Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La Escuela de Vallecas, el movimiento que intentó crear una vanguardia española en los años 20

la escuela de vallecas
Representación de La vida es sueño a cargo de La Barraca, con decorados de Benjamín Palencia (1932).

En los años veinte del pasado siglo, Alberto Sánchez y Benjamín Palencia iniciaron su propio movimiento artístico en Madrid, a imagen de los ismos europeos: la Escuela de Vallecas. Casi un siglo después, el pintor Antonio Ballester Moreno recupera aquel legado creativo.

A FINALES de 1924 surgió en España la Sociedad de Artistas Ibéricos (SAI), una agrupación creada para renovar el panorama plástico nacional por medio de las vanguardias que desde los albores del nuevo siglo habían tomado al asalto Europa: el neurótico expresionismo, el fauvismo y sus colores salvajes, el cubismo deconstruido, el surrealismo nacido del subconsciente. Para mayo del siguiente año organizaron su primera exposición colectiva. Aún se conservan varias fotografías de aquel salón celebrado en el madrileño Palacio del Retiro, imágenes en blanco y negro de, en su mayoría, hombres engominados, encorbatados, con su sombrero en la mano. Participaron con sus obras Rafael Barradas, el impulsor de la SAI, Salvador Dalí o Maruja Mallo. Por allí se dejó ver también entre otros intelectuales Federico García Lorca, que asoma la cabeza en una instantánea por detrás de un grupo de pintores que posan ante unos cuadros.

TBT (Horizonte), obra de 2018 de Antonio Ballester Moreno.
TBT (Horizonte), obra de 2018 de Antonio Ballester Moreno.

El diario Abc publicó entonces una nota sobre el acontecimiento. “Con entusiasmo noble, que acusa una ardorosa fe en el ideal estético y una vocación profunda, en obra de pocos meses fue engendrada, ha nacido y llega a madurez triunfadora esta Sociedad de Artistas Ibéricos”, rezaba la columna, que destacaba más nombres de entre los participantes en la exhibición: escultores como “Victorio Macho, Quintín de Torre, Capud, Adsuara, Barral y otros”; y también pintores: “Juan de Echevarría, los Zubiaurre, Cristóbal Ruiz, Arteta, Berdejo y otros muy estimables”. Después de aquella muestra, que a pesar de las aparentes loas de aquel y otros rotativos tuvo una repercusión social escasa, buena parte de aquellos autores acabarían cambiando, más tarde o más temprano, Madrid por París. En aquella ciudad podían aspirar a codearse con los creadores más audaces que por entonces pisaban la tierra y convertirse ellos mismos en uno.

Fotografía de 1932: Benjamín Palencia es el tercero desde la izquierda.
Fotografía de 1932: Benjamín Palencia es el tercero desde la izquierda.

Aquí, en un clima que no mucho más tarde desembocaría en contienda, dos de aquellos artistas ibéricos, Benjamín Palencia y Alberto Sánchez, se quedaron para montar su propia vanguardia. Una vanguardia española: la Escuela de Vallecas. Casi un siglo después, un pintor actual, Alberto Ballester Moreno, ha querido recuperar las esencias de esos pioneros. Sus obras, inspiradas en los mismos principios que las de aquellos —paisajismo rural, apego a la tierra y sus frutos y a la creación manual, sensualismo sin pomposidad—, se mostrarán en una exposición doble que tendrá lugar simultáneamente en las galerías madrileñas Leandro Navarro y Maisterravalbuena (del 13 de septiembre al 27 de octubre). Además, el pintor ha sido seleccionado como artista y comisario por la Bienal de São Paulo (del 7 de septiembre al 9 de diciembre), cuyo curador general es el español Gabriel Pérez-Barreiro. En el curvilíneo pabellón diseñado por Oscar Niemeyer, Ballester Moreno contará con un espacio de unos 7.000 metros cuadrados donde exhibirá, además de su propia producción, los trabajos de creadores relacionados con su personal entendimiento del arte: el estadounidense Mark Dion, conocido por recopilar y clasificar objetos encontrados; la alemana Andrea ­Büttner, con piezas de contenido social; su propio abuelo, un escultor aficionado; trabajos del pensador alemán Friedrich Fröbel, que educaba en una idea unitaria de la naturaleza; una colección de juguetes del siglo XIX que pone de relevancia la influencia del azar en la creación artística desde el siglo XX, y obras de la Escuela de Vallecas que, por primera vez, se podrán admirar en un contexto internacional de calado.

