Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Travesía a la luz de la luna

Una serie de retratos nocturnos de migrantes y refugiados rescatados en el Mediterráneo durante el verano de 2017 ha recibido uno de los galardones del premio Pictures of the Year International. Estos son los protagonistas y sus historias

  •  'La travesía' es un proyecto fotográfico de Andrew McConnell de Panos Pictures basado en retratos nocturnos y testimonios de personas rescatadas en el Mediterráneo por el barco Prudence de Médicos Sin Fronteras durante julio de 2017.    "El proyecto consiste en una serie de retratos nocturnos realizados a bordo del Prudence", explica Andrew McConnell. Las imágenes fueron tomadas desde tres ubicaciones: la zona de búsqueda y rescate frente a la costa de Libia, en medio del mar Mediterráneo y en la costa de Sicilia. Las fotografías son de tono sombrío, elemento importante que habla de la experiencia de cualquiera que haya intentado cruzar el Mediterráneo. Cada retrato está acompañado de un testimonio que explica las razones por las que las personas han abandonado su hogar y arriesgado sus vidas en este viaje.   "El personaje principal de la serie es el mar Mediterráneo. Este se ve en cada toma, sus reflejos iluminados por la luna giran y bailan dentro del marco, a menudo fusionándose con la persona. Está siempre presente, como un centinela caprichoso, decidiendo quién pasará y quién no. En muchas de las imágenes, el individuo parece estar sumergido en el mar, de hecho no está claro si se hunden o no o si están saliendo del agua. El efecto se suma al misterio de la serie y el espectador debe preguntarse: ¿Estamos viendo fotos de fantasmas? Así, las imágenes son en última instancia un reconocimiento de las vidas que se han perdido en el Mediterráneo en los últimos años".
    1

    'La travesía' es un proyecto fotográfico de Andrew McConnell de Panos Pictures basado en retratos nocturnos y testimonios de personas rescatadas en el Mediterráneo por el barco Prudence de Médicos Sin Fronteras durante julio de 2017.

    "El proyecto consiste en una serie de retratos nocturnos realizados a bordo del Prudence", explica Andrew McConnell. Las imágenes fueron tomadas desde tres ubicaciones: la zona de búsqueda y rescate frente a la costa de Libia, en medio del mar Mediterráneo y en la costa de Sicilia. Las fotografías son de tono sombrío, elemento importante que habla de la experiencia de cualquiera que haya intentado cruzar el Mediterráneo. Cada retrato está acompañado de un testimonio que explica las razones por las que las personas han abandonado su hogar y arriesgado sus vidas en este viaje.

    "El personaje principal de la serie es el mar Mediterráneo. Este se ve en cada toma, sus reflejos iluminados por la luna giran y bailan dentro del marco, a menudo fusionándose con la persona. Está siempre presente, como un centinela caprichoso, decidiendo quién pasará y quién no. En muchas de las imágenes, el individuo parece estar sumergido en el mar, de hecho no está claro si se hunden o no o si están saliendo del agua. El efecto se suma al misterio de la serie y el espectador debe preguntarse: ¿Estamos viendo fotos de fantasmas? Así, las imágenes son en última instancia un reconocimiento de las vidas que se han perdido en el Mediterráneo en los últimos años".

  •  Mohamed, 31 años, de Sudán: "Tengo un problema con el régimen en Sudán: son unos mentirosos. En las elecciones presidenciales me abstuve de votar y les dije a mis amigos que no quería prestar mi voz. Fui arrestado, puesto en prisión y azotado. La policía me acusó de incitar a otros jóvenes a abstenerse de votar. Si me quito la camisa, verás marcas de azotes en mi espalda.   Durante mucho tiempo, mi familia no sabía dónde estaba. En prisión no me dieron suficiente comida ni bebida, solo un pequeño pedazo de pan y un sorbo de agua en todo el día. Estuve en prisión dos meses y un día un oficial de alto rango me vio. Escuchó mi historia y me llevaron a otra oficina donde me dijeron que me callara y no hablara de política, y luego me liberaron.   Decidí irme del país. Escuché que había trabajo en Libia y que si te mantienes fuera de problemas, estarás bien. Monté en un automóvil y viajé en la parte superior del vehículo durante cinco días a través del desierto. Me mudé de una ciudad a otra en busca de empleo y en cada lugar los residentes me dijeron que encontraría un trabajo en la siguiente. Dependía de la comida y de un sitio para dormir, sobre todo de la caridad de los sudaneses que conocía en el camino.   En Trípoli trabajaba en un café durante 16 horas diarias, pero tenía problemas para recibir la paga. La ciudad no era segura. Los robos a mano armada sucedieron todo el tiempo y se podían escuchar disparos en la calle todo el día. Uno de mis amigos fue secuestrado por un grupo. Pidieron 10.000 dólares para liberarlo. No teníamos tanto dinero, así que intentamos negociar con los secuestradores hasta que aceptaron liberarlo por 3.000. Lo dejaron en la calle casi muerto. Nos dijo que lo golpearon con ramas y con la parte posterior de una ametralladora en la cabeza y la espalda, y le quemaron con plástico derretido. Lo mataron de hambre, lo azotaron y lo dejaron tendido desnudo en el suelo. [Cuando fue liberado] ya no podía comer ni sentarse, era una persona totalmente diferente.   Temía que me pasara lo mismo. No sabía a dónde ir, no podía regresar a Sudán y no podía quedarme en Libia. Estaba preocupado por ser arrestado por los guardacostas o ahogarme en el mar, pero el riesgo de morir en Libia era el mismo, así que decidí intentar cruzar hacia Europa. A un amigo y a mí nos llevaron a la orilla donde estaba amarrado un bote. Había mucha gente en la playa: hombres, mujeres, familias completas y menores. Tenía miedo, pero cuando vi a todas estas personas me sentí más tranquilo. Nos metimos en el agua para llegar al bote de madera. Salimos a medianoche, la gente gritaba que el agua entraba en el barco, en ese momento tuve la seguridad de que íbamos a morir.   Esto continuó durante siete u ocho horas. El conductor del bote nos dejó en el medio del mar y regresó a Libia. No podía ver nada más que la muerte. Cuando vimos el barco de rescate de MSF por la mañana, me sentí aliviado y tuve esperanzas de nuevo. Hasta que llegué a esta nave, nunca me había sentido como un ser humano. Nos tratan como seres humanos. Siento que hay un hermoso mundo de amor y bondad delante de mí".
    2

    Mohamed, 31 años, de Sudán: "Tengo un problema con el régimen en Sudán: son unos mentirosos. En las elecciones presidenciales me abstuve de votar y les dije a mis amigos que no quería prestar mi voz. Fui arrestado, puesto en prisión y azotado. La policía me acusó de incitar a otros jóvenes a abstenerse de votar. Si me quito la camisa, verás marcas de azotes en mi espalda.

    Durante mucho tiempo, mi familia no sabía dónde estaba. En prisión no me dieron suficiente comida ni bebida, solo un pequeño pedazo de pan y un sorbo de agua en todo el día. Estuve en prisión dos meses y un día un oficial de alto rango me vio. Escuchó mi historia y me llevaron a otra oficina donde me dijeron que me callara y no hablara de política, y luego me liberaron.

    Decidí irme del país. Escuché que había trabajo en Libia y que si te mantienes fuera de problemas, estarás bien. Monté en un automóvil y viajé en la parte superior del vehículo durante cinco días a través del desierto. Me mudé de una ciudad a otra en busca de empleo y en cada lugar los residentes me dijeron que encontraría un trabajo en la siguiente. Dependía de la comida y de un sitio para dormir, sobre todo de la caridad de los sudaneses que conocía en el camino.

    En Trípoli trabajaba en un café durante 16 horas diarias, pero tenía problemas para recibir la paga. La ciudad no era segura. Los robos a mano armada sucedieron todo el tiempo y se podían escuchar disparos en la calle todo el día. Uno de mis amigos fue secuestrado por un grupo. Pidieron 10.000 dólares para liberarlo. No teníamos tanto dinero, así que intentamos negociar con los secuestradores hasta que aceptaron liberarlo por 3.000. Lo dejaron en la calle casi muerto. Nos dijo que lo golpearon con ramas y con la parte posterior de una ametralladora en la cabeza y la espalda, y le quemaron con plástico derretido. Lo mataron de hambre, lo azotaron y lo dejaron tendido desnudo en el suelo. [Cuando fue liberado] ya no podía comer ni sentarse, era una persona totalmente diferente.

    Temía que me pasara lo mismo. No sabía a dónde ir, no podía regresar a Sudán y no podía quedarme en Libia. Estaba preocupado por ser arrestado por los guardacostas o ahogarme en el mar, pero el riesgo de morir en Libia era el mismo, así que decidí intentar cruzar hacia Europa. A un amigo y a mí nos llevaron a la orilla donde estaba amarrado un bote. Había mucha gente en la playa: hombres, mujeres, familias completas y menores. Tenía miedo, pero cuando vi a todas estas personas me sentí más tranquilo. Nos metimos en el agua para llegar al bote de madera. Salimos a medianoche, la gente gritaba que el agua entraba en el barco, en ese momento tuve la seguridad de que íbamos a morir.

    Esto continuó durante siete u ocho horas. El conductor del bote nos dejó en el medio del mar y regresó a Libia. No podía ver nada más que la muerte. Cuando vimos el barco de rescate de MSF por la mañana, me sentí aliviado y tuve esperanzas de nuevo. Hasta que llegué a esta nave, nunca me había sentido como un ser humano. Nos tratan como seres humanos. Siento que hay un hermoso mundo de amor y bondad delante de mí".

