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España en verano: hecatombes y fichajes de fútbol

Ni un sólo euro de dinero público más para fiestas locales en las que se cultiva la crueldad, se facilita la anestesia colectiva y mueren personas

Encierro en las fiestas de San Sebastián de los Reyes
Encierro en las fiestas de San Sebastián de los Reyes

Verano en España. Lujuria de fichajes futbolísticos (¡hay que ver la matraca que están dando con Mbappé y Ceballos¡), porque hay que llenar los comederos de intermediarios y agentes. Pero, sobre todo, grandes sacrificios de toros en los festejos populares organizados en uno de cada cinco pueblos de España. Cualquier municipio de medio pelo — no digamos las ciudades de tronío— se gasta los euros que no tiene (o que necesita para otros menesteres) en comprar novillos o toros que luego suelen ser sacrificados de forma innoble entre el calor, las moscas tabaneras y la algarabía inmisericorde de los coribantes. Valle Inclán diría que somos un pueblo berebere aficionado a la pólvora de traca y el hartazgo. No hemos sido capaces de inventar una diversión popular menos cruenta que apalear toros o novillos por las calles y darles pasaporte después.

En España hay 20.000 actos taurinos al año; en ellos se liquidan unas 15.000 reses. El espectáculo de la fiesta patronal consiste en atolondrar y hacer sufrir a un animal con procedimientos a cuál más vil. Sería atrevido identificar las fiestas con un impulso patológico colectivo a la crueldad. Lo hay, claro, pero las pulsiones dominantes son la inconsciencia pública —la celebración con sangre de por medio induce al delirio— y la inercia tribal (¡¡son nuestras fiestas!!) que se adueñan de las funciones inferiores del raciocinio. Los Ayuntamientos, que rechazan a diario el maltrato animal en los circos, organizan sin embargo con entusiasmo las vaquillas, los encierros de toros, los toros de fuego, los correbous y demás quincalla de la holganza popular.

Aparte el espectáculo grotesco del estupor colectivo, resulta que en los festejos populares murieron 10 personas en 2015. Cada Ayuntamiento es responsable de la salud y bienestar de los ciudadanos; si uno de ellos muere reventado o corneado por un toro, los gestores municipales son culpables de negligencia. Esa responsabilidad no desaparece porque se escriban cláusulas hipócritas en un papel. Es ridículo trasladar la carga al muerto con subterfugios tales como que los participantes “asumen el riesgo de su participación” (así se establece en la Comunidad Valenciana) o a “quienes voluntariamente se meten en el encierro”, como se especifica en Extremadura. El Ayuntamiento es responsable directo e intransferible, por el mismo principio que obliga a las fuerzas públicas a impedir un suicidio.

Este es el principio de ética cívica cuya vulneración sistemática permite reclamar que no haya un solo euro de dinero público más para fiestas locales en las que se cultiva la crueldad, se facilita la anestesia común y mueren personas. Si el dinero privado quiere correr con el gasto, cóbrese el uso de las vías públicas e impónganse seguros disuasorios. Es hora también de abrir un debate sobre la subvención a las corridas de toros. Muchos consideran como arte el que un torero (“un matarife vestido de cupletista”, según Dino Segre) mueva una tela roja delante de un toro. Están en su derecho; pero la opción más respetuosa con el dinero público es que paguen ese arte o industria de su bolsillo.

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