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Nacionalismos gemelos

El ‘Brexit’ y Cataluña responden a los mismos mitos erróneos sobre soberanía y riqueza

Carles Puigdemont, president de la Generalitat
Carles Puigdemont, president de la Generalitat AFP

El ex primer ministro británico David Cameron no va a pasar a la historia como un líder especialmente inteligente. Sin embargo, en 2014, cuando tuvo que tomar una decisión sobre el referéndum de Escocia, usó la cabeza y abrió la puerta a la consulta (14 de octubre de 2024). Solo el 45% de los escoceses votó a favor de la independencia.

El contraste con lo sucedido en Cataluña es tremendo. Mariano Rajoy cometió la tontería de recurrir a la violencia para impedir el referéndum, a pesar de que una consulta pacífica habría tenido seguramente un resultado similar al de Escocia. Ahora, España y Cataluña están en rumbo de colisión, una situación que habría podido evitarse si el primer ministro español no hubiera adolecido de dogmatismo y un nacionalismo tan intenso como el de la versión catalana.

Los independentistas catalanes han recibido un fantástico impulso gracias a la estupidez de Rajoy. Las imágenes de los policías españoles golpeando a jóvenes y viejos para impedir que votasen crean la imagen de un pueblo oprimido que lucha por su libertad. Y no es cierta. Los catalanes no son un pueblo oprimido. Pueden organizar su sistema educativo en su propio idioma. No existe ningún obstáculo que impida el desarrollo cultural de Cataluña. Es la región más próspera de España y Barcelona, la ciudad más dinámica. Los catalanes hacen oír su voz a nivel regional, nacional y europeo. La imagen de un pueblo oprimido es ridícula. El nacionalismo catalán es del mismo tipo que el nacionalismo británico que desembocó en el Brexit. Está basado en varios mitos.

Cuando los nacionalistas persiguen tener más soberanía formal, consiguen menos soberanía real para su pueblo

El primer mito es que existe un enemigo exterior. Para los partidarios del Brexit, son las autoridades europeas, que imponen su voluntad de forma arbitraria a Reino Unido. Para los nacionalistas catalanes, el enemigo es el Gobierno español, que oprime al pueblo catalán.

El segundo mito es que las personas que luchan por su independencia tienen una identidad claramente definida. Los políticos nacionales tienen que escuchar la voz del pueblo. No puede haber más que una única voz. No hay sitio para otras voces diferentes y opuestas. El Gobierno británico apela al patriotismo y quienes se oponen al Brexit no son patriotas.

El tercer mito es que la independencia producirá una prosperidad económica insospechada. Cuando el pueblo “recupere el control”, tendrá los instrumentos necesarios para lograr el máximo bienestar económico. Ese es el argumento de partidarios del Brexit como Boris Johnson. Cuando el Brexit sea realidad, Reino Unido habrá alcanzado su verdadero destino. La Gran Bretaña global sustituirá a la UE proteccionista. Podrá firmar alegremente acuerdos comerciales con el resto del mundo y eso le deparará una prosperidad sin precedentes. Los nacionalistas catalanes utilizan un argumento similar cuando hablan de que la Cataluña independiente será más próspera.

La realidad es que la globalización debilita la soberanía nacional de muchas maneras. Las grandes multinacionales chantajean a los Gobiernos europeos y casi todos los países, como consecuencia, rebajan el impuesto de sociedades, a pesar de que no hay ningún país en el que la población quiera que se rebajen. Pero eso es posible porque los Gobiernos actúan como entidades nacionales. Si tomaran decisiones conjuntas sobre el impuesto de sociedades en Europa, las multinacionales no podrían ejercer su chantaje.

Para el comercio internacional actual, los aranceles son menos importantes que las barreras no arancelarias. Los países grandes deciden las normas y regulaciones que van a regir el comercio. En la actualidad, son sobre todo Estados Unidos, la UE y China los que pueden aspirar a decidir esas normas y regulaciones. Los demás países no cuentan nada. Por tanto, cuando Gran Bretaña abandone la UE para ganar más soberanía, solo la ganará en sentido teórico y formal. En la práctica, la soberanía será menor. Lo mismo le pasará a Cataluña.

Esta es una paradoja del mundo globalizado: cuando los nacionalistas persiguen tener más soberanía formal, consiguen menos soberanía real para su pueblo. Quieren recuperar el control y acaban teniendo menos. Así acabará Gran Bretaña. Y así acabarán los nacionalistas catalanes si tratan de materializar sus sueños independentistas. La paradoja tiene un corolario: cuando los países de Europa ceden su soberanía formal, el resultado es más soberanía real para sus pueblos.

Paul de Grauwe es catedrático de Economía en la Universidad de Lovaina e investigador asociado del CEPS.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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