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La cita falsa de Donald Trump y el ensayo de Rufián

Al otro no lo quieres respondiendo; lo necesitas hundido en la miseria, roto, deshecho, en el lodo

Gabriel Rufián, durante el debate de los Presupuestos en el Congreso de los Diputados.

Es curioso el making of de Gabriel Rufián, el diputado de ERC, ante la presencia de los declarantes de la Operación Cataluña que tiene lugar en el Parlament. Le dijo a Iolanda Mármol, de El Periódico de Catalunya: “Si le aprieto mucho [a Ignacio Cosidó, exdirector general de la Policía], como a [Daniel] De Alfonso [exdirector de la Oficina Antifraude], se hablará más de mí que de lo que él dice. Así que intentaré ser incisivo para acorralarle, pero encontrar el equilibro es complicado”.

El equilibrio es la cuestión, es cierto. Eso que dice el intrépido diputado catalán parece el ensayo para una batalla; una estrategia más belicosa que parlamentaria o, incluso, más arriscada que la preparación imperiosa que periodistas de hoy hacen para doblegar al contrario aun antes de que este pise la lona en la lucha en que se convierten las entrevistas.

Preguntar es un arte que requiere azar y necesidad, y ese arte responde con novedades. Si preguntas lo que ya sabes saldrás siempre feliz del lance, y el otro se queda satisfecho

En el Parlamento (y también en el Parlament), en la calle y en los medios preguntar es un arte que tiene mucho que ver con la preparación (la educación, la curiosidad, la cultura) que brota (véase a Iñaki Gabilondo, un maestro) mientras preguntas. Al diputado de ERC le ha picado la fama de hablar y de preguntar, y ha interiorizado de tal manera su papel que parece incapaz de presentarse ante su interlocutor, al que quiere derribar, con armas simples. Es decir, con preguntas. Las tiene que retorcer, como si el otro fuera un cuello.

A aquel De Alfonso le dijo de todo menos bonito (gánster, por ejemplo) como si así lo macerara para darle más fuerte. Por lo que se ve, luego estuvo dándole vueltas al asunto y estableció, en su tablero de ajedrez, una nueva fórmula prevista para Cosidó. Se trata de romperles el equilibrio. Y así lo he preparado, dijo el audaz parlamentario.

Este juego de pies dialéctico en el boxeo parlamentario no es nuevo, ni es tampoco nuevo en el ejercicio del periodismo. Ni en la conversación. Se pregunta para corroborar lo que se pregunta. A mi lado en la Feria del Libro había este último sábado un sabio español; un joven periodista se acercó para preguntarle. Puse el oído; no eran preguntas: era una petición de corroboraciones. ¿España va mal? Claro que va mal. ¿Puede ir a peor? Claro que puede ir a peor.

Preguntar es un arte que requiere azar y necesidad, y ese arte responde con novedades. Si preguntas lo que ya sabes saldrás siempre feliz del lance, y el otro se queda satisfecho. Porque en definitiva no le preguntaste nada; si te arriesgas a preguntar lo que no sabes es posible que salgas mejor nutrido. En el caso del parlamentario catalán, se preparaba para descolocar al contrario. Para cogerlo a la pata coja. No importaba tanto su respuesta como su manera de preguntar. Para crear escuela.

Mientras Rufián hace estos ensayos públicos de su performance el padre de todas las escenografías actuales de Twitter, Donald Trump, ensayaba en la red social su modo de afrentar al prójimo. Como Rufián, Trump convierte al otro en un pinchball y no cesa hasta dejarlo en la lona, sudando, rompiéndole el equilibro.

Esta vez Trump perdió el equilibrio, esa codiciada pieza de su colega catalán, con el alcalde de Londres, Sadiq Khan, y lleva zumbándole la badana desde que explotó en Londres el último atentado terrorista. El alcalde londinense dijo, para calmar a la población ante la operación que se puso en marcha: “No hay razón para estar alarmado. Una de las cosas que la policía y todos tenemos que hacer es garantizar que estemos lo más seguros posible”. El presidente estadounidense apocopó la declaración a su manera, le hizo decir al alcalde solo el principio de su frase y lanzó una campaña en Twitter, la agencia mundial de colocación de sus exabruptos, para poner colorado al edil inglés. Como este y los suyos trataron luego de poner colorado a Trump, este aumentó la ironía de sus decibelios: “Patética excusa del alcalde”. Y siguió su retahíla para acusar a los colaboradores de Khan de estar lavándole la cara al alcalde. Como un tertuliano regocijado mientras muerde el tobillo de la presa.

Lo que hay en esta casuística, lo que subyace en estas esgrimas, es la consecuencia del espectáculo como escenario en el que se desarrolla ahora (en la prensa, en la política) la conversación, la indagación o el cuestionario. Al otro no lo quieres respondiendo; lo necesitas hundido en la miseria, roto, deshecho, en el lodo. Luego los preguntones, o los boxeadores de esta esgrima, salen luciendo músculo. Felices, risueños, victoriosos. ¿A qué le he dado bien? Has estado estupendo. Y luego siempre hay una bancada (en la política, en la prensa) que se levanta a aplaudir. Y los periódicos y los otros medios recogemos el resultado como si fuera la Copa del Mundo de Esgrima.

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