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Política de refranes y chascarrillos

Los diputados parecen competir para ver quién es más sarcástico y chisposo. Buscan el lucimiento personal y, de paso, ridiculizar a la oposición

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, recibe los aplausos tras su intervención en el Congreso.
El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, recibe los aplausos tras su intervención en el Congreso. EFE

Reconocido por su gran oratoria parlamentaria, Manuel Azaña hablaba de la política “tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. Un diagnóstico que bien podría encajar con los tiempos actuales. Los diputados contemporáneos, sean de los nuevos partidos o de los viejos, parecen haberle perdido el debido respeto al Parlamento —también a los ciudadanos a los que representan— y tienden a utilizar el hemiciclo del Congreso como si fuera un teatro de comedias o un concurso televisivo donde se premia el humor y el chascarrillo. En los escaños se ha instalado la chulería y, a veces, el comentario barriobajero. Entre el “¡manda huevos!”, de Federico Trillo, y el “¡que se jodan!”, de Andrea Fabra, hay un extenso abanico de improperios.

En el banco azul, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, es especialmente provocador. Se encara con actores o deportistas y lanza diatribas contra el adversario político con total desparpajo. Durante el debate de Presupuestos de esta semana defendió las cuentas de su departamento con un toque de lirismo —“ni séptimo cielo ni siete plagas: ni nos van a llevar directamente a la cima ni nos van a devolver al abismo”— y utilizó el trazo grueso para arremeter contra los socialistas y denigrar la política económica de Zapatero: “Venimos de una crisis por borrachera de gasto público y algunos se quieren ir de copas para celebrarlo”.

Los diputados parecen competir para ver quién es más sarcástico y chisposo. Con sus ocurrencias buscan el lucimiento personal y, de paso, ridiculizar a la oposición. Hay políticos que se regodean en el cuerpo a cuerpo. “Usted es más chulo que un ocho, está de fango hasta las orejas y le han pillado con el carrito del helado... ¿Cree usted que la gente es boba?”, le espetó el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, al secretario de Estado de Seguridad, José Antonio Nieto, durante su reciente comparecencia  sobre el caso Lezo.

El portavoz parlamentario del PNV, Aitor Esteban, abrió en octubre, durante el debate de investidura de Mariano Rajoy, el tarro de los refranes para reprochar al líder del PP la ausencia de guiños a los nacionalistas. Esteban, inspirado quizá en los campos trigueros de Cañamaque, adaptó el dicho a la ocasión y le sugirió al candidato: “Si bien me quieres, Mariano, da menos leña y más grano”. A lo que Rajoy, en su turno de réplica, respondió con esta rima: “Si quieres grano, Aitor, te dejaré mi tractor”, desatando la risa en la bancada del PP por la ocurrencia del jefe.

El que fuera director de la Real Academia, Pedro Laín Entralgo, solía decir que la oratoria utilizada en las Cortes adolecía de “pedantería, nebulosidad mental y pobreza léxica”. En su origen, los debates parlamentarios contribuían a formar la opinión de los diputados para el momento clave: el de la votación. Ahora, la disciplina de voto imperante despoja los discursos de aquella noble labor de persuasión.

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