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La comunicación en la familia no solo es cuestión de cantidad sino de calidad

Cuando abrazamos, sonreímos o miramos estamos diciendo algo. Nada es tan enriquecedor como la interacción humana verbal y no verbal

La comunicación en la familia no solo es cuestión de cantidad sino de calidad

Si pensamos en los bebés que tenemos a nuestro alrededor, hijos, sobrinos, nietos, alumnos, que hay unos hitos claros por los que todo el mundo pregunta y se preocupa ¿ya se sienta? ¿ya anda? ¿ya habla? De alguna manera, al centrarnos tanto en ellos, parece que estos hechos surgieran casi mágicamente, como si los aprendizajes previos no hubieran servido de andamio para estas grandes hazañas. Por este motivo, hoy me voy a olvidar del lenguaje oral y me voy a centrar en la comunicación no verbal. Todavía recuerdo a una profesora de la universidad que nos dijo: “no se puede no comunicar nada, ¿lo habéis pensado alguna vez?".

Pensemos en un recién nacido y en cómo se comunica con su madre. Sabemos de la importancia del contacto piel con piel, del olor, de las sensaciones vestibulares, del diálogo tónico, etc.… Con estas interacciones estamos introduciendo al niño en el mundo de las relaciones afectivas y según reaccionemos a su manera de comunicarse, irá aprendiendo que maneras son más o menos efectivas para cubrir sus necesidades. Por todo esto, desde el principio, es tan importante cómo prestamos atención y respondemos a sus intentos comunicativos que van a ser miradas, vocalizaciones, gestos, agitación motriz, etc..

Algo tan sencillo como cuando establecemos turnos con los peques. En ese instante, por ejemplo, estamos promoviendo situaciones en las que compartimos interacciones, creando las bases de las futuras conversaciones. Así como, al verse tenidos en cuenta y que les respondemos, alentamos que siga intentando comunicarse de todas las formas que encuentre. ¿Os habéis fijado cuántas cosas se pueden decir solo con una mirada? Y para favorecer una mirada, solo tengo que ponerme a la altura del otro y esperar a que esté preparado para conectar conmigo.

Más adelante, comienzan a señalar y a intentar decir palabras hablando en jerga. Es fundamental que el adulto haga el esfuerzo por intentar interpretar lo que nos quieren comunicar para “traducírselo” a palabras. Como por ejemplo: “un árbol”, “¿tienes hambre?”, “estás triste”, ... En esto hay que tener un poco de cuidado y ajustarnos a la edad y capacidades del niño. Por ser exagerados, cuando una niña de 15 meses nos señala un coche, es mucho más probable que quiera decirnos “mira un coche” a que nos quiera decir “mira un coche mal aparcado en la puerta de un garaje”. Haciendo estas interpretaciones, le mostramos que sus gestos y sonidos, puede transmitirnos algo, y ese algo es importante. Comprobar que lo que hacen y dicen tiene un efecto sobre el adulto, va a ser un factor fundamental para que quieran seguir haciéndolo y aprendiendo nuevas maneras de ser más efectivos.

Íntimamente relacionada con la comunicación no verbal, está la utilización de gestos naturales y/o signos. Sabemos que los niños están preparados para poder comunicarse con gestos, bastante antes de poder decir sus primeras palabras. Esto, que desde hace mucho tiempo es una gran herramienta utilizada con niños con necesidades especiales, de un tiempo a esta parte han aparecido distintos programas para utilizarlos también con niños que en principio no presentan dichas necesidades, para poder establecer un código que favorezca la comunicación. Y diréis, es muy interesante todo lo que cuentas, pero quizás estaría bien concretarlo un poco más, ¿qué puede hacer el adulto para conseguir buenos momentos de comunicación?

1. En primer lugar, es importante ser conscientes de cómo nos encontramos en cada momento, ya que no vamos a tener la misma predisposición si vamos con prisas o si tenemos tiempo para hacer las cosas con tranquilidad. Lo fundamental para empezar, siempre, es ponernos a su altura, para poder establecer contacto ocular y no perdernos ninguna expresión, vocalización y/o movimiento. El contacto ocular es importante, pero no podemos olvidar que cada niño puede tolerarlo más o menos tiempo y este irá variando. Es importante no forzar.

2. También hay que tener en cuenta el tiempo de espera. Algunas veces los adultos podemos iniciar el intercambio diciendo algo, mostrando un juguete, o lo que se nos ocurra. En otras ocasiones, serán los niños y las niñas quienes inicien dichos intercambios. Y muchas veces solo es cuestión de esperar y observar. De esta manera, aprenderemos qué cosas les interesan, lo que es una información muy valiosa. Seguir su liderazgo, es muy importante.

3. Ajustar nuestras respuestas a su momento evolutivo: repetir un sonido, repetir una acción, imitar lo que el bebé hace, hacer un comentario, interpretar lo que dice, hacer una pregunta, jugar.

¿Os habéis fijado cuántas cosas se pueden decir solo con una mirada? Y para favorecer una mirada, solo tengo que ponerme a la altura del otro y esperar a que esté preparado para conectar conmigo.

¿Hacer preguntas o no hacer preguntas?

Para los adultos es un recurso muy utilizado. Es nuestra manera de interesarnos por el otro. Pero no tenemos que olvidar que no se trata de bombardearles, ni de que parezca “un examen”. Siempre es más sencillo que nos puedan responder si las preguntas hacen referencia a la situación actual que si les preguntamos por algo que pasó durante el día.

En algunas ocasiones, les interrumpimos, nos adelantamos a lo que van a decir o incluso hablamos por ellos. Como mencionábamos anteriormente, es fundamental la escucha activa y darles tiempo. Cada niño y cada niña tienen sus propios ritmos. En los momentos en los que vamos apurados de tiempo, como mínimo podríamos contarles lo que estamos haciendo y lo que les vamos a hacer para que no tengan la sensación de que les traemos, llevamos, limpiamos, etc.. sin avisar y sin saber cuándo va a pasar cada cosa.

Y nunca debemos olvidar que nada es tan enriquecedor y efectivo como la interacción humana.  Las tabletas y televisiones, por más educativos que sean los programas que les pongamos, no tienen la capacidad de interactuar, ni de ajustar y personalizar dicha interacción, ni de aportar la calidez que proporciona la comunicación con otra persona con la que verdaderamente pueden establecer una relación.

Epicteto decía que “la naturaleza ha dado al hombre una lengua, pero dos oídos, para que podamos escuchar el doble de lo que hablamos”.

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