Columna
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De populares a populistas

Su penetración transforma las coordenadas de la vida política antaño bipartidista

El húngaro Viktor Orbán interviene en el Parlamento Europeo.
El húngaro Viktor Orbán interviene en el Parlamento Europeo.ERIC VIDAL (REUTERS)

El populismo ya no es una idea, es una época. Su faro está en la Casa Blanca, desde donde irradia el ejemplo para el mundo, pero su despliegue se está produciendo en Europa. El símbolo de su triunfo es el nuevo Gobierno italiano, donde toma la forma de una gran coalición entre sus dos ramas, la antipolítica del Movimiento Cinco Estrellas y la xenófoba Liga, unidas en un mismo espíritu antieuropeísta gracias al primer gobierno populista en uno de los fundadores de la UE, la vieja Europa.

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El populismo está ya instalado. Lleva gobernando en Hungría desde principios de la década y en Polonia desde 2015, y gobierna solo o en coalición o lleva el peso de la oposición en numerosos países del norte y del centro de Europa. El laboratorio que siempre ha sido Italia ha actuado de acuerdo con la dimensión mitteleuropea, la región donde Trump y Putin mejor sintonizan con el resentimiento de una población crecientemente irritada con la idea de una Europa unida.

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Su penetración transforma las coordenadas de la vida política antaño bipartidista, organizada en torno a la división entre dos ideologías en crisis, que a muchos se les antoja como terminal, como la democracia cristiana y la socialdemocracia. En las próximas elecciones europeas, en vez de derecha e izquierda importará el sentido populista o europeísta del voto, la división entre cosmopolitas y nacionalistas, en favor o en contra Bruselas, y a favor o en contra de la solidaridad de las cuotas de inmigración y la mutualización de deuda entre los países del euro.

El populismo obtuvo una victoria preliminar con la captura de la agenda en torno al terrorismo, a la inmigración y a las políticas de austeridad. Su ascenso ha tenido una espectacular apoteosis en la victoria del Brexit y en la presidencia de Trump, factores ambos de desorden global y de desequilibrio europeo, que tensan el lazo transatlántico hasta el límite de la ruptura. En Francia quedó en puertas, gracias al efecto Macron, el único político europeo que ha sabido frenarlo utilizando en parte sus propias armas. Y en Alemania tuvo que contentarse con la alternativa de gobierno ante la gran coalición entre socialdemócratas y democristianos, disminuidos pero todavía supervivientes del naufragio.

Sin Francia y Alemania no hay Europa, pero Francia y Alemania solas no pueden construir Europa, en un mapa oscurecido por los tintes populistas y bajo el fuego cruzado de Trump y de Putin. Las paradojas de la historia europea alejan a Italia en el mismo momento en que, con Sánchez, esa España que tan ausente estuvo con Rajoy —aunque no desacorde— va a acercarse también al núcleo más europeísta. Pierde en ese envite el Partido Popular Europeo, trabajado desde el interior por el populismo desde que Aznar, el unificador de la derecha, le abrió las puertas a Berlusconi, hace ya 18 años, y sobre todo desde que el iliberal Viktor Orbán, consecuente con el principio aznarista de unidad de la derecha, consiguió el blindaje para evitar la expulsión que todavía le sigue protegiendo.

Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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