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OPINIÓN

La factura demográfica está al llegar: ¿tenemos fondos en la cuenta?

La gran masa de población que ahora está en edad productiva pronto pasará a ser pasiva. ¿Está América Latina y el Caribe preparada?

Juanita Barbosa, de 75 años, en su casa de San Pedro de Atacama (Chile).
Juanita Barbosa, de 75 años, en su casa de San Pedro de Atacama (Chile).

América Latina y el Caribe está en plena transición demográfica, es decir, está pasando de tener altas tasas de fertilidad y de mortalidad que implican el nacimiento de muchos hijos pero la supervivencia de pocos, a otra realidad en la que las familias tienen pocos niños y casi todos sobreviven. Como el primer paso de esta transición es la caída en la mortalidad y las familias siguen teniendo mucha descendencia, el resultado son generaciones muy numerosas durante algunos años, hasta que llega esa disminución de la tasa de fertilidad.

Como consecuencia de estos cambios demográficos, durante unos años la proporción de personas en edad de trabajar es mayor en comparación con las personas dependientes, como niños o ancianos. Este periodo es lo que se conoce como bono demográfico: una oportunidad que hay que aprovechar en términos económicos.

Un mayor número de personas en edad de trabajar puede traducirse en un aumento del crecimiento económico de un país y de las contribuciones a la seguridad social que financian servicios públicos esenciales como la salud, la educación o las pensiones. Además, el hecho de que muchos jóvenes aporten con sus impuestos a los sistemas de salud es fundamental para el buen funcionamiento de los presupuestos económicos de los Estados pues, en general, la población joven requiere de pocos servicios en el ámbito sanitario aparte de los meramente preventivos.

Pero el bono demográfico no es una garantía y si se quiere que genere rendimientos es necesario que los países promuevan las condiciones adecuadas para que las generaciones numerosas se incorporen al mercado de trabajo realizando actividades productivas, para que contribuyan a los sistemas de seguridad social y para que lleven estilos de vida saludables que no supongan presiones excesivas en los gastos sanitarios cuando sean adultos mayores.

La perspectiva no es tranquilizadora para los países que en su momento las generaciones del bono no contribuyeron  al sistema de salud durante su etapa productiva

Cuando las generaciones más numerosas envejecen, el bono espira. Pasa a haber, proporcionalmente, más personas dependientes y menos en edad de trabajar. Además, al contrario de lo que sucedía antes, las personas dependientes son adultos mayores y no niños. Empieza a crearse la factura demográfica que, a diferencia del bono, es ineludible: con independencia de que se hayan aprovechado o no las ventajas del bono demográfico, cuando la población envejece hay que pagar la cuenta. Es más, la población adulta mayor requiere de más servicios de salud e incluso de cuidados para realizar actividades cotidianas (como comer y aseo personal), además de pensiones. Con una menor proporción de personas trabajando, hay menos ingresos estatales por impuestos y contribuciones a los sistemas de seguridad social.

La perspectiva no es tranquilizadora para los países que en su momento no aprovecharon la fase del bono demográfico, aquellos cuyas generaciones del bono no contribuyeron —directa o indirectamente— al sistema de salud durante su etapa productiva. Muy probablemente se encontrarán con instituciones débiles y con una financiación insuficiente para hacer frente a sus crecientes necesidades de salud. Si, además, estas generaciones no llegan con buena salud a la tercera edad, las demandas en servicios médicos y cuidados pueden ser aún mayores, como sugieren los casos de México y Chile, donde ha aumentado significativamente el deterioro de las condiciones de salud entre los mayores de 60 años. Cuando se da el caso de que las generaciones numerosas no cotizan para tener una pensión durante su juventud, el resultado es que tanto las familias como los gobiernos no cuentan con los recursos necesarios para hacer frente a la factura demográfica.

En muchos países de América Latina y el Caribe el bono demográfico empieza a disminuir y se invierte la proporción entre la población en edad de trabajar y la población dependiente. Se aprecia ya un aumento del número de personas mayores, mientras se dan tasas de natalidad cada vez más bajas. Sin embargo, aún hay capacidad de respuesta y algunos Estados de esta región todavía pueden apalancar el bono demográfico para hacer frente a la factura.

Invertir en salud preventiva para promover el envejecimiento saludable es un requisito fundamental. Los países con las poblaciones más envejecidas están justo a tiempo de diseñar y fortalecer las políticas públicas que promuevan el acceso a servicios de cuidado de calidad coordinados con los servicios de salud, para reducir y posponer la factura demográfica de salud.

Nadin Medellín Almanza es consultora en la División de Protección Social y Salud del Banco Interamericano de Desarrollo. Pablo Ibarraran es especialista líder en la División de Protección Social y Salud del Banco Interamericano de Desarrollo.

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