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“Hace mucho frío en Moria. ¡Qué vergüenza para Europa!”

A lo largo de mi vida, y debido a mi trabajo, he visto muchos campos de personas refugiadas, pero jamás había visto a la gente en unas condiciones tan lamentables como en Lesbos

Un refugiado trata de calentarse y otro juega con un perro en el campo de Moria, a principios de diciembre.
Un refugiado trata de calentarse y otro juega con un perro en el campo de Moria, a principios de diciembre.

Regreso de Lesbos muy tocada. He estado en el campo de refugiados de Moria esta mañana. ¡Qué vergüenza para Europa! ¿Cómo podemos permitir que exista un lugar así dentro de nuestras fronteras? Casi 7.000 personas, incluidos muchos niños y niñas, viviendo en un sitio con capacidad para poco más de 1.500. A lo largo de mi vida, y debido a mi trabajo, he visto muchos campos de personas refugiadas: he estado en República Centroafricana, en Angola, en Chad, en Burkina Faso, en Sri Lanka tras el tsunami, en Haití después del terremoto, pero jamás había visto a la gente en unas condiciones tan lamentables. Y hace frío. Mucho frío.

Las personas que llegaron hace meses tuvieron la suerte de ser alojadas en containers, pero con el hacinamiento actual, pueden llegar a convivir 20 personas en estancias dimensionadas para cuatro. Asomamos la cabeza en uno de ellos, ocupado por “los hombres que viajan solos”, la única categoría de personas que en teoría tendría que ocupar el campo de Moria. Pero desde la firma del tratado con Turquía, Lesbos alberga también a familias, mujeres y niños. “Este es el punto central del campo” nos comenta Jalil. El bullicio es impresionante, niños y niñas correteando y jugando con las montañas de basura que se amontonan por todos lados. Gente por todos lados intentando no pisar las tiendas instaladas literalmente en lo que antes eran las calles del campo. Cuesta encontrar un hueco vacío de más de un metro cuadrado. Estas tiendas son el hogar de la gente que han llegado en los últimos meses, y están mayoritariamente ocupadas por mujeres y niños. Si bien hace un tiempo se intentaron respetar criterios de vulnerabilidad e instalar a mujeres solas y niños en otro campo mejor preparado, actualmente el criterio que impera es el simple orden de llegada, vulnerándose así la regla básica de dar una atención especial a quienes son más vulnerables.

Cruzamos el mar de tiendas y vemos mujeres dentro matando las horas, miradas perdidas, sin poder ofrecernos ni una sonrisa, algunas con el móvil o intentando callar a un bebé. Me comenta Jalil que les dan una manta por cabeza (las veo, son muy finas). “Es totalmente insuficiente con el intenso frío de estos días”, comenta. Y yo intento pasar rápido escondiendo las ganas de llorar de impotencia. Vemos los baños y las duchas, hace muchos días que no se han limpiado, el frío, la suciedad y los olores no invitan a utilizarlos, algunas mujeres sí se deciden a lavar la ropa. Luego por la tarde, cuando visitamos el centro de mujeres que tiene Oxfam en la ciudad de Mytilene, entenderé por qué las mujeres se pasan 30 minutos en las duchas con sus pequeños. Muchas están dos o tres semanas sin lavarse y cuando vienen aquí este espacio les devuelve un poquito de dignidad.

En Moria hay lo que se conoce como el detention centre (centro de detención), donde parte de las personas recién llegadas quedan arrestadas

Saliendo del campo a la izquierda, Jalil nos señala el detention centre, la zona más temida por los recién llegado. Aquí los que tienen menos suerte quedan arrestados sin poder salir, por cometer el gran «crimen» de pertenecer a una de las 28 nacionalidades que se considera que no tienen motivos para pedir asilo, y cuyo delito es migrar en busca de una vida mejor. Aquí no podemos entrar, no me quiero imaginar las condiciones que hay al otro lado de sus puertas. Jalil nos comenta que él estuvo allí. Le cambia la cara, lo pasó muy mal. “Por ley solo nos pueden retener 20 días, yo estuve 2 meses”, nos comenta. “Y solo podía salir para ir al baño, todo el día encerrado en un container, fue una pesadilla”. Jalil lleva más de un año en Moria. Espera con resignación una resolución de su solicitud de asilo que no acaba de llegar. Tiene esperanza, dice. No le queda otra.

Mientras Europa mira impasible la desgracia de estas gentes, preocupada sólo por su bienestar. Nunca me había sentido tan avergonzada de ser de donde soy. Estamos ante una gran crisis política, con un grupo de Estados que quieren contener a toda costa la llegada de seres humanos a su territorio, que son tratados peor que animales en las islas griegas, simplemente para demostrar que el tratado entre la Unión Europea y Turquía funciona y así disuadir a todos aquellos que buscan refugio en nuestro continente.

La solución sería muy simple, existen recursos para que estas personas sean acogidas dignamente, pero no interesa

¿Dónde quedó la humanidad de la especie llamada humana? ¿Cómo podemos permitir que esto esté pasando aquí, en la próspera Europa? La solución sería muy simple, existen recursos para que estas personas sean acogidas dignamente, pero no interesa.

Y contra viento y marea, el inmenso trabajo de los abogados de European Lawyers in Lesvos y de Greck Council for Refugees, que trabajan literalmente siete días a la semana, muchos de manera voluntaria. Acompañan e intentan aliviar el sufrimiento de tantas familias, menores, mujeres y hombres que esperan pacientemente en condiciones inhumanas a que sus casos sean considerados en un sistema legal caótico e imprevisible que cuesta creer que no sea dirigido y mantenido a conciencia.

Oxfam Intermón trabaja a partir de las evidencias que recogen estas dos organizaciones para buscar y exigir cambios políticos que reconozcan los derechos de las personas que siguen y seguirán llegando a islas griegas. Influir en los gobiernos sobre esta situación en concreto es básico para evitar que el modelo de Grecia y el Tratado UE-Turquía no sea adoptado por otros países en futuras crisis humanitarias.

María Chalaux es responsable de acción humanitaria de Oxfam Intermón.

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