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Suiza como laboratorio

Dominan los debates y los referendos debido a los amplios derechos políticos del país

El presidente suizo, Alain Berset (izda), y su esposa, Muriel Zeender (dcha), en Cannes el pasado viernes.
El presidente suizo, Alain Berset (izda), y su esposa, Muriel Zeender (dcha), en Cannes el pasado viernes. EFE

Suiza está, una vez más, ante un espectacular referéndum. Una iniciativa que podría transformar radicalmente el sistema financiero del país, incluso liquidarlo, está dando titulares en la prensa internacional cinco semanas antes de que se abran las urnas. El Financial Times británico informa (con preocupación) del denominado referéndum monetario (Vollgeldinitiave), asunto del que en España trata EL PAÍS con cierto humor, y Die Presse,en Austria, con alarma.

Los suizos nos sentimos halagados por el interés, aunque en realidad estemos ya un tanto mal acostumbrados: en los últimos tiempos, las votaciones sobre la prohibición de los minaretes (aceptada), la renta universal de ciudadanía (rechazada) y el desmantelamiento de la radiodifusión pública (rechazada) han recibido amplia cobertura internacional.

Los comentaristas internacionales suelen expresar admiración por el radicalismo de numerosas iniciativas que en Suiza se discuten con la máxima seriedad. Esto es algo que cuesta relacionar con la república alpina y sus ciudadanos, tan cautelosos. Pero donde se considera que uno de sus “privilegios”, como escribe el Süddeutsche Zeitung, es el hecho de que “ideas heterodoxas, incluso extrañas, sean sometidas una y otra vez al test del voto popular”.

Al menos cuatro veces al año se llama a los suizos a las urnas

Aquí, las cosas se ven también de forma mucho más crítica. “Suiza se ha convertido en el laboratorio de querulantes, ingenuos y chiflados, que con sus ideas primitivas dominan los debates durante meses”, lamentaba recientemente el director de una publicación económica suiza.

Lo que convierte a Suiza en un laboratorio de este tipo son sus amplios derechos políticos, a los que también se denomina democracia directa. Y los referendos son uno de sus elementos centrales. Quien quiera inscribir una petición en la Constitución solo tiene que encontrar a 100.000 conciudadanos que la apoyen con su firma.

Es esto lo que hace tan popular el derecho político suizo. Desde que existe, es decir, desde 1891, se ha intentado en 457 ocasiones imponer una petición política a través de la iniciativa popular. Pero ni siquiera la mitad de ellas lograron llegar al menos a la votación en referéndum. Y solo una fracción de ellas ridículamente pequeña —22 en 127 años— fueron finalmente aceptadas por el pueblo. Pero esto ni siquiera desempeña un gran papel. Toda iniciativa que se emprende queda oficialmente registrada, es examinada y publicada. Este procedimiento ennoblece cualquier idea, por extravagante que sea, elevándola a la categoría de petición popular que merece un debate social serio. Ciertos proponentes se jactan incluso de haber elevado a la decisión popular una idea que se les ha ocurrido, literalmente, mientras estaban de cervezas.

Que la democracia directa en nuestro país haga posible algo así no solo ha llamado la atención de la prensa internacional. El movimiento internacional en favor de una renta universal de ciudadanía vio en Suiza un terreno ideal para una discusión ejemplar. Se recaudó dinero internacionalmente para apoyar la recogida de firmas y financiar la campaña del referéndum en Suiza. También en el caso de la iniciativa monetaria existe una red internacional de activistas que quieren reformar el sistema financiero no solo en Suiza, sino en el mundo entero.

Esto suscita la impresión de que uno podría comprar un referéndum en Suiza para desencadenar un debate multinacional sobre cuestiones de principio. Pero también se percibe un cierto desgaste: al menos cuatro veces al año se llama a los suizos a las urnas. La cantidad de referendos y elecciones abruma. Esto conduce a una selección natural de aquello sobre lo que, de hecho, se discute con toda profundidad y extensión.

Podríamos decir que más de un siglo de experiencia con las iniciativas populares nos ha creado callo. Como impulsores de este laboratorio, a los suizos les encanta debatir ideas, que unos consideran primitivas, otros, visionarias. Pero, a fin de cuentas, la decisión raramente cae del lado de la osadía de lo radicalmente nuevo. Suiza sigue siendo, ahora como siempre, no solo un laboratorio, sino también un bastión de la estabilidad.

Edgar Schuler es jefe de la sección de Opinión del Tages-Anzeiger de Zúrich.

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