  •  Wesam, 21 años, de Dara’a (Siria): "En los primeros días de la revolución, mi padre fue encarcelado. Nuestra familia no tenía lazos con la oposición o el Ejército. Se hicieron declaraciones falsas sobre mi padre. Luego fue arrestado por segunda vez y encarcelado 10 días. En prisión fue golpeado y torturado con descargas eléctricas. La tercera vez que fue arrestado no fue liberado. Esto fue hace seis años. No sabemos nada de él desde entonces. Ni siquiera sabemos si está vivo o muerto.   Tenía 15 años cuando mi padre fue encarcelado por primera vez. En ese momento, todos los días había bombardeos y enfrentamientos en Siria. Una noche, mientras mi madre y mis hermanos menores dormían, un misil golpeó el techo. Las casas alrededor se quedaron destruidas, mi tío fue herido en el pie y murió poco después debido a complicaciones.   Me fui de Siria cuando tenía 15 años para apoyar a mis hermanos y a mi madre. Fui hacia Libia porque mi tío estaba allí. Primero viajé por tierra a Jordania y luego a Egipto. Entré legalmente a Libia, en autobús, con mi pasaporte sirio, y me dirigí a Trípoli, donde mi tío tenía una pizzería. En aquel momento hubo una revolución en Libia. En Trípoli fui testigo de robos y me atracaron mientras trabajaba en el restaurante. Estas pandillas atacaban el restaurante de forma habitual. Irrumpieron con armas, nos golpearon y nos robaron el dinero.   Mi tío y algunas personas del restaurante fueron secuestradas. Las bandas secuestraban a cualquiera que no les diera dinero. Mi tío fue golpeado con armas, látigos y fue torturado con electricidad. Pagamos un rescate de alrededor de 9.000 dinares libios [aproximadamente 1.000 euros]. No salía mucho en Libia porque no confiaba en la gente. No salía de noche porque ladrones y asesinos vagaban por las calles. Teníamos que hacer todos nuestros recados durante el día; ni siquiera podíamos ir al supermercado o a por medicamentos a la farmacia por la noche.   Pasé los últimos años en casa durante las noches. Cerraba el restaurante temprano y me iba a casa, luego iba a trabajar a la mañana siguiente, y luego me iba a casa otra vez, y así sucesivamente. Muchos sirios fueron secuestrados o atracados. Mi primo Ahmed vino a Libia en 2015 para ayudar a mantener a su familia. Tras venir aquí, decidimos irnos a Europa. Había aguantado estas condiciones durante años, ya no quería vivir en este país. O moría en el mar o viviría en un país diferente. Morir en el mar era mejor que vivir aquí. Tenía miedo, pero debía irme de Libia.   Dimos dinero a algunos conocidos sirios, que a su vez hablaron con las personas involucradas [en el contrabando] y organizaron el viaje. Un día recibí una llamada que nos decía que el clima era adecuado, así que nos dirigimos al mar. Eran las 1 o 2 de la madrugada y había mucha gente en la orilla esperando para subir al bote. Tuvimos que vadear el agua hasta la cintura para llegar al bote de madera. Había comprado un chaleco salvavidas con mi propio dinero. Me sentí mareado, enfermo y muy asustado.   Estaba oscuro, así que no pude ver el bote correctamente. No fue hasta el amanecer cuando vi lo pequeño que era y lo abarrotado de gente que estaba. Vomité durante todo el viaje. Estaba tan feliz cuando vi el barco de rescate. Gracias a Dios que llegamos a salvo. En Europa, tengo la intención de aprender el idioma, estudiar y trabajar para mantener a mi familia, esto es lo más importante, y luego construir un futuro para mí mismo. Me gustaría poder calmarme, aclarar mi mente y sentirme a salvo y seguro".
    3

    Wesam, 21 años, de Dara’a (Siria): "En los primeros días de la revolución, mi padre fue encarcelado. Nuestra familia no tenía lazos con la oposición o el Ejército. Se hicieron declaraciones falsas sobre mi padre. Luego fue arrestado por segunda vez y encarcelado 10 días. En prisión fue golpeado y torturado con descargas eléctricas. La tercera vez que fue arrestado no fue liberado. Esto fue hace seis años. No sabemos nada de él desde entonces. Ni siquiera sabemos si está vivo o muerto.

    Tenía 15 años cuando mi padre fue encarcelado por primera vez. En ese momento, todos los días había bombardeos y enfrentamientos en Siria. Una noche, mientras mi madre y mis hermanos menores dormían, un misil golpeó el techo. Las casas alrededor se quedaron destruidas, mi tío fue herido en el pie y murió poco después debido a complicaciones.

    Me fui de Siria cuando tenía 15 años para apoyar a mis hermanos y a mi madre. Fui hacia Libia porque mi tío estaba allí. Primero viajé por tierra a Jordania y luego a Egipto. Entré legalmente a Libia, en autobús, con mi pasaporte sirio, y me dirigí a Trípoli, donde mi tío tenía una pizzería. En aquel momento hubo una revolución en Libia. En Trípoli fui testigo de robos y me atracaron mientras trabajaba en el restaurante. Estas pandillas atacaban el restaurante de forma habitual. Irrumpieron con armas, nos golpearon y nos robaron el dinero.

    Mi tío y algunas personas del restaurante fueron secuestradas. Las bandas secuestraban a cualquiera que no les diera dinero. Mi tío fue golpeado con armas, látigos y fue torturado con electricidad. Pagamos un rescate de alrededor de 9.000 dinares libios [aproximadamente 1.000 euros]. No salía mucho en Libia porque no confiaba en la gente. No salía de noche porque ladrones y asesinos vagaban por las calles. Teníamos que hacer todos nuestros recados durante el día; ni siquiera podíamos ir al supermercado o a por medicamentos a la farmacia por la noche.

    Pasé los últimos años en casa durante las noches. Cerraba el restaurante temprano y me iba a casa, luego iba a trabajar a la mañana siguiente, y luego me iba a casa otra vez, y así sucesivamente. Muchos sirios fueron secuestrados o atracados. Mi primo Ahmed vino a Libia en 2015 para ayudar a mantener a su familia. Tras venir aquí, decidimos irnos a Europa. Había aguantado estas condiciones durante años, ya no quería vivir en este país. O moría en el mar o viviría en un país diferente. Morir en el mar era mejor que vivir aquí. Tenía miedo, pero debía irme de Libia.

    Dimos dinero a algunos conocidos sirios, que a su vez hablaron con las personas involucradas [en el contrabando] y organizaron el viaje. Un día recibí una llamada que nos decía que el clima era adecuado, así que nos dirigimos al mar. Eran las 1 o 2 de la madrugada y había mucha gente en la orilla esperando para subir al bote. Tuvimos que vadear el agua hasta la cintura para llegar al bote de madera. Había comprado un chaleco salvavidas con mi propio dinero. Me sentí mareado, enfermo y muy asustado.

    Estaba oscuro, así que no pude ver el bote correctamente. No fue hasta el amanecer cuando vi lo pequeño que era y lo abarrotado de gente que estaba. Vomité durante todo el viaje. Estaba tan feliz cuando vi el barco de rescate. Gracias a Dios que llegamos a salvo. En Europa, tengo la intención de aprender el idioma, estudiar y trabajar para mantener a mi familia, esto es lo más importante, y luego construir un futuro para mí mismo. Me gustaría poder calmarme, aclarar mi mente y sentirme a salvo y seguro".

  •  Bright Okeke, 17 años, de Nigeria : "El viaje de Nigeria a Libia no es fácil. Pasamos muchos desiertos y tuvimos muchos problemas. No teníamos suficiente para comer o beber.   En Libia todo era horrible. Me dije: 'Iré a buscar trabajo para pagar un bote y asegurar mi futuro'. Encontré trabajo de limpiadora, me pagaban bien y me quedé durante un año y tres meses. Vivía en Trípoli, donde estaban disparando a negros. Libia no es un buen país. Una vez vi dos cadáveres en el agua, alguien los cogió y los enterró.   Yo estaba trabajando con personas blancas, así que estaba a salvo, me protegían. Pasé tres semanas en Sabratah esperando el bote. Había cientos de personas esperando, no se podía dormir y los insectos nos estaban mordiendo. Ni siquiera había agua para darse un baño.   Cuando traté de entrar en el bote, casi me hundí en el agua porque soy muy baja, pero uno de mis amigos me ayudó. La gente vomitaba pero yo no, soy una persona fuerte. Cuando el bote se movía, rezaba mucho, 'Por favor, que no me pase nada aquí'. Muchas personas murieron en el viaje, no solo en el mar sino también en el desierto. Lloré muchas veces, pero Dios me salvó y no me pasó nada".
    4

    Bright Okeke, 17 años, de Nigeria : "El viaje de Nigeria a Libia no es fácil. Pasamos muchos desiertos y tuvimos muchos problemas. No teníamos suficiente para comer o beber.

    En Libia todo era horrible. Me dije: 'Iré a buscar trabajo para pagar un bote y asegurar mi futuro'. Encontré trabajo de limpiadora, me pagaban bien y me quedé durante un año y tres meses. Vivía en Trípoli, donde estaban disparando a negros. Libia no es un buen país. Una vez vi dos cadáveres en el agua, alguien los cogió y los enterró.

    Yo estaba trabajando con personas blancas, así que estaba a salvo, me protegían. Pasé tres semanas en Sabratah esperando el bote. Había cientos de personas esperando, no se podía dormir y los insectos nos estaban mordiendo. Ni siquiera había agua para darse un baño.

    Cuando traté de entrar en el bote, casi me hundí en el agua porque soy muy baja, pero uno de mis amigos me ayudó. La gente vomitaba pero yo no, soy una persona fuerte. Cuando el bote se movía, rezaba mucho, 'Por favor, que no me pase nada aquí'. Muchas personas murieron en el viaje, no solo en el mar sino también en el desierto. Lloré muchas veces, pero Dios me salvó y no me pasó nada".

  •  Mohammed Fayruz, 23 años, de Bangladés: "Cuando tenía nueve o 10 años, mi familia pasó por momentos difíciles, así que tuve que empezar a trabajar. Trabajé en una tienda de bicicletas, luego en una fábrica de algodón y ganaba alrededor de 20 centavos de dólar por semana. Algunas veces comíamos una vez en tres días y recogíamos comida tirada. La gente no nos aceptaba diciendo que somos pakistaníes, no bangladesíes. Nuestros abuelos eran de Pakistán y solo hablamos urdu en nuestra familia, la mayoría no sabe cómo hablar bangla. Después de la guerra en 1971, Bangladés se independizó [de Pakistán] y las personas que no pudieron ir a Pakistán fueron enviadas a los campos.   Los campos en Bangladés están hechos de cobertizos, más de 8.000 personas viven allí, las condiciones son muy malas, a veces no hay electricidad. No hay apoyo del Gobierno, hacen promesas, pero no pasa nada. No pudimos obtener la ciudadanía, así que pagué a un hombre para que me consiguiera un pasaporte de Bangladés. Es muy barato obtener un visado para Libia, fueron 2.000 euros por todo. Ir a otro país costaría 4.000 euros. Pensé en ir para tratar de salvar a mi familia.   Llegué a Libia en 2012. Cuando bajé del avión, había un libio esperando que nos quitó todos nuestros pasaportes y nos llevó a una casa. Cuatro días después, ya estaba trabajando limpiando alfombras y después de 18 días obtuve 50 dinares [aproximadamente 31 euros]. Me mudé a Bengasi y trabajé durante cuatro años y medio en un yacimiento petrolífero como conductor. Mi contrato terminó así que comencé a hacer trabajos ocasionales, pero generalmente no me pagaban, siempre decían que me pagarían al día siguiente o la siguiente semana. A veces me golpeaban cuando preguntaba por el pago, así que decidí viajar a Europa.   Pagué 3.000 dinares [aproximadamente 340 euros] a un hombre y después nos mantuvo en una casa durante cinco días. Una noche me llevaron con otros a una playa donde fuimos conducidos hacia un gran bote de madera. Cuando llegó la luz del día, vi la situación y recé a Dios para que me salvara. Estaba aterrorizado, no sé nadar, así que miré al suelo y no levanté la vista. Ahora siento que he vuelto a nacer".
    5

    Mohammed Fayruz, 23 años, de Bangladés: "Cuando tenía nueve o 10 años, mi familia pasó por momentos difíciles, así que tuve que empezar a trabajar. Trabajé en una tienda de bicicletas, luego en una fábrica de algodón y ganaba alrededor de 20 centavos de dólar por semana. Algunas veces comíamos una vez en tres días y recogíamos comida tirada. La gente no nos aceptaba diciendo que somos pakistaníes, no bangladesíes. Nuestros abuelos eran de Pakistán y solo hablamos urdu en nuestra familia, la mayoría no sabe cómo hablar bangla. Después de la guerra en 1971, Bangladés se independizó [de Pakistán] y las personas que no pudieron ir a Pakistán fueron enviadas a los campos.