Ballester Moreno.
Ballester Moreno.
Los galeristas Pedro Maisterra (izquierda) e Íñigo Navarro.
Los galeristas Pedro Maisterra (izquierda) e Íñigo Navarro.

Uno de los dos integrantes fundamentales de la Escuela, Alberto Sánchez (Toledo, 1895-Moscú, 1962), no aprendió a leer hasta los 15 años. Su profesión primera fue la de panadero: amasaba unos panes contundentes, jugosos y táctiles, que quizá espolearan su interés en la que después sería su carrera definitiva, la escultura. Joven de campo, criado en las costumbres populares, cuando llegó a Madrid enseguida entabló amistad con Benjamín Palencia (Barrax, Albacete, 1894-Madrid, 1980). Ya de niño Palencia despuntaba como dibujante, y sus compañeros de escuela le pedían que les hiciera retratos y monigotes. No fue hasta su desembarco en la capital, y sus visitas iniciáticas al Prado, cuando comprendió que su futuro estaba ligado a la pintura. “Ambos eran diferentes pero en cierto modo similares: los dos procedían del mundo rural y eran autodidactos. Sus obras también eran distintas, pero tenían en común una visión surrealista del paisaje castellano y de sus gentes”, explica Ramón Palencia, sobrino del pintor y gestor de su legado. A partir de 1927, el mismo año en que se formó la brillante constelación de escritores y poetas, Alberto (así se le conoce normalmente, por su nombre de pila) y Palencia empezaron a quedar casi todos los días hacia las 15.30 en la estación de trenes de Atocha. Desde allí marchaban con el ritmo de sus palabras rumbo al sur, a los suburbios no industrializados: Villaverde, Vicálvaro, Vallecas.

'¡Vivan los campos libres de España!', de 2017.
'¡Vivan los campos libres de España!', de 2017.

Desde las lomas que rodean este barrio se avista la urbe y los campos despeluchados, típicamente castellanos, que la rodean. En el cerro Almodóvar, que ellos rebautizaron como Testigo, los dos artistas forjaron el mito fundacional de su movimiento. Sobre las distintas caras de un monolito (que ya no se conserva) grabaron sus aspiraciones estéticas, y también las de Picasso y los nombres de artistas como “Eisenstein, El Greco, Zurbarán, Cervantes, Velázquez y otros”, como dejó escrito Alberto. Sobre esa colina pronunciaron la consigna que guiaría su estilo: “¡Vivan los campos libres de España!”, un grito en pro del hacer y el sentir de la gente llana que, formalmente, se sustentó sobre todo en los postulados del surrealismo y, en menor medida, del cubismo. Para el año 1932 Alberto Sánchez y Benjamín Palencia crearon algunas de sus obras más destacadas (por ejemplo, el lienzo Campos, de Palencia) y poco después dieron por finalizado su experimento. Tras el parón de casi todo lo demás forzado por la Guerra Civil, la Escuela de Vallecas regresaría en 1939 de la mano de Palencia y otros pintores más jóvenes que, como él, quisieron focalizar su mirada en el paisaje. Sánchez, el artista que creó esculturas con huecos para que los pájaros pudieran posar sus nidos, se había exiliado en Moscú en 1932 y ya nunca más regresaría. Palencia, a quien (entre otras razones) su amigo y fautor Juan Ramón Jiménez convenció de que no era necesario partir para engendrar algo nuevo, recuperó el nombre de la vanguardia. Pero ya nada volvería a ser lo mismo. Para 1942, esta segunda Escuela se había disuelto. De aquella experiencia nació el germen de la Escuela de Madrid, con integrantes como José Planes o Pablo Palazuelo.

Dos obras de Palencia: Notas musicales (1932) y Tres figuras (1935).
Dos obras de Palencia: Notas musicales (1932) y Tres figuras (1935).
La Escuela de Vallecas, el movimiento que intentó crear una vanguardia española en los años 20

A unos kilómetros al noroeste de aquellas colinas vallecanas se encuentra el estudio de Antonio Ballester Moreno. Está situado en un barrio de casas bajas, sobre cuyo horizonte se eleva como un molino gigante Torrespaña, el famoso Pirulí. Los trabajos del madrileño (1977), enseguida salta a la vista, están unidos entre sí por un ideario que abarca el fondo y la forma: sus lienzos representan esquemática y geométricamente elementos de un paisaje desnudo de exotismos. Las montañas son triángulos. Un triángulo invertido colocado sobre otro derecho crea una estrella. El sol es un círculo, como un círculo es la luna. La tela de yute pintada de dorado alude a los campos de trigo. Cuando cae la noche, el lienzo se funde en negro. “Para mí el arte no viene desde arriba, sino desde abajo. Viene de la gente”, explica Ballester Moreno, que en 2017 protagonizó una exposición en La Casa Encendida de Madrid titulada, precisamente, ¡Vivan los campos libres de España! “La Escuela de Vallecas expresaba la modernidad desde la tradición, que es algo que les diferencia de otras vanguardias, que intentaron provocar una ruptura. Mi obra busca algo parecido: un punto en común entre todos nosotros”.

