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Edipo

Leer, escribir, te van trayendo poco a poco de vuelta a la prisión de la que pretendías fugarte

Mercadillo ilegal en la calle Ribera de Curtidores de Madrid, justo antes de que empiece el rastro.
Mercadillo ilegal en la calle Ribera de Curtidores de Madrid, justo antes de que empiece el rastro.

Con frecuencia, comenzamos una novela para huir de algo a lo que esa lectura nos devuelve. ¿Son los libros que nos obligan a retroceder hasta el lugar del crimen los mejores? Tal vez sí. Lo cierto es que del mismo modo ciego con el que tú los buscas, te reclaman ellos a ti. Un día te detienes en una de esas librerías de viejo que sacan algunas cajas a la acera. Revisas los lomos de los volúmenes y tropiezas con uno que desmanteló tu juventud. Lo liberas del conjunto, relees la primera página y, sin saberlo, acabas de comenzar el regreso. Cuando te acercas a pagarlo (cuesta solo dos euros) te dicen que puedes llevarte otro abonando tres euros por los dos. Pero rechazas la oferta porque para suicidarse basta una bala. De hecho, comienzas a leerlo esa misma noche como el que se introduce en un callejón por el que se llega al centro del laberinto del que se pretendía salir.

A veces, escribir una novela no es muy diferente de leerla. La comienzas con un planteamiento equis, fundamentalmente liberador, pero ella te va trayendo poco a poco de vuelta a la prisión de la que pretendías fugarte, igual que el preso que tras excavar durante semanas un túnel llega misteriosamente a la celda de la que salió, en la que ahora hay dos agujeros, uno de entrada y otro de salida, apenas separados por dos metros. La lectura es el túnel por el que sales y la escritura por el que entras. Como Edipo, solo has escapado para cumplir el designio del fatum que intentabas burlar, y que casi siempre es una variante más o menos lejana de aquel viejo argumento fundacional: matar al padre para casarse con la madre. La lectura, como la escritura, debe ser insana. Lo demás es entretenimiento. El entretenimiento como metadona de la literatura.

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