    Los campos en Bangladés están hechos de cobertizos, más de 8.000 personas viven allí, las condiciones son muy malas, a veces no hay electricidad. No hay apoyo del Gobierno, hacen promesas, pero no pasa nada. No pudimos obtener la ciudadanía, así que pagué a un hombre para que me consiguiera un pasaporte de Bangladés. Es muy barato obtener un visado para Libia, fueron 2.000 euros por todo. Ir a otro país costaría 4.000 euros. Pensé en ir para tratar de salvar a mi familia.

    Llegué a Libia en 2012. Cuando bajé del avión, había un libio esperando que nos quitó todos nuestros pasaportes y nos llevó a una casa. Cuatro días después, ya estaba trabajando limpiando alfombras y después de 18 días obtuve 50 dinares [aproximadamente 31 euros]. Me mudé a Bengasi y trabajé durante cuatro años y medio en un yacimiento petrolífero como conductor. Mi contrato terminó así que comencé a hacer trabajos ocasionales, pero generalmente no me pagaban, siempre decían que me pagarían al día siguiente o la siguiente semana. A veces me golpeaban cuando preguntaba por el pago, así que decidí viajar a Europa.

    Pagué 3.000 dinares [aproximadamente 340 euros] a un hombre y después nos mantuvo en una casa durante cinco días. Una noche me llevaron con otros a una playa donde fuimos conducidos hacia un gran bote de madera. Cuando llegó la luz del día, vi la situación y recé a Dios para que me salvara. Estaba aterrorizado, no sé nadar, así que miré al suelo y no levanté la vista. Ahora siento que he vuelto a nacer".

  •  Kamal Hussein, 24 años, de Bangladés: "En Bangladés, trabajaba en una frutería y ganaba entre 50 y 60 euros por mes. Mi padre estaba enfermo, por lo que yo era el que cuidaba de la familia. Solo quería ayudar a mi familia. Libia era el único lugar donde podía obtener un visado e irme rápido. Conocí a un chico de mi pueblo que podía organizar viajes, firmé un contrato que decía que tenía que pagar 2.500 euros cuando llegara al destino.   Tan pronto como bajé del avión, había un hombre libio esperándonos. Él dijo: 'Enséñame tu pasaporte' y salimos del aeropuerto. Me sorprendió porque sabía que debería haber pasado por inmigración, pero no había ningún lugar para ello. Nos llevaron a una casa y ya había 20 bangladesíes allí. Luego nos preguntaron si teníamos dinero, dije: 'Sí, los 2.500 que se acordaron', pero dijeron que el precio era de 4.000 euros. Cuando les dije que tenía un contrato que indicaba 2.500, me llevaron a otra habitación y me golpearon con un tubo de metal. Después de eso acepté pagar los 4.000 euros, así que mi tío y mi padre me enviaron dinero.   Mi tío vivía en Libia y comencé a trabajar con él como pintor. Siempre tuvimos problemas para recibir pagos y cuando íbamos a comprar algo, a menudo nos robaban. Los jóvenes que llevan armas te detenían y se llevaban todo. Perdí mi trabajo después de un año y me mudé a Trípoli. Tenía algunos amigos allí y conseguí trabajo, pero siempre nos robaban y teníamos miedo cuando salíamos de casa. Solo llevábamos encima lo justo, porque podían robarte entre siete u ocho veces a la semana. Otros libios veían [el robo], pero nunca hacían nada para ayudar. Me hizo sentir impotente.   Un día en un descanso fui a la tienda, había un policía que me pidió mi pasaporte. Lo rompió frente a mí y luego me volvió a pedir mi pasaporte. Dije: '¡Lo rompiste!'. Me metieron en una camioneta y terminé en una habitación oscura con otros tres hombres de Bangladés. Nos dijeron que debíamos pagar 2.000 dólares para salir. Nos dieron un teléfono y nos dijeron que llamáramos a quien sea. Dijimos que 2.000 dólares era imposible, nunca tendríamos esta cantidad. Dijeron 'Vale, 1.000', pero contestamos que aun así era imposible: al final nos retuvieron 13 días y aceptaron 2.000 dinares [aproximadamente 227 euros].   Mi familia estaba estresada y me dijo que volviera a Bangladés o me mudara a otro país. Vi a muchos de mis amigos yendo a Europa, así que decidí seguirlos. Pagué [a un traficante]. Me llevaron a Sabratah y a la 1 de la madrugada nos llevaron a la playa y nos subimos a un bote de goma. El barco se movía mucho. Tenía tanto miedo que no quería mirar hacia arriba, seguí mirando hacia abajo, otros vomitaban continuamente. A las nueve de la mañana vimos algo pequeño en el horizonte y, después de una hora, vimos el barco. Algunas personas comenzaron a bailar, algunos arrojaron sus camisas, otros alabaron a Dios. En mi vida he tenido una experiencia así, con la pobreza en Bangladés, y en Libia con inseguridad y riesgo. En mis sueños en Europa estaré a salvo y tengo esperanza".
    6

    Kamal Hussein, 24 años, de Bangladés: "En Bangladés, trabajaba en una frutería y ganaba entre 50 y 60 euros por mes. Mi padre estaba enfermo, por lo que yo era el que cuidaba de la familia. Solo quería ayudar a mi familia. Libia era el único lugar donde podía obtener un visado e irme rápido. Conocí a un chico de mi pueblo que podía organizar viajes, firmé un contrato que decía que tenía que pagar 2.500 euros cuando llegara al destino.

    Tan pronto como bajé del avión, había un hombre libio esperándonos. Él dijo: 'Enséñame tu pasaporte' y salimos del aeropuerto. Me sorprendió porque sabía que debería haber pasado por inmigración, pero no había ningún lugar para ello. Nos llevaron a una casa y ya había 20 bangladesíes allí. Luego nos preguntaron si teníamos dinero, dije: 'Sí, los 2.500 que se acordaron', pero dijeron que el precio era de 4.000 euros. Cuando les dije que tenía un contrato que indicaba 2.500, me llevaron a otra habitación y me golpearon con un tubo de metal. Después de eso acepté pagar los 4.000 euros, así que mi tío y mi padre me enviaron dinero.

    Mi tío vivía en Libia y comencé a trabajar con él como pintor. Siempre tuvimos problemas para recibir pagos y cuando íbamos a comprar algo, a menudo nos robaban. Los jóvenes que llevan armas te detenían y se llevaban todo. Perdí mi trabajo después de un año y me mudé a Trípoli. Tenía algunos amigos allí y conseguí trabajo, pero siempre nos robaban y teníamos miedo cuando salíamos de casa. Solo llevábamos encima lo justo, porque podían robarte entre siete u ocho veces a la semana. Otros libios veían [el robo], pero nunca hacían nada para ayudar. Me hizo sentir impotente.

    Un día en un descanso fui a la tienda, había un policía que me pidió mi pasaporte. Lo rompió frente a mí y luego me volvió a pedir mi pasaporte. Dije: '¡Lo rompiste!'. Me metieron en una camioneta y terminé en una habitación oscura con otros tres hombres de Bangladés. Nos dijeron que debíamos pagar 2.000 dólares para salir. Nos dieron un teléfono y nos dijeron que llamáramos a quien sea. Dijimos que 2.000 dólares era imposible, nunca tendríamos esta cantidad. Dijeron 'Vale, 1.000', pero contestamos que aun así era imposible: al final nos retuvieron 13 días y aceptaron 2.000 dinares [aproximadamente 227 euros].

    Mi familia estaba estresada y me dijo que volviera a Bangladés o me mudara a otro país. Vi a muchos de mis amigos yendo a Europa, así que decidí seguirlos. Pagué [a un traficante]. Me llevaron a Sabratah y a la 1 de la madrugada nos llevaron a la playa y nos subimos a un bote de goma. El barco se movía mucho. Tenía tanto miedo que no quería mirar hacia arriba, seguí mirando hacia abajo, otros vomitaban continuamente. A las nueve de la mañana vimos algo pequeño en el horizonte y, después de una hora, vimos el barco. Algunas personas comenzaron a bailar, algunos arrojaron sus camisas, otros alabaron a Dios. En mi vida he tenido una experiencia así, con la pobreza en Bangladés, y en Libia con inseguridad y riesgo. En mis sueños en Europa estaré a salvo y tengo esperanza".

