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Hacia la tormenta

España no ha sabido y no ha querido gestionar en Cataluña una crisis política de primer orden

Rajoy en una visita a Cataluña en medio del pulso con el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, por el referéndum independentista.
Rajoy en una visita a Cataluña en medio del pulso con el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, por el referéndum independentista. EFE

El primer tomo de las memorias de Winston Churchill sobre la Segunda Guerra Mundial, Cómo se fraguó la tormenta, es una crónica que relata las circunstancias que condujeron al mundo a la tempestad que se desencadenó en 1939. Todos sabían que la guerra era inminente. Solo algunos gobernantes como el primer ministro británico, Neville Chamberlain, creyeron que la razón se impondría. ¿Será que el ser humano nunca aprende? ¿Será que las guerras son una parte de la constitución genética y biológica de la sangre de los pueblos? ¿Será que no hay nada más humano que el complejo de avestruz?

Ahora empiezan las vacaciones y es evidente que vamos hacia la tormenta. A pesar de que no es posible advertir con exactitud la fuerza que tendrá, sí se puede alertar de que un tifón devastador está por venir. Uno de esos tifones, el más claro, el más peligroso y que pudo haberse evitado, es el catalán.

España está dividida entre quienes piensan que la fuerza de la razón y de la ley serán suficientes y quienes esgrimen el arma de la voluntad y la capacidad de autodeterminación de los pueblos, aunque, al final, la idea de que no se atreverán a ejercerlos se convierte en un valor agregado.

España no ha sabido y no ha querido gestionar lo que ya es una crisis política de primer orden. Los catalanes se irán a descansar con el bloqueo del presupuesto de la Generalitat impuesto por el Gobierno español con el fin de impedir el desvío de recursos para el referéndum del 1 de octubre.

Sin embargo, esa consulta ya está en marcha: el levantamiento contra la legalidad vigente, anteponiendo la legalidad catalana a la española, es ya per se un éxito. Cataluña está fragmentada y atomizada y España, quebrada. Y aunque se envíen fuerzas de seguridad o se tome la decisión —aunque parezca broma— de detener al Gobierno catalán, el daño ya está hecho.

Pero, además, una posible salida resulta muy difícil porque, desde el punto de vista democrático, no se puede ignorar la importancia de adaptar las leyes a las necesidades sociales de cada momento.

En democracia, el poder del pueblo se organiza y tiene su origen en el ordenamiento de la convivencia bajo la supremacía de las leyes. Sin embargo, no hay que olvidar que ninguna ley en ninguna democracia está por encima de la voluntad popular. Cuando las leyes sirven para limitar la expresión de los pueblos y no para ordenarla de manera civilizada como un acto de participación y no de imposición, eso deja de ser una democracia y se convierte en una autocracia.

Los grandes hitos que han permitido a las sociedades avanzar se han gestado contra los ordenamientos jurídicos en los cuales se originaron, desde el New Deal de Roosevelt hasta otros ejemplos como aquel ejercicio de funambulismo político que significó la transición de la dictadura a la democracia, sin romper las leyes y convenciendo a los franquistas de la necesidad del suicidio colectivo para que la democracia fuera un producto legal en España.

Pero eso no fue una revolución, fue una transición. Y, en el caso de Cataluña, la Transición fracasó y la revolución de las formas permanece porque superponer la legalidad de la Generalitat a la de España ya es toda una revolución, sobre todo porque, a fin de cuentas, la legalidad catalana emana de la Constitución española.

España no ha sabido solucionar el problema político. No basta con encerrarse en lo que las leyes permitan hacer, también es necesario saber escuchar las demandas. En mi opinión, la generación que hizo posible la Transición ha visto endurecerse su capacidad de escuchar y comprender para dar una salida política a los problemas que trajo consigo el cambio de siglo.

Ahora la iniciativa está en la improvisación y en aquella gente que, frente al imperio de las leyes, se atreve en nombre de la paz a desafiar el orden para cambiar la historia. No hay que olvidar que uno de los mayores apóstoles de la paz se llamó Gandhi y fue el que demostró que, cuando no se tiene el poder, pero sí se cree tener la razón, todo lo que hay que hacer es golpear, golpear y golpear hasta que el poder cometa un error que legitime conseguir lo imposible.

Volveré a encontrarme en septiembre con los lectores que me hacen el favor de seguirme para continuar con este espacio de análisis.

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