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El Estado como cortafuegos para defender a los corruptos

El PP arriesga, en su loca carrera para no quemarse, a quemar al propio Estado

El secretario de Estado de Seguridad, José Antonio Nieto, en el Congreso para dar cuenta de la reunión con Pablo González.
El secretario de Estado de Seguridad, José Antonio Nieto, en el Congreso para dar cuenta de la reunión con Pablo González. EFE

La corrupción ha dejado muchos daños colaterales, y uno de ellos es seguramente el vocabulario que se nos ha colado junto al nuevo imaginario de personajes que han venido para quedarse. Ya sabemos que Gürtel es correa en alemán, Púnica ya es más que una guerra entre Cartago y Roma y hemos podido recuperar la figura de Lezo, aquel mítico almirante que doblegó a los ingleses en Cartagena de Indias a pesar de su lastre físico y naviero. Estamos seguros de que Bárcenas será protagonista recurrente de cine y teatro como una nueva versión de pícaro descarado con aspecto de caballero. Será divertido.

Lo que no es divertido es la cuestión. Una de las palabras que se ha instalado en el universo de la corrupción es “cortafuegos”. Urdangarin pasó de duque a cortafuegos con la misma facilidad con la que había pasado de simpático jugador de balonmano a duque de Palma. De pronto, el marido de la infanta Cristina se convirtió en el cortafuegos de la familia real para que la mecha no siguiera avanzando hasta la cocina de La Zarzuela. En el camino se quemó la propia infanta y hasta abdicó el rey Juan Carlos, pero es que uno no suele decidir dónde se extingue un incendio.

Francisco Camps, Rita Barberá, Jaume Matas, Ana Mato, José Manuel Soria, Pedro Antonio Sánchez y ahora Esperanza Aguirre han sido los “cortafuegos” del PP para intentar salvarse, por citar solo los cargos institucionales sacrificados más importantes, pero las llamas parecen saltar sin control esta vez en todo el edificio de Génova.

Lo más abominable de los últimos casos, sin embargo, y que hemos podido atestiguar con toda crudeza gracias a las grabaciones ordenadas por el juez Velasco, es una nueva perversión del sinsentido. Mientras el PP nos quería hacer creer que buscaba cortafuegos para frenar la corrupción (vía dimisiones, compromisos de regeneración, pactos con Ciudadanos y mucha palabrería) lo que en realidad hacía era intentar utilizar al Estado como cortafuegos para defenderse. Ignacio González tiene expresiones mafiosas en las que llega a soltar perlas como: “Tenemos el Gobierno, el Ministerio de Justicia y un juez que está provisional. Tú lo asciendes y a ver, venga usted pa acá...” (conversación con el exministro Zaplana). “Yo ya les he dicho: Mira yo ya estoy hasta los cojones, o sea, decidme, ¿aquí qué queda, pegarle dos tiros a la juez? ¿Qué alternativas tengo?” (con Enrique Cerezo). “Yo no me corto en decirle a Rafa: Oye Rafa. El aparato del Estado y los medios de comunicación van a parte o los tienes controlados o estás muerto” (también con Zaplana y en aparente alusión al ministro de Justicia, Rafael Catalá).

Cortafuegos es una “vereda ancha que se hace en los sembrados y montes para que no se propaguen los incendios”, según la RAE. El PP arriesga, en su loca carrera para no quemarse, a quemar al propio Estado.

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