  •  Ibtihag, de Marruecos: "La vida en Marruecos no es fácil, los únicos trabajos son los del sector agrícola estacional. Además, los alquileres de las casas son altos. Vivía con mi familia, mi padre estaba ciego y mis hermanos estaban desempleados. Me fui y me mudé a Casablanca, donde trabajé como criada para mantener a mi familia. También me casé, pero mi esposo me dejó en mi quinto mes de embarazo. Era un mentiroso. Me engañó después de que me hiciera cargo de todos los gastos que conllevaba comenzar una vida juntos.   Trabajé como limpiadora en muchas casas diferentes, pero no era un trabajo seguro. El trabajo era tan duro, estaba muy cansada y a veces lloraba. No me fue bien, ganaba 200 dirhams [18 euros], lo cual era apenas suficiente para comida, alquiler y transporte para mí y mi hija, sin mencionar los costos de la educación.   Escuché que algunas personas cruzaban hacia Italia por el bien de sus hijos, así que decidí ir. Dejé a mi hija, que tiene cuatro años, con mi madre. Nuestro adiós fue muy duro. Los dos lloramos mucho y le pedí a mi madre que cuidara a mi hija si yo moría. Ese día esperé a que mi hija se durmiera y me fui.   Una de mis amigas y yo nos contactamos con alguien que podría facilitarnos el viaje. Tomamos un avión a Túnez y de ahí viajamos a Libia, donde nos hicieron quedar en una casa durante dos meses esperando el momento adecuado para viajar. Nos advirtieron de que era demasiado peligroso salir a la calle. Dijeron que si salíamos podíamos ser golpeadas o violadas. Así que me quedé adentro y esperé.   Pagué 3.000 dirhams [270 euros]. Antes de irme de Marruecos, había vendido mi lavadora y mi ropa, y también había pedido prestado dinero. Un día me dijeron que tenía una hora para prepararme porque era el momento de irme. Fuimos a la orilla y nos encontramos con mucha gente, incluidos niños pequeños. Cuando me subí al bote, estaba muy asustada. Sentí que iba a morir y dejar a mi hija sola. Le pedí a Dios que me salvara. Estaba tan delirante y enferma que no sabía quién conducía el bote o cuánto tiempo estuvimos allí.   Cuando llegue a Italia, quiero encontrar un trabajo, cualquier trabajo, incluso si es como criada. Creo que la paga será mejor y que me tratarán bien para que pueda mantener a mi hija. Quiero darle a mi hija una buena educación, yo no tengo educación y no quiero lo mismo para ella. Estoy perdida en esta vida y no quiero que ella también se pierda".
    7

    Ibtihag, de Marruecos: "La vida en Marruecos no es fácil, los únicos trabajos son los del sector agrícola estacional. Además, los alquileres de las casas son altos. Vivía con mi familia, mi padre estaba ciego y mis hermanos estaban desempleados. Me fui y me mudé a Casablanca, donde trabajé como criada para mantener a mi familia. También me casé, pero mi esposo me dejó en mi quinto mes de embarazo. Era un mentiroso. Me engañó después de que me hiciera cargo de todos los gastos que conllevaba comenzar una vida juntos.

    Trabajé como limpiadora en muchas casas diferentes, pero no era un trabajo seguro. El trabajo era tan duro, estaba muy cansada y a veces lloraba. No me fue bien, ganaba 200 dirhams [18 euros], lo cual era apenas suficiente para comida, alquiler y transporte para mí y mi hija, sin mencionar los costos de la educación.

    Escuché que algunas personas cruzaban hacia Italia por el bien de sus hijos, así que decidí ir. Dejé a mi hija, que tiene cuatro años, con mi madre. Nuestro adiós fue muy duro. Los dos lloramos mucho y le pedí a mi madre que cuidara a mi hija si yo moría. Ese día esperé a que mi hija se durmiera y me fui.

    Una de mis amigas y yo nos contactamos con alguien que podría facilitarnos el viaje. Tomamos un avión a Túnez y de ahí viajamos a Libia, donde nos hicieron quedar en una casa durante dos meses esperando el momento adecuado para viajar. Nos advirtieron de que era demasiado peligroso salir a la calle. Dijeron que si salíamos podíamos ser golpeadas o violadas. Así que me quedé adentro y esperé.

    Pagué 3.000 dirhams [270 euros]. Antes de irme de Marruecos, había vendido mi lavadora y mi ropa, y también había pedido prestado dinero. Un día me dijeron que tenía una hora para prepararme porque era el momento de irme. Fuimos a la orilla y nos encontramos con mucha gente, incluidos niños pequeños. Cuando me subí al bote, estaba muy asustada. Sentí que iba a morir y dejar a mi hija sola. Le pedí a Dios que me salvara. Estaba tan delirante y enferma que no sabía quién conducía el bote o cuánto tiempo estuvimos allí.

    Cuando llegue a Italia, quiero encontrar un trabajo, cualquier trabajo, incluso si es como criada. Creo que la paga será mejor y que me tratarán bien para que pueda mantener a mi hija. Quiero darle a mi hija una buena educación, yo no tengo educación y no quiero lo mismo para ella. Estoy perdida en esta vida y no quiero que ella también se pierda".

  •  Ahmed, de Siria: "Vivía cerca de Damasco con mis padres, cinco hermanas y dos hermanos. Comenzaron los bombardeos. El Ejército Libre Sirio entró en la aldea, luego el Ejército del régimen sirio lo siguió, y los ataques aéreos y los misiles inundaron la región, convirtiendo todas las casas en ruinas, incluida la nuestra. Mi padre me dijo que dejara el país, que buscara un futuro para mí y que ayudara a mi familia en el extranjero. Volé a Sudán, donde estuve tres meses. Desde Sudán, quería viajar a Libia y la única manera era entrar ilegalmente por el desierto. Durante 17 días viajamos en camionetas, con apenas comida o agua. Perdimos el camino. Casi habíamos llegado a Libia cuando las fuerzas combinadas libanesas y sudanesas nos atraparon y nos enviaron de vuelta a Sudán.   Fuimos detenidos 10 días. Gracias a Dios logramos llegar a Libia en nuestro segundo intento. Llegué a salvo a Kufra [en el sudeste del país]. Mi primo de 13 años era mi compañero en este viaje. Se desmayó varias veces porque su cuerpo no podía soportar las condiciones, pero sobrevivió al viaje.   En las calles de Libia vi miedo y terror: armas, secuestros, violencia y muerte. Una vez, el coche frente al nuestro fue detenido por personas armadas que secuestraron al hombre que había en su interior. El secuestro es muy común allí. Aquellos que tienen dinero para el rescate lo pagan, pero aquellos que no, pierden a su hijo. No hay forma de saber quiénes son los secuestradores. Es un país sin ley y orden: un grupo de 50 o 60 personas puede decidir formar una facción y un régimen propio.   Trabajé con mis parientes en una pizzería, así que aprendí a hacer pizzas. Pero el negocio no fue bien debido a todos los secuestros y la violencia. Los ladrones armados con kalashnikov vinieron a altas horas de la noche y robaron nuestro dinero. Cuando uno tiene que elegir entre su dinero o su alma, por supuesto, entrega el dinero. Ocurría dos veces por semana. Noté que era algo habitual, porque me quedé en Libia durante más de un año.   Pero decidí irme. Llamé a mi familia para contarles mi plan de viajar a Europa. Al principio estaban en contra de la idea, diciendo que iba a morir o que el bote se hundiría, pero logré convencerlos, porque la situación en Libia no era buena. Fui de Trípoli a Sabrata para hacer un trato con los traficantes. Son muy conocidos, no por su nombre, sino por su rostro, por lo que puedes ir a sus casas o pararlos en la calle cuando los ves. El traficante me trató bien. Pidió 3.000 dinares libios [aproximadamente 340 euros] para llevarme a Europa, y me dijo que le diera el dinero cuando se decidiera la fecha y hora de partida.   Los traficantes esperan que el mar esté en calma y luego reúnen a los viajeros. Le pregunté si sería peligroso y me dijo que todo estaba en manos de Dios. Llegamos a la costa alrededor de las 11 de la noche y allí aguardaban unas 600 personas. Todos los barcos estaban llenos de gente. Nadie se quejó, porque todos estaban hartos de la vida en Libia, por lo que no les importaba si vivían o morían; solo querían terminar con eso.   Escuché que cuatro barcos se habían hundido recientemente. Los barcos pueden hundirse porque a veces las olas se vuelven locas y porque los botes están sobrecargados. Los traficantes tienen nuestro dinero, ¿por qué deberían importarles si vivimos o morimos? Partimos al amanecer. Uno de los traficantes estaba a bordo, dirigiendo el bote. Alrededor de las tres y media de la tarde, un barco más pequeño con cuatro hombres se acercó al nuestro, y el traficante se fue con ellos. El barco de MSF nos encontró una hora y media después. Nos sentimos aliviados, sentíamos que todavía le importábamos a alguien. En Europa se preocupan por las personas, a diferencia de nuestros países.   Cuando lleguemos, quiero encontrar un trabajo para poder ayudar a mi familia con mi salario. Me gustaría ir a Alemania porque tengo un tío allí, podría vivir con él y encontrar trabajo en un restaurante. El propósito de este peligroso viaje es ayudar a mi familia en Damasco. Los echo de menos. No hay nadie ni nada como una madre y un padre. Pero, ¿qué puedes hacer? No hay trabajo en Siria y mi padre es muy mayor. Tengo que encontrar un trabajo. Soy el único que puede mantener económicamente a mis padres y hermanos".
    8

    Ahmed, de Siria: "Vivía cerca de Damasco con mis padres, cinco hermanas y dos hermanos. Comenzaron los bombardeos. El Ejército Libre Sirio entró en la aldea, luego el Ejército del régimen sirio lo siguió, y los ataques aéreos y los misiles inundaron la región, convirtiendo todas las casas en ruinas, incluida la nuestra. Mi padre me dijo que dejara el país, que buscara un futuro para mí y que ayudara a mi familia en el extranjero. Volé a Sudán, donde estuve tres meses. Desde Sudán, quería viajar a Libia y la única manera era entrar ilegalmente por el desierto. Durante 17 días viajamos en camionetas, con apenas comida o agua. Perdimos el camino. Casi habíamos llegado a Libia cuando las fuerzas combinadas libanesas y sudanesas nos atraparon y nos enviaron de vuelta a Sudán.

    Fuimos detenidos 10 días. Gracias a Dios logramos llegar a Libia en nuestro segundo intento. Llegué a salvo a Kufra [en el sudeste del país]. Mi primo de 13 años era mi compañero en este viaje. Se desmayó varias veces porque su cuerpo no podía soportar las condiciones, pero sobrevivió al viaje.

    En las calles de Libia vi miedo y terror: armas, secuestros, violencia y muerte. Una vez, el coche frente al nuestro fue detenido por personas armadas que secuestraron al hombre que había en su interior. El secuestro es muy común allí. Aquellos que tienen dinero para el rescate lo pagan, pero aquellos que no, pierden a su hijo. No hay forma de saber quiénes son los secuestradores. Es un país sin ley y orden: un grupo de 50 o 60 personas puede decidir formar una facción y un régimen propio.

    Trabajé con mis parientes en una pizzería, así que aprendí a hacer pizzas. Pero el negocio no fue bien debido a todos los secuestros y la violencia. Los ladrones armados con kalashnikov vinieron a altas horas de la noche y robaron nuestro dinero. Cuando uno tiene que elegir entre su dinero o su alma, por supuesto, entrega el dinero. Ocurría dos veces por semana. Noté que era algo habitual, porque me quedé en Libia durante más de un año.

