_
_
_
_
_
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

El muerto

Siento que el destino de un ser pérfido y siniestro es un destino que, de todos modos, me importa

Presos delante de un mural con la imagen de Nicolás Maduro en la prisión de Rodeo III en Guatire, Venezuela.
Presos delante de un mural con la imagen de Nicolás Maduro en la prisión de Rodeo III en Guatire, Venezuela.CARLOS GARCÍA RAWLINS (REUTERS)

Murió de tres disparos en la cara y uno en el pecho a las dos de la madrugada del sábado 1 de abril. “Querida Leila —me escribió entonces el periodista venezolano Alfredo Meza—. Esta madrugada mataron a Wilmito en la última cárcel donde lo visité. Un abrazo”. Wilmer José Brizuela Vera, Wilmito, era el pran, el líder máximo de los presos, en el penal de Vista Hermosa, Ciudad Bolívar, Venezuela, y ese día fue asesinado en otra cárcel a la que lo habían trasladado en 2015. Él, y otros como él, formaron parte de mi vida durante mucho tiempo, al menos durante los dos años que me tomó editar un libro de perfiles de seres tenebrosos (policías torturadores, pandilleros, sicarios, narcos) que dibujaban un mapa de la maldad contemporánea en América Latina. Para ese libro le encargué a Alfredo Meza que escribiera un texto sobre aquel hombre. En 2013, cuando Meza lo conoció, Wilmito llevaba una década preso por homicidio. Le faltaba otro tanto. Su poder se extendía dentro y fuera de esa cárcel demencial donde los reclusos vivían con sus mujeres y sus hijos, usaban motos para trasladarse entre los patios y hasta la entrada, tenían más poder que los guardiacárceles. Meza pasó mucho tiempo allí. Comió y miró televisión con él, habló con sus mujeres y sus compañeros, conoció a su madre, a sus enemigos, a los familiares de sus víctimas. Wilmito decía que, dentro de la cárcel, “no humillamos a ningún hombre. Preferimos matarlo”. Era un ser terrible que había hecho cosas terribles, y que seguía haciéndolas. Pero fue (como todos los que forman parte de aquel libro) alguien en quien pensé y de quien me ocupé durante meses. Ahora está muerto (asesinado), y yo siento algo raro y deforme, un efecto colateral de un oficio cuyos riesgos no siempre son tan obvios. Siento que el destino de un ser pérfido y siniestro es un destino que, de todos modos, me importa. Y no sé qué hacer con eso.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Sobre la firma

Leila Guerriero
Periodista argentina, su trabajo se publica en diversos medios de América Latina y Europa. Es autora de los libros: 'Los suicidas del fin del mundo', 'Frutos extraños', 'Una historia sencilla', 'Opus Gelber', 'Teoría de la gravedad' y 'La otra guerra', entre otros. Colabora en la Cadena SER. En EL PAÍS escribe columnas, crónicas y perfiles.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_