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Sartori, el otro florentino

Su vida consistió en darnos los instrumentos teóricos para digerir más complejidad

Berlusconi, al que Sartori criticó sin tregua, el pasado marzo.
Berlusconi, al que Sartori criticó sin tregua, el pasado marzo. REUTERS

Salvadas todas las distancias, para cualquier politólogo siempre ha habido dos florentinos, Maquiavelo y Sartori. Los dos dotados, además, de la misma agudeza y socarronería. El que ahora nos incumbe tiene la ventaja sobre su ilustre paisano de que a muchos de nosotros nos tocó conocerlo bien, y sus palabras y reflexiones escuchadas de viva voz se nos mezclan con sus grandes libros sobre el sistema de partidos y la teoría de la democracia. Quizá sólo su compatriota Bobbio y, claro, Robert Dahl, están a un nivel parecido en lo relativo al desmenuzamiento teórico de esa extraordinaria forma de gobierno.

Quienes lo hayan leído con cuidado saben que para él lo más importante en el estudio de los fenómenos políticos era dar con los medios cognitivos necesarios para abordar tan complejo objeto, el poder disponer de un know-how, conocimiento práctico y aplicado, que permitiera diseñar programas de actuación capaces de mejorar la vida social. Quizá por eso se vio obligado a reconocer al final de su vida que el mundo había devenido en demasiado complejo incluso para los expertos.

No sería porque él no lo intentara. Su vida consistió en eso, en proporcionarnos los instrumentos teóricos necesarios sobre los que otros se apoyaron después para acceder a un horizonte más amplio, para digerir más complejidad. Hay un antes y un después de su magnífico libro Partidos y sistemas de partidos (1976; en español en Alianza editorial), cuya segunda parte nunca llegaría a ver la luz. O en sus numerosísimos trabajos sobre la democracia. Si alguien los relee descubrirá que defiende una concepción de la misma en oposición frontal a la que reivindica el actual “momento populista”. Para él, democracia sólo hay una, la liberal y representativa, que llegó a defender siempre con fiereza y con esa ironía fina propia de su tierra. Todo lo que se apartara de ese modelo canónico era inmediatamente objeto de su ira. Por eso desconfió también siempre de hacer concesiones a mecanismos de democracia directa o al multiculturalismo, y lamentó la banalización del ciudadano socializado mediante la televisión (imagino que las redes sociales y la posverdad le pillaron ya demasiado anciano para que le diera tiempo a flagelarlas).

Hay que decir que en este escrupuloso académico anidaba también un formidable polemista periodístico y un magnífico comunicador, sobre todo cuando abandonó la universidad de Columbia y comenzó a residir más tiempo en Italia. Nunca dejó de fustigar al “sultanato” de Berlusconi en sus artículos del Corriere ni a todas y cada una de las leyes de reforma electoral italianas.

Cuando se nos va un grande, el término maquiaveliano para aristócrata, perdemos a alguien que nos enseñó a pensar. Para quienes lo conocimos personalmente, con Sartori esa pérdida se extiende también a alguien que supo divertirnos con su agudeza y su irreprimible sentido del humor. Hoy nos diría que el mejor homenaje que podemos hacerle es comprar sus libros.

 

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