    Pero decidí irme. Llamé a mi familia para contarles mi plan de viajar a Europa. Al principio estaban en contra de la idea, diciendo que iba a morir o que el bote se hundiría, pero logré convencerlos, porque la situación en Libia no era buena. Fui de Trípoli a Sabrata para hacer un trato con los traficantes. Son muy conocidos, no por su nombre, sino por su rostro, por lo que puedes ir a sus casas o pararlos en la calle cuando los ves. El traficante me trató bien. Pidió 3.000 dinares libios [aproximadamente 340 euros] para llevarme a Europa, y me dijo que le diera el dinero cuando se decidiera la fecha y hora de partida.

    Los traficantes esperan que el mar esté en calma y luego reúnen a los viajeros. Le pregunté si sería peligroso y me dijo que todo estaba en manos de Dios. Llegamos a la costa alrededor de las 11 de la noche y allí aguardaban unas 600 personas. Todos los barcos estaban llenos de gente. Nadie se quejó, porque todos estaban hartos de la vida en Libia, por lo que no les importaba si vivían o morían; solo querían terminar con eso.

    Escuché que cuatro barcos se habían hundido recientemente. Los barcos pueden hundirse porque a veces las olas se vuelven locas y porque los botes están sobrecargados. Los traficantes tienen nuestro dinero, ¿por qué deberían importarles si vivimos o morimos? Partimos al amanecer. Uno de los traficantes estaba a bordo, dirigiendo el bote. Alrededor de las tres y media de la tarde, un barco más pequeño con cuatro hombres se acercó al nuestro, y el traficante se fue con ellos. El barco de MSF nos encontró una hora y media después. Nos sentimos aliviados, sentíamos que todavía le importábamos a alguien. En Europa se preocupan por las personas, a diferencia de nuestros países.

    Cuando lleguemos, quiero encontrar un trabajo para poder ayudar a mi familia con mi salario. Me gustaría ir a Alemania porque tengo un tío allí, podría vivir con él y encontrar trabajo en un restaurante. El propósito de este peligroso viaje es ayudar a mi familia en Damasco. Los echo de menos. No hay nadie ni nada como una madre y un padre. Pero, ¿qué puedes hacer? No hay trabajo en Siria y mi padre es muy mayor. Tengo que encontrar un trabajo. Soy el único que puede mantener económicamente a mis padres y hermanos".

  •  Charlie John, 29 años, de Nigeria: "Mi nombre es Charlie, tengo 29 años y vengo del estado de Edo, en Nigeria. No tenía trabajo y tengo dos hijos que mantener. Me fui para convertirme en alguien y enviar a mis hijos a la escuela. Tardé un año y cinco meses en viajar a Libia. Tan pronto como crucé a Libia, la policía nos arrestó en el desierto y nos llevó a un campamento. Había muchos africanos, más de 100. Me quedé allí seis semanas, nos golpearon y nos hicieron pagar dinero para liberarnos. Alguien me ayudó a pagar.   Me mudé a Trípoli donde hice trabajos ocasionales, me paraba por la calle y esperaba a que alguien me contratara. La violencia en Libia fue horrible, en la primera semana de enero, 10 personas fueron asesinadas. En la segunda semana, 14 personas. Entonces, cuando tuve algo de dinero, fui con un gambiano y pagué 800 dinares [aproximadamente 90 euros] para cruzar el mar.   El 4 de marzo subí al bote, pero se volcó y murieron 27 personas. El motor dejó de funcionar y pasamos siete horas en el mar. 11 personas murieron en el bote, la gente luchaba por salvarse y pisó a los demás. Los que estaban sentados en el borde cayeron al agua. Finalmente, un barco pesquero vino y nos remolcó de regreso. Es algo que nunca olvidaré en mi vida. Pensé que iba a morir, pero recé y Dios me ayudó. Solía sufrir con la memoria.   Volver a Nigeria era demasiado caro, así que pagué 400 dinares para volver a subir a otro bote. Esta vez salimos a las 10 de la mañana. Las mujeres estaban llorando, pero lo descubrí. Cuando vi el barco de MSF supe que todo iría bien. Si Dios me ayuda, encontraré trabajo en Europa y luego ayudaré a mi familia y pagaré las tasas escolares de mis hijos".
    9

    Charlie John, 29 años, de Nigeria: "Mi nombre es Charlie, tengo 29 años y vengo del estado de Edo, en Nigeria. No tenía trabajo y tengo dos hijos que mantener. Me fui para convertirme en alguien y enviar a mis hijos a la escuela. Tardé un año y cinco meses en viajar a Libia. Tan pronto como crucé a Libia, la policía nos arrestó en el desierto y nos llevó a un campamento. Había muchos africanos, más de 100. Me quedé allí seis semanas, nos golpearon y nos hicieron pagar dinero para liberarnos. Alguien me ayudó a pagar.

    Me mudé a Trípoli donde hice trabajos ocasionales, me paraba por la calle y esperaba a que alguien me contratara. La violencia en Libia fue horrible, en la primera semana de enero, 10 personas fueron asesinadas. En la segunda semana, 14 personas. Entonces, cuando tuve algo de dinero, fui con un gambiano y pagué 800 dinares [aproximadamente 90 euros] para cruzar el mar.

    El 4 de marzo subí al bote, pero se volcó y murieron 27 personas. El motor dejó de funcionar y pasamos siete horas en el mar. 11 personas murieron en el bote, la gente luchaba por salvarse y pisó a los demás. Los que estaban sentados en el borde cayeron al agua. Finalmente, un barco pesquero vino y nos remolcó de regreso. Es algo que nunca olvidaré en mi vida. Pensé que iba a morir, pero recé y Dios me ayudó. Solía sufrir con la memoria.

    Volver a Nigeria era demasiado caro, así que pagué 400 dinares para volver a subir a otro bote. Esta vez salimos a las 10 de la mañana. Las mujeres estaban llorando, pero lo descubrí. Cuando vi el barco de MSF supe que todo iría bien. Si Dios me ayuda, encontraré trabajo en Europa y luego ayudaré a mi familia y pagaré las tasas escolares de mis hijos".

  •  Jamil Molla, de Bangladés: "Mi nombre es Jamil y vengo de Bangladés. En mi país vivía en la pobreza, no tuve oportunidades. Alguien me sugirió que Libia era un buen lugar para trabajar. No entendí claramente que había una guerra, el hombre que arregló las visas y los vuelos dijo que estaba todo bien.   En Libia, un hombre se llevó todos nuestros pasaportes. Trabajé como obrero de la construcción y también en un restaurante, pero generalmente no recibía todos los salarios que me correspondían. Una vez fui a Misrata y un grupo nos secuestró en el camino. Me retuvieron durante seis días en la habitación con dos muchachos sudaneses y cinco bangladesíes. Pagué 3.000 dinares [aproximadamente 340 euros] para salir. Otra vez viajando desde Trípoli fui secuestrado junto con otros cinco bangladesíes. Nos tenían en tres edificios diferentes y solían golpearnos mucho.   Mis amigos y yo estábamos muy asustados, solo salíamos durante el día. A veces no teníamos comida, pero no salíamos. Me secuestraron por tercera vez. Iba en un taxi, fui detenido en un camino y me llevaron a una casa. No tenía dinero y me golpearon la cabeza contra la pared. No podía pagar y, tras unos días retenido, me dejaron ir.   Los problemas con el dinero me volvieron loco, les debía a amigos, a mi madre y a mi hermana, quienes vendieron sus joyas para ayudarme. Finalmente decidí coger el bote y un grupo de nosotros encontramos un traficante. Nos mantuvieron en una casa en Sabratah con 36 bangladesíes y un sudanés. Nos llevaron a la playa a la 1 de la madrugada. Nos paramos en una fila y un bote pequeño nos llevó a un gran bote de madera.   El bote estaba saltando y yo estaba muy asustado, pensé: 'Vamos a morir hoy', pero cuando vimos el barco de MSF sabíamos que nos salvaríamos".
    10

    Jamil Molla, de Bangladés: "Mi nombre es Jamil y vengo de Bangladés. En mi país vivía en la pobreza, no tuve oportunidades. Alguien me sugirió que Libia era un buen lugar para trabajar. No entendí claramente que había una guerra, el hombre que arregló las visas y los vuelos dijo que estaba todo bien.

    En Libia, un hombre se llevó todos nuestros pasaportes. Trabajé como obrero de la construcción y también en un restaurante, pero generalmente no recibía todos los salarios que me correspondían. Una vez fui a Misrata y un grupo nos secuestró en el camino. Me retuvieron durante seis días en la habitación con dos muchachos sudaneses y cinco bangladesíes. Pagué 3.000 dinares [aproximadamente 340 euros] para salir. Otra vez viajando desde Trípoli fui secuestrado junto con otros cinco bangladesíes. Nos tenían en tres edificios diferentes y solían golpearnos mucho.

    Mis amigos y yo estábamos muy asustados, solo salíamos durante el día. A veces no teníamos comida, pero no salíamos. Me secuestraron por tercera vez. Iba en un taxi, fui detenido en un camino y me llevaron a una casa. No tenía dinero y me golpearon la cabeza contra la pared. No podía pagar y, tras unos días retenido, me dejaron ir.

    Los problemas con el dinero me volvieron loco, les debía a amigos, a mi madre y a mi hermana, quienes vendieron sus joyas para ayudarme. Finalmente decidí coger el bote y un grupo de nosotros encontramos un traficante. Nos mantuvieron en una casa en Sabratah con 36 bangladesíes y un sudanés. Nos llevaron a la playa a la 1 de la madrugada. Nos paramos en una fila y un bote pequeño nos llevó a un gran bote de madera.

    El bote estaba saltando y yo estaba muy asustado, pensé: 'Vamos a morir hoy', pero cuando vimos el barco de MSF sabíamos que nos salvaríamos".

