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Sissi profanada

Ni en la tumba Romy Schneider puede escapar a su destino trágico y al oscuro influjo de la emperatriz de Austria

Romy Schneider en uno de sus filmes como Sissí.
Romy Schneider en uno de sus filmes como Sissí.

La noticia de la profanación de la tumba de Romy Schneider me remueve por dentro. Es como si la pobre Romy no acabara sus desgracias ni en el otro mundo. Yo lo achaco a la maldición de Sissi, cuyo sepulcro, por cierto, difícilmente asaltará alguien –y espero no dar ideas- dado que se encuentra bien custodiado en la cripta imperial bajo la iglesia de los capuchinos de Viena, cerca del Hofburg y acompañada por los restos de 142 habsburgos, incluidos cenizas y algunos corazones sueltos.

Aunque es cierto que ya le pasaron cosas malas antes de encarnar en el cine a su compatriota Elizabeth de Austria, como que su padrastro mostrara un insano interés por ella, la vida de Romy Schneider parece haber quedado bajo la sombra de la emperatriz austrohúngara y sus dramas. Y es que Sissi, die junge kaiserin, ni fue la pizpireta chavala que muestran las edulcoradas películas de juventud que protagonizó la Schneider dirigida por Ernst Marischka y tanto gustaban a mi madre, que veía un punto en eso de casar a tu hija más difícil con el emperador de Austria, ni se pasó la vida de Possenhofen a Viena comiendo Sacher entre sonrisas. Precisamente de tarta y risas pocas, porque Sissi sufrió anorexia y abría lo menos posible los labios para que no se le vieran los dientes, pues siempre sufrió de mala dentadura.

Romy Schneider atormentada por Klaus Kinski en 'L'important c'est aimer'.
Romy Schneider atormentada por Klaus Kinski en 'L'important c'est aimer'.

El principal drama que compartieron Sissi y Romy fue, claro, la muerte de sus hijos varones (la emperatriz había perdido ya antes a una niña), Rodolfo y David, fallecidos en dramáticas circunstancias ambos. La muerte del hijo de Romy, su Mayerling particular, tiene además un escalofriante parecido con la de la propia Sissi, atravesados ambos (por el hierro de una verja el niño y por el estilete de un asesino la emperatriz). Escogieron extraños y complejos amigos, Romy y Sissi, la primera Alain Delon y la segunda su primo Ludwig II (al que precisamente Delon tenía que interpretar en el filme de Visconti antes de que el papel fuera a parar a Helmunt Berger). Tampoco fueron felices en el amor ni Sissi ni Romy, demasiado sensibles y psicológicamente inestables. En realidad eran como la Nadine de L’important c’est d’aimer, el filme de Zulawski que protagonizó la Schneider: almas rotas en busca de una escena de redención que a ellas nunca les llegó. Las dos fueron consideradas bellezas. “¡Qué mona es Sissi!”, exclamaba su suegra, la archiduquesa Sofía. “La muchacha más bonita del mundo”, se decía de Romy. Y ambas murieron con el corazón destrozado, profanadas por la vida.