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Los acuerdos están para cargárselos

Trump cultiva el fracaso en Oriente Próximo antes incluso de proponerse el éxito

Varios palestinos queman banderas de EE UU y fotos de Trump.

No es una demostración de fuerza, sino de debilidad. No expresa una política sino lo contrario, su ausencia. Nadie podrá sacar provecho de la medida, salvo quien la ha dictado, Donald Trump, en sus esfuerzos por cumplir sus descabelladas promesas electorales, entre las que destaca el reconocimiento de “Jerusalén como capital eterna del pueblo judío”.

Como superpotencia, Estados Unidos no saldrá reforzada, en nada contribuirá a la estabilidad internacional, ni tampoco sacará provecho o ventaja. Solo será bueno para Trump, que recibirá el reconocimiento de su electorado más extremista, especialmente los llamados evangelistas del sur, cristianos enamorados de los mitos bíblicos en los que se fundamenta la colonización judía de Palestina.

Washington acaba de perder los últimos títulos que pudieran quedarle como mediador honesto entre ambas partes, algo que rima con su pérdida de peso en la región y la creciente influencia de Rusia y China. Si alguien, como era el caso del yerno de Trump, Jared Kushner, pensaba en un plan de paz entre israelíes y palestinos, esta decisión levanta un obstáculo probablemente insalvable.

Todos los presidentes desde Bush padre han tenido su plan de paz y su correspondiente fracaso. Trump cultiva el fracaso antes de proponerse el éxito, a pesar de que se ha resguardado durante su primer año, probablemente a instancias de Kushner, encargado especial para las relaciones con Israel, con el encargo de obtener, a la vez, el reconocimiento de Jerusalén como capital israelí y la paz que hasta ahora nadie ha podido alcanzar.

No se sabe si a Kushner le quedan muchas horas de vuelo en la Casa Blanca o si está ya a tiro del fiscal Robert Mueller, que investiga las turbulentas relaciones entre los trumpistas y los servicios secretos de Putin; pero en las horas previas al anuncio sobre Jerusalén ha desvelado la existencia del mencionado plan de paz, del que ha contado, como única explicación, que se trata de alcanzar las condiciones previas a la victoria sobre el extremismo islámico y la contención de Irán en la región.

El temor al reconocimiento de Jerusalén como capital israelí se ha mezclado así con el temor a este plan cocinado en secreto, sobre todo por el tipo de cocineros saudíes e israelíes que acompañan a Kushner, que no son otros que sus amigos, uno de larga data, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y, otro reciente, el príncipe heredero y hombre fuerte de Riad, Mohamed bin Salmán. La primera novedad que se deduce respecto a los planes de paz anteriores desde Oslo es que Jerusalén no entra en la negociación y los palestinos no podrán instalar su capital en la parte oriental de la ciudad santa.

No se podía esperar nada distinto del trumpismo, obsesivo en su aversión por el orden internacional y por el multilateralismo y especialmente atraído por el imperio del caos, la disrupción teorizada incluso por asesores presidenciales como Steve Bannon, ausente ya de la Casa Blanca aunque no lo están en absoluto sus ideas. Los acuerdos, sean los de Oslo sobre el futuro de Oriente Próximo, sean sobre cambio climático o sobre la desnuclearización de Irán, están para cargárselos. 

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