  •  Yassin, de Siria, 23 años: "Soy un kurdo sirio. Vivía con mi familia en Alepo hasta que la guerra llegó a nuestra calle. Todos los edificios quedaron destruidos por las bombas. Decidimos irnos a un pueblo cercano, Kafr Seghir, donde nos quedamos unas semanas. En mayo de 2013, dejé a mi familia y me dirigí a Turquía.   Durante meses en Turquía intenté encontrar trabajo, pero con la barrera del idioma se me hacía difícil. Fue entonces cuando decidí ir a Libia. En 2013 todavía había trabajos en Libia y escuché que las cosas estaban mejor. Así que viajé a Egipto y luego por tierra hasta la frontera con Libia.   Me quedé en Libia cuatro años. Trabajé como artesano haciendo decoraciones con yeso para casas. Durante los primeros dos años en Libia, pude enviar dinero a mi familia. Hice hermosos adornos y tenía un negocio prometedor. Pero, en 2015, ocurrió la segunda revolución, y desde entonces Libia ya no es segura. Hubo bombardeos indiscriminados y podía ser secuestrado y retenido mientras caminaba por la calle para pedir después un rescate.   Traté de ganarme la vida en Bengasi, en Ajdabiya y, finalmente, en Trípoli. Pero antes llegué a estar secuestrado hasta en cuatro ocasiones. Me detuvieron en los controles de carretera o me persiguieron en un coche. Nunca supe quiénes eran exactamente mis secuestradores ni a qué bando pertenecían. Todos llevaban ropa de milicia. Me vendaron los ojos, me quitaron todo mi dinero y usaron mi teléfono para llamar a mi familia y amenazaron con matarme si no enviaban dinero. Me llevaron a cuartos oscuros, donde me quedé durante días.   Una vez, en Bengasi, los secuestradores me golpearon la cara hasta que se hinchó. Me acusaron de ser miembro de Daesh [Estado Islámico]. Me pusieron una pistola en la cabeza y me interrogaron, y finalmente me liberaron. Al final, no le encontraba sentido a vivir así. No había seguridad y yo quería irme. Mis amigos y yo encontramos un traficante y le pagamos 3.400 dinares libios [385 euros]. El traficante nos llevó a un apartamento durante un día y luego nos trasladó al patio de una casa. Allí nos trató como animales.   Una noche, a las tres de la madrugada, nos metieron en botes pequeños, y después nos trasladaron a un bote de madera. Cuando vi los barcos por primera vez, sentí miedo. Le dije al hombre a cargo del barco que quería regresar, pero me dijo que era demasiado tarde y que teníamos que irnos. Ellos tenían armas. Cuando abordé el bote de madera, me sentí muy mareado y comencé a vomitar. Estábamos en medio del mar, ¿y si el barco se averiaba? Podía ver la muerte frente a mis ojos, hasta que fuimos rescatados por el barco de MSF, seis horas después.   En Europa intentaré ganarme la vida haciendo artesanía decorativa. Espero llegar a Alemania o Bélgica porque algunos kurdos sirios que conozco están allí. Aprenderé el idioma. Si Siria vuelve a ser lo que solía ser, quizás piense en volver, pero hasta entonces no lo haré. Mi sueño es volver a ver a mi familia. Somos 13, siete hermanos y seis hermanas, pero ahora todos estamos en diferentes partes del mundo.   Dos de mis hermanos están en el Kurdistán iraquí, un hermano está en Turquía, dos en Libia y uno todavía en Siria. Una de mis hermanas está casada en Turquía, dos están en la frontera turco-siria, y otra todavía está en Alepo. Mis otras tres hermanas están casadas, pero no estoy seguro de dónde viven. No he visto a mi familia en cinco años. ¿Puedes creerlo? Mi madre y mis hermanas significan todo para mí, pero no hay nada que pueda hacer para reunirme con ellas. Si volviera a Siria, tendría que llevar armas, matar personas y morir. Eso no es lo que quiero".
    11

    Yassin, de Siria, 23 años: "Soy un kurdo sirio. Vivía con mi familia en Alepo hasta que la guerra llegó a nuestra calle. Todos los edificios quedaron destruidos por las bombas. Decidimos irnos a un pueblo cercano, Kafr Seghir, donde nos quedamos unas semanas. En mayo de 2013, dejé a mi familia y me dirigí a Turquía.

    Durante meses en Turquía intenté encontrar trabajo, pero con la barrera del idioma se me hacía difícil. Fue entonces cuando decidí ir a Libia. En 2013 todavía había trabajos en Libia y escuché que las cosas estaban mejor. Así que viajé a Egipto y luego por tierra hasta la frontera con Libia.

    Me quedé en Libia cuatro años. Trabajé como artesano haciendo decoraciones con yeso para casas. Durante los primeros dos años en Libia, pude enviar dinero a mi familia. Hice hermosos adornos y tenía un negocio prometedor. Pero, en 2015, ocurrió la segunda revolución, y desde entonces Libia ya no es segura. Hubo bombardeos indiscriminados y podía ser secuestrado y retenido mientras caminaba por la calle para pedir después un rescate.

    Traté de ganarme la vida en Bengasi, en Ajdabiya y, finalmente, en Trípoli. Pero antes llegué a estar secuestrado hasta en cuatro ocasiones. Me detuvieron en los controles de carretera o me persiguieron en un coche. Nunca supe quiénes eran exactamente mis secuestradores ni a qué bando pertenecían. Todos llevaban ropa de milicia. Me vendaron los ojos, me quitaron todo mi dinero y usaron mi teléfono para llamar a mi familia y amenazaron con matarme si no enviaban dinero. Me llevaron a cuartos oscuros, donde me quedé durante días.

    Una vez, en Bengasi, los secuestradores me golpearon la cara hasta que se hinchó. Me acusaron de ser miembro de Daesh [Estado Islámico]. Me pusieron una pistola en la cabeza y me interrogaron, y finalmente me liberaron. Al final, no le encontraba sentido a vivir así. No había seguridad y yo quería irme. Mis amigos y yo encontramos un traficante y le pagamos 3.400 dinares libios [385 euros]. El traficante nos llevó a un apartamento durante un día y luego nos trasladó al patio de una casa. Allí nos trató como animales.

    Una noche, a las tres de la madrugada, nos metieron en botes pequeños, y después nos trasladaron a un bote de madera. Cuando vi los barcos por primera vez, sentí miedo. Le dije al hombre a cargo del barco que quería regresar, pero me dijo que era demasiado tarde y que teníamos que irnos. Ellos tenían armas. Cuando abordé el bote de madera, me sentí muy mareado y comencé a vomitar. Estábamos en medio del mar, ¿y si el barco se averiaba? Podía ver la muerte frente a mis ojos, hasta que fuimos rescatados por el barco de MSF, seis horas después.

    En Europa intentaré ganarme la vida haciendo artesanía decorativa. Espero llegar a Alemania o Bélgica porque algunos kurdos sirios que conozco están allí. Aprenderé el idioma. Si Siria vuelve a ser lo que solía ser, quizás piense en volver, pero hasta entonces no lo haré. Mi sueño es volver a ver a mi familia. Somos 13, siete hermanos y seis hermanas, pero ahora todos estamos en diferentes partes del mundo.

    Dos de mis hermanos están en el Kurdistán iraquí, un hermano está en Turquía, dos en Libia y uno todavía en Siria. Una de mis hermanas está casada en Turquía, dos están en la frontera turco-siria, y otra todavía está en Alepo. Mis otras tres hermanas están casadas, pero no estoy seguro de dónde viven. No he visto a mi familia en cinco años. ¿Puedes creerlo? Mi madre y mis hermanas significan todo para mí, pero no hay nada que pueda hacer para reunirme con ellas. Si volviera a Siria, tendría que llevar armas, matar personas y morir. Eso no es lo que quiero".

  •  Weng, de Nigeria: "Vivíamos cerca del bosque de Sambisa, donde Boko Haram tiene un campo. El año pasado, explotó una bomba en el área donde pelean con los soldados. Ellos mataron a muchas personas. Escuché los disparos y la bomba. Mi pueblo fue destruido, por eso hui. Seguí a algunos amigos en un camión a Lagos. Vivía con mi tía, pero no he vuelto a saber de ella porque todos se dispersaron.   Desde Lagos, unos 30 de nosotros nos dirigimos al norte con traficantes hacia Níger, luego hacia el Sahara. Perdí a algunas personas durante el viaje, debido al calor, se deshidrataron. Tres personas murieron allí. Los contrabandistas comenzaron a azotarnos y nos dijeron que dejáramos de llorar y nos obligaron cavar con nuestras manos para enterrar los cuerpos de los fallecidos. A veces, en el desierto, puedes ver lo que parecen piedras en el lado de la carretera y sabes que es un cuerpo. A veces el viento sopla la arena y los esqueletos salen. Ojalá hubiera sabido cómo era el viaje, desearía que alguien me lo hubiera dicho porque no lo hubiera intentado.   En el desierto fuimos entregados a otro grupo que nos llevó a una prisión en el centro del desierto donde venden gente. Pensábamos que tal vez era como una parada de autobús hasta que nos llevaron a la parte de atrás y abrieron una gran puerta. Ahí vimos muchas personas, de 900 a 1.000. Nos metieron en esa prisión y allí nos quedamos. Tenían cámaras y nadie podía ponerse de pie, nadie podía hacer ruido ni hablar. Ni siquiera te permitían quedarte en grupos. Esa noche estábamos tan cansados que simplemente dormí, pero luego me desperté y no sabía lo que estaba sucediendo. Llegó un hombre y le disparó a una persona en la pierna. Llamó a otras personas y les disparó también en la pierna. Pensé: 'Dios, estas personas no tienen corazón'. Cuando me desperté [al día siguiente] vi que la sangre de aquellas personas me había manchado.   Allí estuve cuatro meses. Nos daban comida una vez al día, a veces una vez cada dos días. Después de un mes me dieron el teléfono y llamé a mi madre. Cuando llega el momento de pagar, te atan y azotan para que tu familia oiga cómo sufres y así manden el dinero más rápido.   Nos acostumbramos a los golpes, hay algunas marcas en mi cuerpo, una de ellas de un cuchillo de cuando un hombre árabe me atacó. Muchas de las personas que vinieron conmigo de Nigeria murieron, mi mejor amigo era uno de ellos. Cuando salí, era como un esqueleto. Me llevaron a la casa de un nigeriano y descansé durante un mes y obtuve tratamiento. Como negro no puedes salir, tuvimos que escondernos. No es un país libre, ven a los negros como mercancía. Incluso si estás pasando por la calle te pueden perseguir en un coche y dispararte. No tienen corazón.   Empecé a trabajar en la construcción. A veces vienen al campo en busca de trabajadores. Cuando mi dinero estuvo listo, me enviaron al mar. He estado dos veces en él [intentando cruzar a Europa]. La primera vez, unos hombres vestidos con uniformes de camuflaje nos atraparon y nos devolvieron a Zawiyah. Parecían policías y tenían una máquina montada en la parte superior del bote.   Hace dos días, salimos de Zuwara. La gente te dice que no está lejos, pero sí que lo está, y mucho. Pensé en aquellos que habían muerto en el mar, pero decidí que era mejor arriesgar mi vida que quedarme en Libia. Ojalá Libia fuera un buen país, mucha gente no se arriesgaría a cruzar el mar. Cuando vi el barco de MSF, me tranquilicé. Cuando me dieron el chaleco salvavidas [de los rescatadores], me dije: 'Mi sufrimiento, mis dificultades, han terminado. Mi mente puede descansar y estar en paz".
    12

    Weng, de Nigeria: "Vivíamos cerca del bosque de Sambisa, donde Boko Haram tiene un campo. El año pasado, explotó una bomba en el área donde pelean con los soldados. Ellos mataron a muchas personas. Escuché los disparos y la bomba. Mi pueblo fue destruido, por eso hui. Seguí a algunos amigos en un camión a Lagos. Vivía con mi tía, pero no he vuelto a saber de ella porque todos se dispersaron.

