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¿Por qué nos enganchan los besos?

Cada vez que alguien roza nuestros labios estallan las hormonas que activan terminaciones nerviosas de nuestro cuerpo y que producen un agradable placer físico y psicológico.

CUALQUIER COSA menos besos en la boca”. Es una frase que Julia Roberts, en su papel de prostituta en Pret­ty Woman, le espetó a su cliente, Richard Gere, para dejarle claro que toda ella estaba en venta menos un beso. Todos los espectadores entendieron su significado: este acto es quizás el más íntimo, emocional y comprometido entre dos personas. Nuestra cultura lo entiende como un gesto sexual blanco, el único bien visto públicamente: los padres lo hacen delante de sus hijos, y los recién casados, delante de sobrinos, abuelas y hasta del monaguillo frente al altar. Pero la realidad es que se trata de un detalle cargado de erotismo, uno de los contactos físicos más intensos que pueden regalarse dos amantes. La tormenta hormonal que provoca es tal que por sí sola es capaz de desencadenar el enamoramiento.

El recuerdo del beso y de todo lo que le rodeó viene a nuestra cabeza de forma recurrente y sin que podamos controlarlo

Cierre los ojos y pida a cualquiera que suavemente roce sus labios con un dedo. Notará cómo, con este gesto tan aparentemente tonto, le estremece un torbellino de sensaciones, pues, gracias a la finísima piel de los labios, sus terminaciones nerviosas están a flor de piel. Pero ya antes de esto hay un momento de anticipación. Esa mirada cómplice que le precede y el acercamiento de las caras ya activan nuestro organismo. Comienza a hacer de las suyas la dopamina, un neurotransmisor que, de entrada, aumenta la tensión arterial y acelera el pulso, lo cual nos propina un chute de energía y agudiza nuestros sentidos. Pero además desencadena efectos emocionales: nos provoca que busquemos una recompensa, un regalo, un refuerzo. Por si fuera poco, en los momentos previos al beso (y cuanto más se prolongue este instante mágico, mayores son sus efectos hormonales) se segrega noradrenalina, que es una de las responsables del estrés, con la consiguiente puesta en estado de alerta de nuestro organismo: los ojos escrutan e interpretan cualquier señal, el cuerpo se tensa y se prepara para actuar, la piel aumenta su sensibilidad (y, por tanto, también nuestra boca…). Entonces los labios se rozan y transmiten al cerebro todo un dossier de datos sobre humedad, presión, temperatura… (no es casual que las madres midan la fiebre de sus hijos con más precisión que un termómetro solo con besarles la frente). En este instante la dopamina —que ya se puso en marcha con las miradas previas entre los dos amantes— llega al cerebro y produce su complemento perfecto: la feniletilamina, una sustancia de nombre endiablado que, sin embargo, provoca una divina sensación de plenitud y felicidad.

Y aquí llegamos a la pregunta del millón: ¿por qué los besos de amor suelen ser con lengua? Por una cuestión evolutiva. A través de la unión de dos bocas con sus lenguas hay un intercambio de saliva. La del hombre impregna a la de su pareja de testosterona, una hormona que incrementa el deseo sexual y que va ligado a la pasión amorosa y a la continuidad de la especie. Entonces el organismo empieza a liberar oxitocina, esa hormona que las mujeres conocemos tan bien por los partos: es la sustancia que te hace sentir flotando entre nubes, que favorece la intimidad con el otro y que hace que surja el apego. A esta bomba de hormonas se suman las que faltaban para completar el planazo: las endorfinas, que añaden sensación de placer y bienestar.

¿Por qué nos enganchan los besos?

Todo esto tiene un efecto colateral maravilloso, que es el descenso de los niveles de cortisol —se da un ­bajón especialmente rápido en las mujeres—, una hormona que se libera por la tensión acumulada en las ­fases previas al beso y provoca la relajación de todos los múscu­los: sentimos una deliciosa laxitud física. Solo con esto podemos acabar enganchados a esa persona. El proceso continúa después del beso, y al día siguiente, y al otro, porque nuestro organismo no para, le venga bien o no a nuestros planes sentimentales. Así que toda esta experiencia pasa a nuestra memoria episódica, que es la que archiva los hechos vividos y las sensaciones que nos produjeron, pudiendo rememorarlos sin que hacerlo dependa de nuestra voluntad. El recuerdo del beso y de todo lo que le rodeó viene a nuestra mente de manera recurrente y sin que podamos controlarlo; así que no podemos quitarnos de la cabeza a esa persona.

La oxitocina no se va así como así de nuestro cuerpo, y eso fortalece el vínculo con el amante. La feniletilamina tampoco, y eso nos hace sentirnos felices al lado de esa persona. Pero las endorfinas nos la juegan rebajando sus efectos, lo que nos provoca una inquietud, un malestar muy desagradable, que compensamos activando la producción de dopamina creando una nueva expectativa: volver a besar a esa misma persona. Si no lo hacemos, nos desenganchamos en un tiempo; pero si le volvemos a besar, se vuelve a cerrar el círculo y echamos de menos otro y otro…, y besar se convierte así en una necesidad, una especie de adicción. Aviso: no vuelva a decir “no pasó nada, fue solo un beso”. No se lo cree ni usted.