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Sin miedo

Seguramente estamos viviendo la última oportunidad de recuperar nuestra memoria democrática

Juan Chicharro, presidente de la Fundación Francisco Franco, en el parque  de El Retiro de Madrid.
Juan Chicharro, presidente de la Fundación Francisco Franco, en el parque de El Retiro de Madrid. AFP PHOTO

Lo decía mi abuela: peor pensarlo que pasarlo. El miedo oscurece las sombras, agiganta los obstáculos, labra montañas en guijarros del tamaño de un garbanzo, pero cuando llega el momento de actuar, todo es más fácil de lo que parecía. En los últimos días, esa experiencia individual se ha convertido en un fenómeno colectivo. Los españoles estamos descubriendo que hemos tenido demasiado miedo, mucho miedo de más, un terror semejante a las pesadillas de nuestros cinco años. No es culpa nuestra. Lo hemos heredado, pero si ha florecido, es porque alguien lo sembró. Ese miedo es el responsable de nuestra baja autoestima, el complejo de inferioridad que hace que nos sintamos un caso aparte. Y no es cierto. Tras la II Guerra Mundial, hubo revueltas civiles, ajustes de cuentas, ejecuciones sumarias en todos los países de Europa occidental. Pero sus democracias elaboraron un relato que distinguía claramente a las víctimas de los verdugos, y esta no quiso hacerlo. Así, el miedo sobrevivió a la Transición y nuestra pasividad lo hizo más y más fuerte. Hasta que el Gobierno anunció la exhumación de Franco, la intención de eliminar su ducado, de retirar las medallas a sus torturadores. ¿Y qué pasó? Nada. No ha pasado nada porque el miedo era humo, tradición, una pesadilla que se ha disipado con la luz del día. Durante años nos han aterrorizado con las consecuencias, y ahora resulta que la única consecuencia es un señor que recorre los platós diciendo cosas que un fiscal podría calificar como delitos de odio. Y nada más. Seguramente estamos viviendo la última oportunidad de recuperar nuestra memoria democrática pero, paradójicamente, ninguna otra ha tenido tantas garantías de éxito. Ojalá esta sea nuestra última rareza.

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