    Desde Lagos, unos 30 de nosotros nos dirigimos al norte con traficantes hacia Níger, luego hacia el Sahara. Perdí a algunas personas durante el viaje, debido al calor, se deshidrataron. Tres personas murieron allí. Los contrabandistas comenzaron a azotarnos y nos dijeron que dejáramos de llorar y nos obligaron cavar con nuestras manos para enterrar los cuerpos de los fallecidos. A veces, en el desierto, puedes ver lo que parecen piedras en el lado de la carretera y sabes que es un cuerpo. A veces el viento sopla la arena y los esqueletos salen. Ojalá hubiera sabido cómo era el viaje, desearía que alguien me lo hubiera dicho porque no lo hubiera intentado.

    En el desierto fuimos entregados a otro grupo que nos llevó a una prisión en el centro del desierto donde venden gente. Pensábamos que tal vez era como una parada de autobús hasta que nos llevaron a la parte de atrás y abrieron una gran puerta. Ahí vimos muchas personas, de 900 a 1.000. Nos metieron en esa prisión y allí nos quedamos. Tenían cámaras y nadie podía ponerse de pie, nadie podía hacer ruido ni hablar. Ni siquiera te permitían quedarte en grupos. Esa noche estábamos tan cansados que simplemente dormí, pero luego me desperté y no sabía lo que estaba sucediendo. Llegó un hombre y le disparó a una persona en la pierna. Llamó a otras personas y les disparó también en la pierna. Pensé: 'Dios, estas personas no tienen corazón'. Cuando me desperté [al día siguiente] vi que la sangre de aquellas personas me había manchado.

    Allí estuve cuatro meses. Nos daban comida una vez al día, a veces una vez cada dos días. Después de un mes me dieron el teléfono y llamé a mi madre. Cuando llega el momento de pagar, te atan y azotan para que tu familia oiga cómo sufres y así manden el dinero más rápido.

    Nos acostumbramos a los golpes, hay algunas marcas en mi cuerpo, una de ellas de un cuchillo de cuando un hombre árabe me atacó. Muchas de las personas que vinieron conmigo de Nigeria murieron, mi mejor amigo era uno de ellos. Cuando salí, era como un esqueleto. Me llevaron a la casa de un nigeriano y descansé durante un mes y obtuve tratamiento. Como negro no puedes salir, tuvimos que escondernos. No es un país libre, ven a los negros como mercancía. Incluso si estás pasando por la calle te pueden perseguir en un coche y dispararte. No tienen corazón.

    Empecé a trabajar en la construcción. A veces vienen al campo en busca de trabajadores. Cuando mi dinero estuvo listo, me enviaron al mar. He estado dos veces en él [intentando cruzar a Europa]. La primera vez, unos hombres vestidos con uniformes de camuflaje nos atraparon y nos devolvieron a Zawiyah. Parecían policías y tenían una máquina montada en la parte superior del bote.

    Hace dos días, salimos de Zuwara. La gente te dice que no está lejos, pero sí que lo está, y mucho. Pensé en aquellos que habían muerto en el mar, pero decidí que era mejor arriesgar mi vida que quedarme en Libia. Ojalá Libia fuera un buen país, mucha gente no se arriesgaría a cruzar el mar. Cuando vi el barco de MSF, me tranquilicé. Cuando me dieron el chaleco salvavidas [de los rescatadores], me dije: 'Mi sufrimiento, mis dificultades, han terminado. Mi mente puede descansar y estar en paz".

  •  Omayma, de Marruecos, 21 años: "Tuve muchos problemas con mi padre, al igual que todos mis hermanos. Somos cuatro, yo soy la de en medio. Mi padre es drogadicto. No nos pagó la escuela, así que la abandonamos. Él no tenía trabajo. Aunque gozaba de buena salud, dormía en casa todo el día, por lo que mi madre trabajaba como criada para alimentarnos. Solía golpear a mi madre con un cinturón, una y otra vez hasta que sangraba. Él venía a casa y nos pegaba a todos con todo lo que encontraba a su alcance.   Un día, mi padre estaba ebrio y me pidió que le consiguiera algo de dinero de cualquier modo, incluso si eso significaba prostituirme. Una y otra vez me tiró del pelo, me empujó y me golpeó la cabeza contra la pared hasta que sangró mi nariz. Las drogas lo habían vuelto loco. Mi madre y yo estábamos tan agobiadas que nos solíamos desmayar. Cuando le dije a mi madre que debíamos llamar a la policía, ella se enfadó y me dijo que teníamos que ser pacientes, que si llamábamos a la policía nos quedaríamos en la calle, porque la casa era suya.   Cuando le dije a mi madre que quería irme a Europa, se puso triste y trató de detenerme. Me dijo que cómo podía dejarla estando ella enferma, que debería quedarme, encontrar un trabajo y quizás casarme. Pero soy demasiado joven para casarme. Le pedí dinero para el viaje y le prometí que se lo devolvería cuando consiguiera estudiar. Estaba preocupada por si moría en mi intento de llegar a Europa. '¿Qué haré si mueres?', me preguntó. Le respondí que si moría, debía perdonarme.   Volé a Túnez y cogí un autobús hasta la casa de mi tío cerca de la frontera. No podía quedarme con él porque apenas puede alimentar a sus propios hijos. Hablamos con unas personas que podían facilitarme llegar en un barco a Europa. El traficante me llevó a una casa en Sabrata [en la costa de Libia, a 100 kilómetro al este de la frontera tunecina] con otras mujeres y hombres jóvenes y nos quedamos allí un par de meses. Golpeaban a los hombres, pero a las chicas las trataron bien.   Les pagué 20.000 dirhams marroquíes [1.800 euros], dinero que mi madre pidió prestado a la familia para la que trabaja. Una noche vinieron a vernos y nos dijeron que recogiéramos nuestras cosas rápidamente porque era hora de irnos. Cuando me monté en el bote, pude ver la muerte con mis propios ojos. Había 20 centímetros de agua en el fondo del bote. Había muchos menores. Ni siquiera podía levantar la cabeza porque estaba mareada. Vomité muchas veces.   Nos dieron chalecos salvavidas, pero resultaron ser falsos. Cuando nos enteramos, los jóvenes del barco, marroquíes y sirios, comenzaron a discutir y pelear. Las mujeres y niños estaban asustados de que pudiéramos volcar. El mar es muy peligroso. Nunca volveré a montarme un barco así.   Le agradezco a Dios que nadie me atacara y consiguiera salvarme. Ahora seguiré con mi educación. Aprenderé un nuevo idioma y buscaré trabajo. Quiero ayudar a mi madre, porque de lo contrario trabajará como criada toda su vida. Mi padre continuará sin hacer nada. No podría volver a Marruecos, preferiría morir".
    13

    Omayma, de Marruecos, 21 años: "Tuve muchos problemas con mi padre, al igual que todos mis hermanos. Somos cuatro, yo soy la de en medio. Mi padre es drogadicto. No nos pagó la escuela, así que la abandonamos. Él no tenía trabajo. Aunque gozaba de buena salud, dormía en casa todo el día, por lo que mi madre trabajaba como criada para alimentarnos. Solía golpear a mi madre con un cinturón, una y otra vez hasta que sangraba. Él venía a casa y nos pegaba a todos con todo lo que encontraba a su alcance.

    Un día, mi padre estaba ebrio y me pidió que le consiguiera algo de dinero de cualquier modo, incluso si eso significaba prostituirme. Una y otra vez me tiró del pelo, me empujó y me golpeó la cabeza contra la pared hasta que sangró mi nariz. Las drogas lo habían vuelto loco. Mi madre y yo estábamos tan agobiadas que nos solíamos desmayar. Cuando le dije a mi madre que debíamos llamar a la policía, ella se enfadó y me dijo que teníamos que ser pacientes, que si llamábamos a la policía nos quedaríamos en la calle, porque la casa era suya.

    Cuando le dije a mi madre que quería irme a Europa, se puso triste y trató de detenerme. Me dijo que cómo podía dejarla estando ella enferma, que debería quedarme, encontrar un trabajo y quizás casarme. Pero soy demasiado joven para casarme. Le pedí dinero para el viaje y le prometí que se lo devolvería cuando consiguiera estudiar. Estaba preocupada por si moría en mi intento de llegar a Europa. '¿Qué haré si mueres?', me preguntó. Le respondí que si moría, debía perdonarme.

    Volé a Túnez y cogí un autobús hasta la casa de mi tío cerca de la frontera. No podía quedarme con él porque apenas puede alimentar a sus propios hijos. Hablamos con unas personas que podían facilitarme llegar en un barco a Europa. El traficante me llevó a una casa en Sabrata [en la costa de Libia, a 100 kilómetro al este de la frontera tunecina] con otras mujeres y hombres jóvenes y nos quedamos allí un par de meses. Golpeaban a los hombres, pero a las chicas las trataron bien.

    Les pagué 20.000 dirhams marroquíes [1.800 euros], dinero que mi madre pidió prestado a la familia para la que trabaja. Una noche vinieron a vernos y nos dijeron que recogiéramos nuestras cosas rápidamente porque era hora de irnos. Cuando me monté en el bote, pude ver la muerte con mis propios ojos. Había 20 centímetros de agua en el fondo del bote. Había muchos menores. Ni siquiera podía levantar la cabeza porque estaba mareada. Vomité muchas veces.

    Nos dieron chalecos salvavidas, pero resultaron ser falsos. Cuando nos enteramos, los jóvenes del barco, marroquíes y sirios, comenzaron a discutir y pelear. Las mujeres y niños estaban asustados de que pudiéramos volcar. El mar es muy peligroso. Nunca volveré a montarme un barco así.

    Le agradezco a Dios que nadie me atacara y consiguiera salvarme. Ahora seguiré con mi educación. Aprenderé un nuevo idioma y buscaré trabajo. Quiero ayudar a mi madre, porque de lo contrario trabajará como criada toda su vida. Mi padre continuará sin hacer nada. No podría volver a Marruecos, preferiría morir".

