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OPINIÓN

El holocausto de nuestros días

Es incomprensible que los medios de comunicación occidentales no denuncien más y con mayor rigor el genocidio rohingya

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Un refugiado rohingya lleva en sus brazos a un bebé después de llegar en barco a Bangladesh después de huir de su pueblo en Myanmar, el 1 de octubre de 2017 en Cox's Bazar, Bangladesh. Getty Imágenes

¿Se imaginan que el genocidio que se cometió contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial se repitiera? Muchos diréis que es imposible que algo así vuelva a suceder porque, primero, el proyecto de la Organización de las Naciones Unidas habría fracasado y, segundo, ningún país toleraría otra vez tal terrible suceso. Aunque entre los lectores imagino que también habrá alguien que no creerá ciegamente en este mundo y en los políticos que lo gestionan.

Pues, señoras y señores, otro genocidio está pasando delante de nuestras narices. A unos cuantos miles de kilómetros y cruzando varios mares existe un país que se llama Myanmar, lo que antes conocíamos como Birmania. ¿No saben que está ocurriendo? El ejército nacional, con el apoyo de movimiento budista y otros grupos nacionalistas, está llevando a cabo la limpieza étnica de los rohingya.

Los rohingya son una comunidad musulmana que residía en Birmania desde el siglo VIII y que fue ampliándose en número por su importación como mano de obra a manos del Imperio británico. Además de la religión, se caracterizan por hablar el rohingya, una mezcla de árabe, urdu y birmano. Ellos se consideran indígenas de Birmania, mientras que el Gobierno los ve como extranjeros invasores. Les han convertido en un pueblo sin país. Les han usurpado la nacionalidad y la tierra donde nacieron.

¿Qué está pasando?

Los rohingya viven una situación extrema desde hace décadas. La Ley de Nacionalidad de 1982 negó la ciudadanía a este grupo étnico e incluso se rechazó llamarlos grupo étnico. Esta ley de odio trajo unas consecuencias terribles para la comunidad, privándola de los accesos a los derechos más básicos como la sanidad, educación, trabajo, matrimonio… Y al censo electoral, posiblemente la única forma que tendrían para hacer presión política. Oficialmente, el discurso del Estado es que son personas de nacionalidad bengalí pese a haber vivido y nacido en su territorio. En resumidas cuentas, para el Estado de Myanmar esta comunidad no existe ni tiene el derecho a existir. ¿Cruel? ¿Ilógico? En este pequeño país se desenmascaran muchas cosas, aquí algunos datos:

La portavoz del Gobierno que gestiona el país es una persona que fue Nobel de la Paz en 1991: la defensora de derechos humanos Aung San Suu Kyi. Otra cara visible del movimiento antimusulmán de Birmania es el budismo. En este país, la mayoría de la población es budista y el líder del movimiento budista contra los musulmanes se llama Wirathu. Este monje preside 969 y Ma Ba Tha, movimientos nacionalistas birmanos que luchan contra la presencia de los rohingya. Este movimiento populista y xenófobo estereotipa a los rohingya, tachándoles de terroristas que quieren invadir Birmania e imponer sus tradiciones.

El Gobierno ha creado campos de refugiados que realmente son cárceles por las condiciones que imponen; no pueden salir y la comida llega con cuentagotas. Así que la única opción que barajan los rohingya para agarrarse a la vida es migrar a Bangladés. Allí, las organizaciones no gubernamentales, que en Myanmar están limitadas, les ayudan y ofrecen algunos alimentos básicos, pero la pobreza y el hambre vencen esta lucha de supervivencia. Es difícil cuantificar el número de personas asesinadas y retenidas por el gobierno birmano en los campos de concentración creados en Birmania. No da cifras. Las únicas con las que contamos son las que ofrecen las ONG que trabajan en los campos de refugiados que ha habilitado el Ejecutivo de Bangladés en su territorio. Según la ONG UKAid y la Agencia de la ONU para los refugiados (Acnur), cerca de 623.000 rohingya han llegado a Bangladés desde agosto de 2017.

En resumidas cuentas, en Myanmar se está llevando a cabo un cruel holocausto. Solo hace falta ver algunas imágenes y vídeos: se destruyen hogares, se violan mujeres, se queman niños y hombres e, incluso, se sacrifican personas para agradar a dioses. Primitivo, ¿verdad? Sí, y actual.

En pleno siglo XXI somos espectadores de la extinción del sentimiento de humanidad y respeto

Delante de nuestras narices se está superando lo que fue el acontecimiento más terrible de la Historia. En pleno siglo XXI somos espectadores de la extinción del sentimiento de humanidad y respeto. Mientras este holocausto está aconteciendo en Birmania, Bangladés está ofreciendo asistencia humanitaria a estas personas exiliadas.

Bangladés es un país mucho más pequeño que Birmania, está más poblado y es más pobre. Al final, el pobre es el único que ayuda al de su misma especie. Mientras esto está pasando, en Occidente seguimos pendientes de los shows de Donald Trump y de la vestimenta de su compañera. Puede ser mínimamente entendible que los medios de comunicación birmanos manipulen y censuren la información que no llega pero es totalmente incomprensible que los medios de comunicación occidentales no denuncien más y con mayor rigor este genocidio inhumano. Exijamos la paz y trabajemos en ella. Parece que ya nos olvidamos de lo que pasó a otros. No podemos tolerar esto porque puede ser un anuncio de la nueva política mundial. Respondamos y superemos los retos que nos están asolando por culpa del ser humano. Somos nuestros propios depredadores.

“Nunca olviden que todo lo que Hitler hizo en Alemania era legal” Martin Luther King

Abdel Belattar es educador social, especialista en migraciones y mediador intercultural en la Universidad de Valencia