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El arquitecto inventor

En la estela de los más sobresalientes proyectistas de la historia, Rem Koolhaas se convierte en inventor en uno de sus últimos proyectos: la Biblioteca Nacional de Qatar

Biblioteca Nacional de Catar, obra de Rem Koolhaas.
Biblioteca Nacional de Catar, obra de Rem Koolhaas.

Un people mover, un vehículo para trasladar a la gente metido en el interior de un edificio —en este caso oculto en el perímetro de la biblioteca—, un sistema de tratamiento del aire oculto en la contrahuella de los peldaños y labrado en la piedra de las paredes o una cadena para reubicar los libros inspirada en el tratamiento del equipaje que realizan los aeropuertos. Todo eso también es arquitectura. Rem Koolhaas, y su estudio OMA, lo han inventado y aplicado en uno de sus últimos retos: la Biblioteca Nacional de Qatar.

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Este edificio singular se adapta por fuera al lugar —el desierto con el polvo y la arena que difícilmente conviven con los muros cortina— y, por dentro, se ha convertido en el mayor espacio público de la ciudad de Doha, la capital de Qatar. A ese logro como inmueble añade los pequeños-grandes detalles de la función. Sin embargo, esos inventos que se pueden antojar futuristas no son más que la asimilación de la lección que ofrecen algunas de las mejores aquitecturas del pasado. A saber.

En la casa Tugendhat, que Mies van der Rohe levantó en Brno (entonces Checoslovaquia) al tiempo que construía en Barcelona el Pabellón de la Exposición Internacional de 1929, el autor de la Casa Farnsworth no solo inventó el mecanismo para que el salón se convirtiera en terraza levantando una cristalera mecánicamente. Los inventos domésticos de Mies quedaron en el subterráneo: desde una cámara para guardar todas las pieles de la familia hasta una lavadora y una secadora de tamaño industrial en cuya cuba cupieran las alfombras de la vivienda.

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Visité la Terminal Cuatro del aeropuerto de Barajas durante su construcción. Y Carlos Lamela, uno de sus arquitectos, me contó que habían diseñado grúas especiales para limpiar las cristaleras. Siempre he creído que pensar en cómo se van a usar los edificios y anticiparse para facilitar ese uso retrata a los mejores arquitectos.

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Habitualmente se entiende por repensar la arquitectura ampliar o combinar tipologías —el aeropuerto-centro comercial o el estadio-anfiteatro serían dos ejemplos— o, lo que es casi lo mismo, multiplicar su rentabilidad. Y si bien es cierto que los restaurantes o las tiendas ayudan a la rentabilidad de los museos y que la existencia de comercios en los aeropuertos hace posible abaratar los vuelos, esas transformaciones arquitectónicas rara vez delatan a un buen arquitecto. Más bien suelen escapar de sus manos. Lo que sí deja ver a un maestro es la propia arquitectura. En l’Unite d’habitation de Marsella Charlotte Perriand y Le Corbusier diseñaron los muebles de los apartamentos y un singular invento: el banco-escalón abatible junto a la cristalera que separa terraza y salón que podía abrirse, para convertirse en asiento, o mantenerse cerrado para evitar que los niños salieran a la terraza.

Álvaro Siza también pertenece a la estirpe de los arquitectos-inventores. Pero él lo suele hacer sin tecnología. Los vestuarios de madera de sus piscinas en Leça de Palmeira, a las afueras de Oporto, apenas tocan el suelo. La idea es que el responsable de la limpieza pueda trabajar cómodamente y limpiar el suelo con un manguerazo. Los arquitectos inventores se ponen en la piel del usuario. Siza va más allá. No solo facilitó el trabajo de mantenimiento de esas piscinas. Además nos enseñó que pensar lo pequeño es fundamental para diseñar lo grande.

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