el doctor Knut Nordby -psicólogo noruego que también sufría ceguera para los colores- Oliver Sacks se situó en Pingelap para contarnos la vida de sus habitantes y lo hizo a través de las páginas de un libro científico que se lee como un libro de viajes, La isla de los ciegos al color (Anagrama).

En el citado trabajo, Sacks se pone a investigar la dificultad visual que sufren la mayoría de los habitantes de Pingelap y cómo esta va a condicionar la vida cotidiana en la isla, así como el mundo interior que se origina en cada una de las personas que sufre dicha peculiaridad. La lectura de La isla de los ciegos al color nos lleva a pensar en historias que no son de este mundo, tal vez por la relación que el trabajo de Oliver Sacks guarda con la literatura fantástica.

Oliver Sacks escribe en su diario en Machu Picchu (Perú) en 2006.
Oliver Sacks escribe en su diario en Machu Picchu (Perú) en 2006.

Porque en el libro de Sacks encontramos ecos de H.G Wells y de su relato titulado El país de los ciegos, una ficción donde Wells cuenta que sus habitantes han estado ciegos durante generaciones y por ello buena parte de su imaginación se ha ido transformando en un nuevo imaginario; en nuevas realidades ficticias condicionadas por la percepción y agudeza de sus oídos así como por el sentido del tacto. De esta manera, pongamos que inspirado por H. G. Wells, el neurólogo británico busca la influencia del daltonismo en el quehacer diario de los habitantes de Pingelap, descubriendo que los mejores pescadores nocturnos son daltónicos, ya que, a través de los brillos de la luna, reflejada en las escamas, perciben el movimiento de los peces bajo el agua.

Resulta curioso comprobar cómo, durante la Segunda Guerra Mundial, los hombres con esta característica en la visión fueron destinados a los bombarderos debido a su capacidad para distinguir el camuflaje. Pero volvamos a Pingelap, ya que, la hipótesis más probable del daltonismo de la mayoría de sus habitantes tiene un origen genético. El daltonismo es un trastorno congénito y en el caso de Pingelap, lo que nos revela el daltonismo de sus habitantes es la relación de parentesco entre ellos. En 1780, después de que un tsunami arrasara la isla, su rey -que fue uno de los pocos supervivientes- decidió repoblarla y para ello se dedicó a procrear con las mujeres que quedaron. El citado rey sufría dicha alteración en la visión y la dejó en herencia genética. Todo indica que esa fue la causa del defecto visual que sufren la mayoría de sus habitantes.

Por último, unas palabras acerca del hombre que padeció ceguera genética para los colores y dio nombre al daltonismo: John Dalton, nacido en Eaglesfield, Gran Bretaña, en 1766, en el seno de una familia humilde y que dedicó su vida al estudio de la ciencia. Su peculiaridad visual le llevaría a confundir frascos y probetas en el laboratorio pero eso no le impidió formular una ley que llevaría su nombre. Dicha ley nos viene a decir que, en una mezcla de gases, la presión total de la misma es el resultado de la suma de las presiones parciales de cada gas si sólo uno ocupase el volumen ocupado por la mezcla.

Volviendo a su problema de visión, Dalton creyó durante toda su vida que la alteración visual que sufría se encontraba dentro de su globo ocular en forma de fluido coloreado. Como no le fue posible comprobar su hipótesis sin arrancarse los ojos, decidió donarlos después de muerto. Su médico, Joseph Ransome, se dispuso a seguir la última voluntad del científico y extrajo los ojos al cadáver para estudiarlos sin éxito, ya que, no encontró fluido de color alguno dentro de ellos. Por lo demás, los ojos de Dalton se pueden encontrar en el sótano del Museo de Ciencias de Manchester, desde donde Antonio Martínez Ron arranca su libro El ojo desnudo (Crítica), un tratado de divulgación científica que tiene como protagonistas a hombres y mujeres que percibieron lo invisible. Un libro del que hablaremos en otro momento.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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