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El súbito cambio de percepción sobre el acoso sexual

Muchas organizaciones no están ahora dispuestas a pagar el coste reputacional que representa tener un directivo que acosa

Portada de diciembre de la revista Time.
Portada de diciembre de la revista Time. EFE

Las que rompen el silencio”. Bajo este titular, la revista Time ha destacado en su portada de diciembre a cinco mujeres que han tenido la valentía de denunciar haber sido víctimas de acoso o abuso sexual. La revista ha decidido designar persona del año a quienes han protagonizado la campaña #MeToo (#YoTambién), un movimiento social que ha sorprendido por la rapidez con la que se ha extendido y los fulminantes efectos que ha tenido. Desde el caso Weinstein,la denuncia ha cobrado una fuerza imparable y son ya muchos los hombres con poder que han tenido que dejar sus cargos tras ser señalados como acosadores.

La campaña ha tenido tanto efecto que ahora muchos otros hombres temen ser alcanzados por este vendaval. Y muchos se preguntan qué ha cambiado para que la mera acusación de haberse propasado pueda provocar ahora destituciones y dimisiones fulminantes. Para que conductas del pasado que consideraban normales, puedan pasarles ahora una elevada factura. El fenómeno es complejo, pero se pueden aventurar varios factores. El primero es un cambio súbito de percepción social. Esto no es nuevo. Ocurrió ya con la violencia doméstica. El caso de Ana Orantes, asesinada por su marido después de haber denunciado en televisión una vida de palizas y humillaciones, marcó un punto de inflexión en la percepción social. La violencia machista dejó de ser un asunto privado y pasó a considerarse una realidad lacerante que se mantenía oculta porque formaba parte de las reglas de juego del poder machista.

Lo mismo sucede con el acoso sexual. Las encuestas revelan que es un fenómeno muy generalizado, pero difícilmente sale a la luz porque forma parte de las relaciones de poder. Quienes acosan o abusan son hombres que utilizan el poder para conseguir favores sexuales. Ocurre sin embargo que ahora hay muchas mujeres con formación, autoestima y también poder suficiente como para decir basta. Algunas han roto la barrera del silencio y muchas otras las han seguido, cansadas de una humillación que consideran insoportable. No es casualidad que el punto de inflexión haya sido la caída del poderoso productor de Hollywood. Que las denunciantes sean actrices famosas y con gran proyección pública, ha dado carta de naturaleza al fenómeno: si ellas han sufrido acoso, qué no ocurrirá con otras mujeres que no tienen ningún poder.

Ahí radica otra de las claves de esta eclosión. Las pocas que hasta ahora se atrevían a denunciar salían casi siempre malparadas de su paso por la justicia, pues muchas veces era su conducta la que acababa siendo juzgada. Ahora han comprobado, para estupefacción de muchos acosadores, que hay un sistema mucho más efectivo: la denuncia pública. ¿Por qué la mera denuncia es ahora efectiva? Por el cambio de percepción. Muchas organizaciones y empresas no están ahora dispuestas a pagar el coste reputacional que representa tener un directivo que acosa. El círculo se cierra. Eso puede provocar situaciones injustas, no hay que descartarlo, pero habrá que asumirlo. Más injusto es el abuso impune, y esa era hasta ahora la situación más normal.

 

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