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‘Detroit’, frente al terror del racismo contemporáneo

El terror de hoy carece de racionalidad y de motivación; el odio racial es el impulso único

Fotograma de 'Detroit', de Kathryn Bigelow
Fotograma de 'Detroit', de Kathryn Bigelow

Detroit, de Kathryn Bigelow, se ha convertido ya en la película translúcida del año. Está ahí, en las pantallas, pero se mira a través de ella como pasa la luz a través de los cuerpos translúcidos, sin prestarle la cuota mínima de atención que merece un relato que, al tiempo que habla de los disturbios raciales de 1967 en la ciudad más grande de Michigan, también enseña las lacras sociales y políticas de 2017. La omisión de Detroit en las preferencias del público y el inconfundible desdén de la crítica revela una crisis (¿pasajera?) de la demanda de productos cinematográficos de alta densidad. En poco tiempo, los gustos del mercado han pasado de valorar con cierto entusiasmo productos como Zero Dark Thirty a rendirse en masa ante los colorines del Juego de tronos del momento.

Detroit es un alegato contra el racismo filmado por una directora de derechas. La intensidad y eficacia del alegato nos informa de que en España existe un concepto equivocado de derecha. En Estados Unidos, un artista de derechas percibe y siente la realidad con un hálito liberal incombustible y la honradez de quien está comprometido con el análisis de lo que ve. Ahí están los casos de John Ford (“un republicano de Maine” despectivo con la caza de brujas en Hollywood) o Howard Hawks para demostrarlo. Pero la singularidad de Detroit hay que buscarla en el modo como se corporeiza en pantalla el sermón antirracista, bien amargo por cierto. Lo que empieza construido como un documental (imágenes de la época, rodaje cámara en mano, montaje paralelo para sintetizar el origen y desarrollo de los catastróficos disturbios), muta, tras una suave transición, en una película de terror —casi gore— desde que el relato se entra en los sucesos del Algiers Motel. Gracias al talento de Bigelow, el racismo aparece con su verdadero rostro, un revoltijo obsceno de miedo, justificaciones despreciables, condescendencia hacia los negros detenidos tratados como mascotas o lagartijas a las que se puede cortar la cola y un sadismo reprimido pero irreprimible. En esa contradicción está el quid. Que el tramo final adopte la forma de un thriller judicial reduce la opresión precedente, pero a cambio informa que el racismo es, hoy por hoy, inextirpable; las medicinas políticas y las grandes declaraciones jurídicas no surten efecto.

Bigelow reconstruye hechos pasados, pero la ficción resultante interpreta las profecías sobre el mal contemporáneo. Su película parece una visualización de las tesis de Hans Magnus Enzensberger: el mal, el terror de hoy carece de racionalidad y de motivación; el racismo, es decir, el odio, son el impulso único. Es un vector que asesina en cualquier dirección, sin argumento ni finalidad. Hay que ver Detroit no como cine histórico, sino como la descripción del horror presente y también del que nos espera mañana.

Mutato nomine de te fabula narratur, advirtió Horacio: Aunque con nombre cambiado, es de ti de quien habla esta fábula... De ti Puigdemont, Harry Potter revejido, porque el independentismo sobre el que cabalgas tiene una fétida matriz de supremacismo tribal. Pero esta es otra historia.

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