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El fin de los 40 años de Rudolf Hess en la cárcel de Spandau

Tal día como hoy de 1987, el que fuera lugarteniente de Hitler moría a los 93 años en una prisión donde casi medio centenar de soldados y oficiales controlaban sus movimientos. Así lo contó EL PAÍS

Rudolf Hess pasea entre el gentío, en Hermannplatz, Berlín.
Rudolf Hess pasea entre el gentío, en Hermannplatz, Berlín. GETTY IMAGES

Tal día como hoy, hace 31 años, el último reo de la cárcel de Spandau (Alemania) moría en solitario. Se trataba de Rudolf Hess, el considerado último representante de la cúpula del nacionalsocialismo alemán. Tras más de cuatro décadas de reclusión, Hess cerraba las puertas de una prisión que sirvió, tras la II Guerra Mundial, para recluir a otros seis condenados más sentenciados en los Juicios de Núremberg. Esta crónica, publicada en EL PAÍS el 18 de agosto de 1987, narra las últimas horas del militar y político alemán, figura clave de la época de la Alemania nazi:

Rudolf Hess, lugarteniente y hombre de confianza de Adolf Hitler, murió ayer a los 93 años en la cárcel de Spandau, en Berlín, tras más de 40 años de cautiverio, 20 de ellos como único recluso de esta prisión militar de las cuatro potencias vencedoras de la II Guerra Mundial. Con Hess muere el último representante de la cúpula del nacionalsocialismo alemán, cuyo cautiverio se había convertido en los últimos años para unos en el símbolo de la expiación de los crímenes nazis contra la humanidad, y para otros, en la prueba de la propia actitud inhumana de los vencedores hacia un anciano.

Desde que Alfred Speer abandonó la cárcel en 1966, los 42 soldados y oficiales sólo controlaban los cada vez más escasos movimientos de Hess, en los últimos años prácticamente ciego

La muerte del solitario de Spandau acaeció a media tarde, según anunció su hijo Wolf Rüdiger Hess y confirmaron en Berlín Oeste las autoridades militares de las fuerzas aliadas occidentales. Minutos antes de hacerse pública la noticia, el cuerpo del anciano prisionero había sido trasladado a un hospital de la ciudad. El traslado, realizado sin escolta ni preparativos previos, así como el hecho de que los jefes de las comandancias aliadas se habían reunido urgentemente, hacían prever un desenlace inmediato. El gobierno militar británico en Berlín informó más tarde que Hess había muerto ya antes de ser sacado de la prisión. Tras casi la mitad de su larga vida en prisión, murió así, sin recobrar la libertad que hasta hace pocos meses había solicitado, el hombre que después de ser lugarteniente de Hitler en vida de éste tuvo que suplantarlo también en el castigo de por vida que le fue impuesto por el tribunal militar de Nüremberg.

Desde el 10 de mayo de 1941, el día en que se lanzó en paracaídas sobre la campiña británica tras un vuelo en solitario para una misión supuestamente pacificadora, absurda o incomprendida, Rudolf Hess no volvió a ser un hombre libre. En Nüremberg, la Unión Soviética pidió para él la pena de muerte, pero los otros tres aliados vencedores —Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña— impusieron la cadena perpetua dada su iniciativa de volar a Gran Bretaña, que nadie supo dilucidar si fue provocada por la buena fe o por un desequilibrio mental.

Las autoridades de la República Federal de Alemania (RFA) no han cesado en los últimos años de pedir la liberación de Hess como signo de magnanimidad por parte de las potencias vencedoras. En 1985, el presidente de la RFA, Richard von Weizsäcker, pidió en su mensaje navideño la libertad para Nelson Mandela y Andrei Sajarov, y también para este anciano que ya salía muy poco a pasear por el patio de esa prisión, construida en el siglo pasado para 600 presos y que desde ayer queda vacía.

El canciller Helmut Kohl escribió una carta el pasado año a los dirigentes de las cuatro potencias vencedoras de la guerra, que desde entonces se turnaban en la vigilancia de esta antigua fortaleza destinada a los siete principales criminales de guerra no ejecutados tras los juicios de Nüremberg. Desde que Alfred Speer abandonó la cárcel en 1966, los 42 soldados y oficiales sólo controlaban los cada vez más escasos movimientos de Hess, en los últimos años prácticamente ciego. El defensor de Hess ante el tribunal militar aliado, Alfred Seidl, dedicado desde entonces a luchar por la libertad de su defendido no cejó, junto al hijo del dirigente nazi, en buscar resortes para lograr que pudiera morir en el seno de su familia.

La Unión Soviética, sin embargo, ha mantenido hasta el final su decisión de no liberar a Hess para mantener al que ha considerado como el símbolo viviente del nacionalsocialismo que devastó Rusia occidental y causó más de 20 millones de muertos a su pueblo. Al no haber podido capturar vivo a Hitler, Hess se convirtió para la URSS en el sujeto que durante el mayor tiempo posible mostrara la expiación de los crímenes nacionalsocialistas.

El temor a que la muerte en cautiverio de Hess pudiera crear un mito útil para la extrema derecha alemana ha sido utilizado como argumento por su defensor, su hijo y personalidades favorables a su liberación. Desde hace años, los grupos neonazis se manifestaban ante la cárcel de Spandau pidiendo su puesta en libertad y el lema de "Freiheit für Hess" (libertad para Hess) prolifera en las pintadas neonazis en las ciudades de la RFA. Aunque en un principio se dijo que el cuerpo de Hess sería incinerado y sus cenizas esparcidas en un lugar secreto, para no crear un escenario de culto para esta minoría neonazi, el gobierno militar británico en Berlín anunció ayer que el cadáver será entregado a la familia.

La prisión de Spandau, bajo la jurisdicción de las cuatro potencias vencedoras sólo mientras viviera su último prisionero, será demolida. "Con la muerte de Rudolf Hess la cárcel de Spandau ha cumplido su objetivo", aseguraba un comunicado del gobierno militar británico en Berlín.