La Escuela de Vallecas, el movimiento que intentó crear una vanguardia española en los años 20

Cuando Alberto y Palencia salían a dar sus paseos, cualquier cosa les obnubilaba. Una piedra, un palo, una hoja caída de la rama. Todos les servían como objeto o soporte artístico, lo mismo que la arena, que pasó a ser elemento integrante de las obras del pintor. La simplicidad poética era la base de su teoría, aunque nunca llegaron a plasmarla en forma de manifiesto: su Escuela era un movimiento telúrico, con los pies puestos en el suelo y la mirada en esos horizontes castellanos enjutos y ajados, mesetarios, que la generación del 98 entendió como místicos y terribles y ellos despojaron de drama. Esto es algo que se puede apreciar en sus obras y a través de los recuerdos y conversaciones que, décadas después, en 1961, transcribió Alberto en el texto Sobre la Escuela de Vallecas, en el que se menciona por primera vez el nombre de la vanguardia. En aquellos años los dos artistas contaron con excepcionales acompañantes en sus caminatas: Maruja Mallo, Rafael Alberti, Luis Castellanos o García Lorca. Con el poeta granadino, Palencia colaboró en unos hermosos decorados para una representación de La vida es sueño de La Barraca que recuerdan en sus formas a los cuadros contemporáneos de Ballester Moreno, con los astros del firmamento representados en la más absoluta simplicidad de sus formas geométricas. Miguel de Unamuno, representante de la hornada del 98, también se interesó por su trabajo. Según dejó escrito Alberto, ambos tuvieron una discusión que revela sus cordiales desavenencias creativas, símbolo de la ruptura generacional: “Bueno, hombre, pues en la noche con la luna no hay colores”, dijo Unamuno, a lo que Sánchez respondió: “Se equivoca usted, don Miguel. Precisamente con la luna es cuando hay colores, solo que el hombre no ha dado con ellos todavía”. Otro integrante oficioso del colectivo fue el poeta Miguel Hernández, igualmente sensible a la belleza sobria de lo cotidiano. En una carta le dijo a Alberto: “Como tú, estoy lleno de la emoción y la vida inmensa de todas esas cosas de Dios: pájaro, cardo, piedra…, por mi trato diario con ellas de toda la vida”.

En esta página, TBT (Planta verde positivo), obra de Ballester Moreno de 2018.
En esta página, TBT (Planta verde positivo), obra de Ballester Moreno de 2018.

Cuando en 2017 Ballester Moreno presentó su exposición en La Casa Encendida, su galerista, Pedro Maisterra, de Maisterravalbuena, no dudó en reunirse con Íñigo Navarro, que comercializa la obra de Benjamín Palencia en la galería Leandro Navarro. “Cada una de nuestras galerías es un compartimento estanco. Yo hago arte contemporáneo e Íñigo arte moderno. Así que no deberíamos comunicarnos”, dice —con ironía— el primero. “Pero lo cierto es que el arte se retroalimenta, y ese es el quid de nuestra colaboración”. Casi en paralelo al inicio de la Bienal de São Paulo, las dos galerías presentarán la exposición bicéfala El tomillo y la hierba en el techo de mi habitación, con obras de Ballester Moreno y Palencia. No con cada pintor por separado, sino con ambos en los dos espacios. Y en el caso del pintor actual, con sus cuadros colgados boca abajo. Un guiño a una actividad enraizada en el imaginario surrealista de Alberto y Palencia, a quienes les gustaba mirar el paisaje con la cabeza entre las piernas para poder contemplar algo nunca visto antes. “El coleccionista que vaya enriqueciendo sus adquisiciones a base de ir contextualizando artistas contemporáneos con sus fuentes acabará conformando una colección muy culta, que dará pie a muchas relecturas”, subraya Navarro. “Muchos comprarán obra tanto de Ballester como de Palencia”.