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San Valentín: si te regalan esta flor significa que te odian

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En la época victoriana, los amantes se enviaban mensajes a través de elaborados ramilletes. Cada ejemplar tenía un significado. Hoy desconocemos ese lenguaje secreto, pero seguimos recurriendo a él para expresar nuestros sentimientos.

EN ESTE presente de emoticonos y likes, quizá la idea de comunicarse con flores resulte demasiado sutil y desde luego innecesaria. El lenguaje de las flores se inventó cuando no existía Tinder ni WhatsApp, y eran raros los lugares y momentos donde chicos y chicas pudieran mirarse, acercarse y entablar una conversación que quién sabe adónde llevaría. Las oportunidades de relacionarse, y no digamos de ligar, eran escasísimas: en la época victoriana, el código de comportamiento entre la clase alta era tan rígido que había que ingeniárselas para poder comunicarse con el amante o pretendiente sin que se armara un escándalo.

En aquella sociedad de maneras galantes y delicadas, y de protocolos innumerables y complicados, dieron con un sistema para mandar mensajes amorosos a la altura de su sofisticación: un lenguaje secreto con el que asignaron significados a las flores para que estas sirvieran de código colorido y fragrante.

Aunque no lo sepamos, la camelia significa “te querré siempre”; el clavel rojo, “corazón que suspira”, y la dalia violeta, “mi amor por ti es fuerte y crece cada día”

Al parecer fue una aristócrata británica, lady Mary Wortley Montagu, la que introdujo esta moda en su país: estaba casada con el embajador de Reino Unido en Turquía, con quien vivía en Constantinopla. Allí encontró totalmente fascinante y sexy que las mujeres de los harenes utilizaran las flores para comunicarse entre ellas sin que sus guardas tuvieran ni idea de que se estaban mandando mensajes cuando se regalaban las unas a las otras florecillas cogidas de los jardines del palacio. “No hay color, flor, hierba, hierbajo, fruta, piedra o pluma a la que no corresponda un verso; puedes discutir, reprochar o mandar cartas de pasión o amistad sin ni siquiera mancharte los dedos de tinta”, escribió maravillada ante el descubrimiento.

Unos años más tarde surgiría el furor por la “floriografía” después de que Louise Cortambert escribiera, bajo el seudónimo de Madame Charlotte de La Tour, Le langage des fleurs, el primer diccionario oficial de esta nueva disciplina amorosa, al que siguieron muchos otros publicados en distintos países, cada uno con su particular listado de flores y significados. En España tuvimos en 1870 el de Florencio Jazmín (seudónimo muy apropiado para la circunstancia), quien enriqueció su “lenguaje de las flores” con “el de las frutas, las piedras y los colores, el pañuelo, el abanico y la sombrilla”.

Los significados otorgados a cada flor podían tener un origen mitológico —como el del vanidoso Narciso— o deberse a sus características —como la “mimosa” Acacia, que mueve sus hojas cuando se la acaricia— o a sus propiedades medicinales o mágicas.

En Inglaterra, las flores se entregaban a la persona objeto de deseo en ramilletes llamados tussie-mussies, en los que una especie principal —el mensaje— se rodeaba de hierbas olorosas y hojas verdes para crear un pequeño buqué que se envolvía en una coqueta blonda de papel.

Los caballeros más avezados en el arte de la galantería encargaban en las floristerías complicados arreglos florales cuajados de te quieros y te amos encarnados en flores multicolores en los que hasta el lado en el que se colocaba la lazada tenía un significado.

Hoy día no estamos para tantas florituras. Pero las flores siguen formando parte de los momentos importantes de nuestras vidas: nacimientos, bodas, enfermedades, aniversarios, fallecimientos. Seguimos encontrando en ellas una manera de expresar sentimientos que a veces nos quedan grandes, de ce­lebrar momentos cruciales o de honrar pérdidas para cuyo consuelo no encontramos palabras aunque ya no sepamos que la camelia significa “te querré siempre”; el clavel rojo, “corazón que suspira”, o la dalia violeta, “mi amor por ti es fuerte y crece cada día”.

En realidad no hace falta ningún diccionario para entender lo que transmiten las flores. Desde luego, la rosa roja es ya difícil desligarla de la idea del amor apasionado, pero cualquier ejemplar de esa tonalidad transmite la misma sensación fogosa. Las plantas bulbosas, con sus tallos tiernos y las flores despuntando —jacintos, anémonas, ranúnculos—, trasladan una sensación de novedad y delicadeza idónea para festejar la llegada de un recién nacido. Para celebrar una amistad, flores alegres, variadas, de un montón de colores, juntas en un ramo desordenado. Cargadas de pétalos y olores, nos lo ponen fácil aun sin glosario en la mano. Aunque, cuidado, no todas van cargadas de buenos deseos: si queremos mandar sutilmente a la porra a alguien, con un ramito de albahaca le estaremos diciendo muy elegantemente “te aborrezco”. 

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