  •  Ibrahim Fofana, de 22 años, de Gambia: "La vida en Libia era muy difícil, en la frontera los árabes nos atacaron y mataron a tres personas. Nos dijeron que les diéramos nuestro dinero y les dijimos que no teníamos. Cuando dices que no tienes dinero, cogen sus armas y te golpean. Se llevaron todos nuestros teléfonos y nos llevaron a un lugar llamado Sabha, fue terrible. Vienen con sus armas y te llevan al trabajo. No regresas en una semana. Haces trabajos forzados y no te dan agua, ni comida.   Me quedé allí casi dos meses, tratado como un esclavo, en una casa que no puedes abandonar. Así que decidimos intentar cruzar por mar hacia Europa. Tuvimos que escaparnos. Había una valla de dos metros de alto y alrededor de las 2 de la madrugada casi 100 de nosotros nos fuimos de allí. Algunos árabes arreglaron el bote, en total había 130 personas dentro, y dejaron a algunas mujeres atrás porque el bote estaba lleno.   La situación en el mar era muy difícil, las olas eran muy altas. Mi amigo estaba muy enfermo en Libia, pero ni siquiera lo miraron, nadie se ocupó de él. Justo ahora lo están llevando en la camilla al hospital (desde el barco de MSF en Lampedusa). Ahora le doy gracias a Dios. En Libia no podía dormir, pero anoche lo hice hasta que salió el sol".
    14

    Ibrahim Fofana, de 22 años, de Gambia: "La vida en Libia era muy difícil, en la frontera los árabes nos atacaron y mataron a tres personas. Nos dijeron que les diéramos nuestro dinero y les dijimos que no teníamos. Cuando dices que no tienes dinero, cogen sus armas y te golpean. Se llevaron todos nuestros teléfonos y nos llevaron a un lugar llamado Sabha, fue terrible. Vienen con sus armas y te llevan al trabajo. No regresas en una semana. Haces trabajos forzados y no te dan agua, ni comida.

    Me quedé allí casi dos meses, tratado como un esclavo, en una casa que no puedes abandonar. Así que decidimos intentar cruzar por mar hacia Europa. Tuvimos que escaparnos. Había una valla de dos metros de alto y alrededor de las 2 de la madrugada casi 100 de nosotros nos fuimos de allí. Algunos árabes arreglaron el bote, en total había 130 personas dentro, y dejaron a algunas mujeres atrás porque el bote estaba lleno.

    La situación en el mar era muy difícil, las olas eran muy altas. Mi amigo estaba muy enfermo en Libia, pero ni siquiera lo miraron, nadie se ocupó de él. Justo ahora lo están llevando en la camilla al hospital (desde el barco de MSF en Lampedusa). Ahora le doy gracias a Dios. En Libia no podía dormir, pero anoche lo hice hasta que salió el sol".

  •  John, 30 años, de Nigeria: "En Nigeria no tenía trabajo, pasé toda mi vida tratando de ganarme la vida. Dejé la casa de mis padres a los 19 y durante mucho tiempo intenté trabajar. Fue difícil, tengo una esposa y dos hijos. Aprendí sobre instalaciones eléctricas y cómo arreglar frigoríficos, pero solo conseguía trabajo una vez cada tres meses. Un amigo regresó a casa desde Libia y cuando me vio dijo: '¿Sigues viviendo así? Con lo que haces podemos ir juntos a Libia y puedes ganar dinero'.   Pasar por el desierto no es algo fácil. Éramos 25. Viajamos de Nigeria a Libia en 10 días. Fue un infierno. Había cadáveres, no teníamos comida, solo agua.   Llegué en 2015 a Libia y al principio estaba bien porque trabajaba con mi amigo, pero empezó una grave guerra. Había amenazas de los árabes, no querían pagarnos pero nos obligaban a trabajar. Todos los días había disparos, éramos como esclavos. Si no había tareas de electricidad, me hacían trabajar con ladrillos. Si alguien no quería trabajar, los golpeaban con una manguera. Durante un año fue un infierno, así que decidí irme a Europa.   Tenía algo de dinero de mi trabajo anterior, pagué 300 dinares (unos 34 euros) y también trabajé para ellos [los traficantes] durante dos meses. Por la mañana fuimos a la orilla del mar. Había mucha gente esperando. Cargamos el bote, lo pusimos en el agua y todos entraron. Las olas eran fuertes. En aquel momento no dejaba de pensar en mi vida. Nunca antes había visto un mar así. La gente vomitaba. Yo no sé nadar y me sentía muy débil. Salimos a las 9 de la mañana y cuando vi el barco de rescate, supe que estaba a salvo.   Hemos escuchado hablar de Europa durante mucho tiempo. Sabemos que es un buen lugar, un lugar en el que te puedes sentir como en casa. Era muy arriesgado coger el camino de vuelta al desierto, así que decidí aprovechar esta oportunidad. Tomé la decisión de salvarme".
    15

    John, 30 años, de Nigeria: "En Nigeria no tenía trabajo, pasé toda mi vida tratando de ganarme la vida. Dejé la casa de mis padres a los 19 y durante mucho tiempo intenté trabajar. Fue difícil, tengo una esposa y dos hijos. Aprendí sobre instalaciones eléctricas y cómo arreglar frigoríficos, pero solo conseguía trabajo una vez cada tres meses. Un amigo regresó a casa desde Libia y cuando me vio dijo: '¿Sigues viviendo así? Con lo que haces podemos ir juntos a Libia y puedes ganar dinero'.

    Pasar por el desierto no es algo fácil. Éramos 25. Viajamos de Nigeria a Libia en 10 días. Fue un infierno. Había cadáveres, no teníamos comida, solo agua.

    Llegué en 2015 a Libia y al principio estaba bien porque trabajaba con mi amigo, pero empezó una grave guerra. Había amenazas de los árabes, no querían pagarnos pero nos obligaban a trabajar. Todos los días había disparos, éramos como esclavos. Si no había tareas de electricidad, me hacían trabajar con ladrillos. Si alguien no quería trabajar, los golpeaban con una manguera. Durante un año fue un infierno, así que decidí irme a Europa.

    Tenía algo de dinero de mi trabajo anterior, pagué 300 dinares (unos 34 euros) y también trabajé para ellos [los traficantes] durante dos meses. Por la mañana fuimos a la orilla del mar. Había mucha gente esperando. Cargamos el bote, lo pusimos en el agua y todos entraron. Las olas eran fuertes. En aquel momento no dejaba de pensar en mi vida. Nunca antes había visto un mar así. La gente vomitaba. Yo no sé nadar y me sentía muy débil. Salimos a las 9 de la mañana y cuando vi el barco de rescate, supe que estaba a salvo.

    Hemos escuchado hablar de Europa durante mucho tiempo. Sabemos que es un buen lugar, un lugar en el que te puedes sentir como en casa. Era muy arriesgado coger el camino de vuelta al desierto, así que decidí aprovechar esta oportunidad. Tomé la decisión de salvarme".

  •  Babucar Njie, 25 años, de Gambia: "Salí de Gambia por las condiciones de vida en el país. Fui de Senegal a Malí, luego a Burkina Faso y después a Níger.   Desde Níger, algunos traficantes nos trajeron a Argelia. Allí nos llevaron a una casa y nos dijeron que teníamos que pagar 15.000 dalasis (unos 280 euros). Nos hicieron llamar a nuestra familia para que enviaran el dinero. Algunos de mis hermanos gambianos sabían cómo escapar, así que los seguí y llegamos a Tamanrasset (Argelia). Allí fuimos secuestrados de nuevo y tuvimos el mismo problema, nos pedían dinero. Esta vez no tuvimos forma de escapar, así que mi familia tuvo que pagar.   Si no llamas a tu familia, te golpean. Si tus padres no pagan, te golpean y los llaman para que puedan escuchar cómo lloras. Después de eso, me llevaron a Sabratah, en Libia: el lugar más terrible en el que he estado. Ni siquiera nos dieron agua y los libios fueron desagradables. Algunas vecen bebían alcohol y luego nos golpeaban.   Estaba viviendo en una casa colectiva con 200 o 300 personas. Era horrible, no había ventana, dormíamos en el suelo, y tenía que trabajar para que me dieran comida. Al final mis padres enviaron el dinero para el bote. Una mañana me dijeron: "Tu bote está listo". Cuando lo vi, era un bote de plástico y pensé: 'No me voy a meter ahí, pero hay hombres armados, así que simplemente vete. No hay vuelta atrás'. El bote estaba lleno, el olor a combustible estaba enfermando a todos. El barco subía y bajaba, algunas personas lloraban, en cualquier momento podríamos haber muerto.   Para nosotros, Europa es mejor que cualquier cosa. Hay esperanza. Tengo un hermano más pequeño y si quiere venir de esta manera, le diré que no. Si hubiera sabido todo lo que iba a pasarme, me habría quedado en Gambia.
    16

    Babucar Njie, 25 años, de Gambia: "Salí de Gambia por las condiciones de vida en el país. Fui de Senegal a Malí, luego a Burkina Faso y después a Níger.

    Desde Níger, algunos traficantes nos trajeron a Argelia. Allí nos llevaron a una casa y nos dijeron que teníamos que pagar 15.000 dalasis (unos 280 euros). Nos hicieron llamar a nuestra familia para que enviaran el dinero. Algunos de mis hermanos gambianos sabían cómo escapar, así que los seguí y llegamos a Tamanrasset (Argelia). Allí fuimos secuestrados de nuevo y tuvimos el mismo problema, nos pedían dinero. Esta vez no tuvimos forma de escapar, así que mi familia tuvo que pagar.

    Si no llamas a tu familia, te golpean. Si tus padres no pagan, te golpean y los llaman para que puedan escuchar cómo lloras. Después de eso, me llevaron a Sabratah, en Libia: el lugar más terrible en el que he estado. Ni siquiera nos dieron agua y los libios fueron desagradables. Algunas vecen bebían alcohol y luego nos golpeaban.

    Estaba viviendo en una casa colectiva con 200 o 300 personas. Era horrible, no había ventana, dormíamos en el suelo, y tenía que trabajar para que me dieran comida. Al final mis padres enviaron el dinero para el bote. Una mañana me dijeron: "Tu bote está listo". Cuando lo vi, era un bote de plástico y pensé: 'No me voy a meter ahí, pero hay hombres armados, así que simplemente vete. No hay vuelta atrás'. El bote estaba lleno, el olor a combustible estaba enfermando a todos. El barco subía y bajaba, algunas personas lloraban, en cualquier momento podríamos haber muerto.

    Para nosotros, Europa es mejor que cualquier cosa. Hay esperanza. Tengo un hermano más pequeño y si quiere venir de esta manera, le diré que no. Si hubiera sabido todo lo que iba a pasarme, me habría quedado en Gambia.