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Columna

La guerra de Trump

Surge de unas ideas simples y peligrosas sobre el funcionamiento del comercio mundial

Es una guerra. Se sabe cómo empieza, pero no cómo ni cuándo acaba. Como en todas las guerras. Difícil que arroje un balance nítido de vencedores y vencidos. Si ya no ocurre en las guerras convencionales, que terminan en victorias pírricas, más declarativas que reales, que suelen ser derrotas políticas para todos los contendientes, qué cabrá esperar de una guerra comercial entre las dos mayores potencias económicas del planeta, sino es un daño mayor para todos, incluidos los socios de unos y otros que sufrirán los efectos destructores de las medidas de represalia sin ni siquiera entrar directamente en las hostilidades.

No es una guerra de necesidad. Su origen no son las prácticas comerciales dudosas ni las numerosas artimañas proteccionistas que se le conocen a una economía libre tan controlada por el Gobierno como la china. Este tipo de problemas se resuelven por la vía multilateral, a través de la Organización Mundial de Comercio, ambas detestadas y erosionadas por Trump. La causa de la guerra está en la cabeza de quien la declara. En unas ideas simples y peligrosas sobre el libre comercio y la economía global propias de otros tiempos.

Todo presidente tiene su guerra. Trump ya la tiene. Es comercial y no es la peor de las que puede declarar. Y ni siquiera excluye que declare otra, esa caliente. Tiene los ingredientes: en su cabeza, las ideas, todas pésimas acerca de las relaciones internacionales y el comercio global; en sus peligrosos hábitos de gobierno instantáneo y compulsivo a través de las redes sociales; y en la Casa Blanca, donde apenas quedan ya consejeros adultos, salvo Jim Mattis, el jefe del Pentágono, y aun este peligra. Prietas las filas con halcones del comercio y de la guerra, el presidente loco tiene todas las cartas para hacer una trastada al universo entero.

Los escasos turiferarios que le quedan elogiarán su coherencia. Hace lo que promete, o al menos pone todo su empeño en demostrar que quiere hacerlo, como sucede ahora con el muro de México: mandará soldados allí donde no pueda poner bloques de cemento. Juró combatir el déficit comercial. Juró proteger los puestos de trabajo industriales. Juró oponerse a los tratados de libre comercio. Y lo está haciendo, sin importarle que los resultados perjudiquen finalmente a la economía estadounidense y a la economía global, a los puestos de trabajo estadounidenses también.

Trump cree que el comercio mundial es como el mercado inmobiliario de Nueva York o el mundo de los concursos televisivos y de las competiciones de belleza femenina, dividido entre vencedores y perdedores. Los primeros exportan y los segundos importan. No es propio de vencedores depender del acero producido por otros. Afecta a las armas, es la seguridad nacional. Nadie debe interferir en algo tan serio, y menos la OMC. Ideas del siglo XX, cuando la industria pesada era determinante para la capacidad armamentística de los países.

Es una guerra opcional, surgida de la cabeza presidencial. “Las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”, ha escrito en Twitter. Pekín le dará la respuesta. Ni será buena la guerra, ni es segura y fácil la victoria.

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