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Opinión

¿Nos vamos a quedar callados?

La comunidad internacional se ha mostrado pasiva y falta de iniciativas al evitar conflictos como el de Siria, que ya dura casi siete años

Refugiadas sirias en Chatoura, Líbano.
Refugiadas sirias en Chatoura, Líbano.

Líbano, con cuatro millones de habitantes, ha acogido en los últimos siete años a más de un millón y medio de refugiados que huyen de la guerra en la vecina Siria. Este país se ha convertido en un auténtico banco de pruebas en la creación de conflictos, con reiteradas crisis políticas y económicas, por lo que apenas puede atenderlos en unas mínimas condiciones.

Su mayor fuente de ingresos procede de la llegada de divisas de la diáspora en primer lugar y en segundo lugar de la agricultura. Y de ello derivan muchos de los problemas con los libaneses. Muchos campos de refugiados, en unas condiciones pésimas, no son estatales. Son terrenos de propiedad particular y, después de tanto tiempo, sus dueños están cobrando alquiler por ellos, por no decir la electricidad, el agua, etc. Supone unos 80 dólares por tienda, donde aproximadamente viven entre unas cuatro y seis personas, en la mayoría de los casos mujeres viudas con niños pequeños que son dependientes totalmente de la ayuda humanitaria. Los refugiados, que lo son contra su voluntad y por un auténtico estado de necesidad, se ven obligados además a romper el mercado de trabajo en el campo. Mujeres y jóvenes, casi niños, trabajan en faenas agrícolas o recogiendo basuras.

La organización aragonesa Arapaz estuvo hace unos días en Líbano ejecutando proyectos de ayuda humanitaria en la zona del Valle de la Beqáa, en concreto en Chatoura, cerca de la frontera con Siria. Una zona en la que estuvimos ya hace un año también realizando repartos de ayuda en campos de refugiados, y la situación ha empeorado: se ha reducido la ayuda por parte de las organizaciones humanitarias y a eso se añade un aumento de la tensión entre los refugiados y la población autóctona.

Además, Líbano todavía acoge a casi cuatrocientos mil refugiados palestinos entre Sabra y Chatila en el propio Beirut y en el valle de la Beqáa desde los años cincuenta, también con muchas limitaciones a la hora de poder trabajar. Las oenegés podemos poner pequeños parches a una rueda que pierde aire por todos los sitios, pero también podemos denunciar.

Líbano ha acogido en los últimos siete años a más de un millón y medio de refugiados

La comunidad internacional se ha mostrado pasiva y falta de iniciativas al evitar conflictos sustituyendo la prevención por la agresividad diplomática en función de sus intereses nacionales. Las grandes potencias son responsables de las guerras aunque intenten vender que se trata de problemas religiosos, étnicos o de frontera. Eso es solo un importante accesorio que conduce a combatir a gente que en situaciones normales no matarían ni a una mosca. Lo fundamental es que el capitalismo agresivo a través de grandes empresas, fabricantes de armas, laboratorios, etc., necesitan generar de las guerras donde menos molesten para ir sustituyendo sus “existencias” por otros más modernos.

De este modo, la guerra de Siria terminará cuando tengan en ciernes otros lugares geográficos donde desarrollar otra similar a la actual de Oriente Medio, si no la prolongan desestabilizando otros países de ese mismo entorno y, por supuesto, dejando refugiados y alargando el problema en el tiempo.

Y mientras tanto nosotros como europeos no estamos exentos de complicidad. Naciones Unidas es lo único de lo que disponemos la sociedad civil internacional, pero la ONU está dirigida y manipulada por los países más poderosos del orbe. El derecho a veto de media docena de Estados decide por todo el resto en un perverso ataque a la democracia.

Los europeos estamos viendo el ridículo que están haciendo nuestros gobiernos. Europa que, con sus dos guerras mundiales, fue en el siglo pasado origen de refugiados e inmigrantes que fueron acogidos en otros países, no solo es incapaz de parar la guerra, sino que está dejando que se pudra la situación con miles de civiles ahogados en el Mediterráneo o hacinados en campos de refugiados en Líbano, Jordania, Egipto, Turquía o Libia.

Instamos al Parlamento Europeo a que obligue a sus gobiernos a acelerar la salida de refugiados hacia Europa, ya no solo por su supervivencia, sino también para no aumentar más el padecimiento de sus habitantes y prevenir así posibles estallidos xenófobos. Al final puede desembocar en la miseria moral de enfrentamiento entre desahuciados.

Cuando esto se escribe, Estados Unidos acaba de lanzar un misil diabólico hacia la diplomacia internacional al reconocer Jerusalén como capital israelí. No nos engañemos, no es un simple capricho de un presidente, en todo caso el de un “pelele” de los grandes intereses del capitalismo internacional, que apaga el fuego con gasolina.

Agustin Gavin Blasco es presidente de la organización Arapaz, que realiza tareas de ayuda humanitaria en campos de refugiados en Líbano.

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