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Fantasmas de agosto

Con una copa en la mano, el cónyuge en la playa o el abismo de la soledad soltando su aliento en la nuca, el espectáculo está servido

El italiano Gianluca Vacchi bailando en su yate.
El italiano Gianluca Vacchi bailando en su yate.

Entre mis íntimas hemos institucionalizado el término obregonismo –aplicable también al género masculino aunque la inspiradora sea una fémina– para definir a todos aquellos que no se resignan a aceptar sus años y caen en los excesos estilísticos persiguiendo un mal entendido pacto con el diablo. Las ciudades en verano son territorio abonado para esta especie que ni es endémica ni mucho menos está en vías de extinción.

Con una copa en la mano, el cónyuge en la playa o el abismo de la soledad soltando su aliento en la nuca, el espectáculo está servido. Para realizar el estudio de campo pertinente –y porque tengo una amiga que no entiende un cumpleaños sin baile– me lancé a explorar una discoteca mítica de la noche madrileña donde además del perreo pertinente, sonaba alguna de Tom Jones e incluso de Camilo Sesto. Un delirio, vamos.

La primera premisa es estar preparado para alargar la velada más allá de lo que permiten las fuerzas de una interminable semana de plantillas diezmadas por la canícula. La segunda, parapetarse tras un rostro hierático que aleja a cazadores despistados que no se percatan de tu misión de aguerrida científica social.

La conclusión es que la ceremonia del cortejo es proclive al exceso en ambos bandos. Entre el elenco masculino, la parada del ave del paraíso se queda corta para describir los movimientos de caderas y la variedad indumentaria. Por no hablar del abuso del look blanco integral de quienes creen que verano significa “acabo de abandonar la cubierta de mi barco amarrado en plena Gran Vía”. Las mujeres tampoco nos libramos. Hay exceso de labios y pómulos, escotes que piden más tela a gritos y ausencia de sentido común para aumentar el largo de la falda y el ancho de la blusa. Todo a mayor gloria de encontrar algo de calor más allá del que marcan los termómetros.

A mí me vale todo, pero la próxima vez me paso al Arenal Sound. A brincar hasta que salga el sol a ritmo de Martin Garrix. Al menos así, aunque cuando vuelva tenga que pasar por quirófano para un reajuste integral de columna, a mis hijos les pareceré una madre “superenrollada”. Y el resultado será el mismo: pasar un rato entre fantasmas de agosto.